Fragmento:
En vez de respuesta, Aileen bajó la mirada. Sus ojos yacían en la muñeca de Inés, allí donde llevaba un reloj antiguo, idéntico al que adornaba el escaparate, salvo por el detalle sutil de las iniciales grabadas en la correa: I. R.
Duración: 07:48
La lluvia serpenteaba por los cristales del gran ventanal aquella tarde que prometía tormenta. Las manecillas del reloj antiguo marcaban las cinco menos cuarto, su tic-tac acompasado llenando los espacios vacíos de esa librería que se esforzaba, como cada otoño, en sobrevivir a las lluvias y a la falta de clientela. Aileen recorría los estantes con la familiaridad de quien ha hecho de los libros un refugio y de los silencios, una necesidad. Había aprendido a escuchar—más allá de la algarabía del mundo—el verdadero sonido de la soledad y el alivio que dan los lugares que la protegen. Tenía veintiocho años y un desdén minucioso por casi todo lo que no fuese tinta y papel.
De repente, una figura inesperada entró, el tintinear de la campana capturando la atención de Aileen como si fuese un disparo en medio de esa calma reverberante. Aileen levantó la vista: Inés, por supuesto—ella siempre, siempre llegaba tarde. Aileen no recordaba cuándo había comenzado a esperar a Inés, solo que ahora se sentía como una de esas agujas atrapadas en el círculo repetitivo del reloj: atenta, expectante, a punto de atravesar algún momento decisivo.
—¿Otra vez con la lluvia? —preguntó Inés, sacudiéndose las gotas de su cazadora de cuero negra. Tenía el cabello corto, mojado, los labios partidos de tanto morderse en sus silencios.
—Llueve mucho en esta ciudad —respondió Aileen, disimulando el temblor en las palabras. Inés era un desastre en el tiempo, pero nunca fallaba a las citas.
—Solo contigo. O al menos, así lo parece.
Se miraron. El aire se espesó entre ellas, aderezado con el aroma antiguo del papel y la humedad de los paraguas olvidados.
Aileen se movió tras el mostrador y —sin querer admitir el pequeño amor propio que le daba—acarició la vieja esfera del reloj francés que presidía el lugar. Era enorme y ornamentado, y le recordaba a su abuela diciendo: “Todo lo que termina comienza exactamente cuando debe”. A Aileen, la frase nunca le había servido para nada más que para rebuscar excusas en los retrasos de Inés. O en sus propias dudas.
—¿Has traído el libro? —preguntó Inés, como si fuera tarea y no ese ritual a medias que mantenían desde hacía casi un año.
Aileen asintió y le tendió el ejemplar de “Orlando”, de Virginia Woolf, encuadernado en azul con letras doradas. Inés lo tomó con ambas manos, y en ese instante, los nudillos de la otra rozaron la muñeca de Aileen. El toque duró menos que un segundo, pero la piel de Aileen supo que ningún reloj era tan preciso como la certeza del deseo.
—¿Nunca te hastía este lugar encierrado, oscurito y tan lleno de relojes que parecen atrapar el tiempo? —musitó Inés, abriendo apenas el libro para acercarse un poco más al mostrador.
En vez de respuesta, Aileen bajó la mirada. Sus ojos yacían en la muñeca de Inés, allí donde llevaba un reloj antiguo, idéntico al que adornaba el escaparate, salvo por el detalle sutil de las iniciales grabadas en la correa: I. R.
—Me gustan los lugares que no corren con el mundo —respondió por fin. —Me gusta pensar que aquí, el tiempo es nuestro. O al menos, puede serlo.
Inés sonrió de lado, de esa manera que parecía pedirle al universo unos minutos más. —Siempre hablemos de segundos y minutos, ¿pero qué hay de los instantes que trascienden? —preguntó, apretando el libro contra el pecho—. Ven.
Aileen supo antes de comprender. Caminó junto a Inés, el eco del calzado sobre la madera marcando un pulso compartido. Se detuvieron al pie del reloj mayor, aquél cuyas manecillas nunca coincidían con la realidad.
—¿Sabes por qué me gustan tanto los relojes viejos? —preguntó Inés, ladeando la cabeza de forma juguetona.
—Porque siempre llegas tarde y necesitas justificarlo.
Soltaron una risita que disolvió parte de la tensión. Fue Inés quien murmuró en tono confesional:
—Porque mienten. Dan la hora, sí, pero la dan a su manera. Algunos corren, otros se fatigan y otros… simplemente se detienen cuando nadie mira.
¿Y nosotras? —quiso preguntar Aileen—, ¿Qué hacemos nosotras con el tiempo? Pero sabía que Inés no quería preguntas, sino ese instante. Así que se lo entregó.
El primer roce de sus labios resultó casi absurdo de tan fugaz, pero bastó para llenar el aire de esos nervios eléctricos que hacen de los deseos un territorio urgente. Inés se inclinó y la besó de verdad, con la lentitud de quien ha esperado todos los relojes del mundo y finalmente se siente autorizada a desafiar sus propias prisas.
El eco del reloj, ese tic-tac venerable, acompañó el vaivén de los cuerpos, el presagio de las manos trepando por los costados del deseo. Se encontraron contra la estantería de autores rusos, las luces amarillentas barnizando las pieles, los suspiros bordeando la lluvia. Inés apretó el libro, luego lo dejó caer sobre una pila improvisada.
—El tiempo nunca es suficiente —jadeó, labios buscando cuello, lengua abriéndose camino—. No me mires así.
Pero Aileen la miraba, y en esa mirada estaba el temblor, el vértigo y la herida. Había esperado semanas, incluso meses, para poder confesar con la piel lo que no se atrevía en palabras:
—Me gusta eso —musitó, apenas hilando sonidos—. Que me mires.
Inés mordió suave el lóbulo de su oreja. —No tan fuerte como me gusta mirarte, Aileen.
Las manos, liberadas de la contención urbana y de la timidez cotidiana, bajaron cremalleras, subieron camisas. El cuerpo de Inés era una pregunta sin respuesta, y el de Aileen, una promesa de entrega. La ropa cayó despacio; los dedos guiaron el recorrido, mappando constelaciones invisibles sobre la piel vulnerable.
No hubo palabras, sólo miradas. Miradas largas, como un abrazo, como esas agujas del reloj cuando se rozan a medianoche. La respiración subió de tono; la piel, ya húmeda del clima, se anegó de otra humedad más privada y aún más latente. Cada gemido era una fracción de tiempo robada al mundo. Los cuerpos se encontraron en la penumbra, entre libros insomnes y relojes que mentían mejor que cualquier boca.
Cuando Inés la penetró, primero con dos dedos suaves y presentes, y luego con el pulso de su cadera apretada entre las piernas de Aileen, el mundo se contrajo en un solo punto luminoso. La mirada de Aileen se perdía en las cejas arqueadas de Inés, en ese tic nervioso de la comisura izquierda que sólo aparecía cuando estaba a punto de venirse. Aileen alcanzó el orgasmo con una furia demorada, una oleada que la dejó temblando y asida al cuerpo de Inés como a un ancla.
Luego, recostadas en el suelo de madera, la mano de Inés buscó la muñeca de Aileen y sus dedos se enredaron en un pulso inexplorado.
—¿Te das cuenta? —susurró Inés aún temblando—. Es justo la hora exacta en que todo comienza.
Aileen no contestó. Observó cómo las gotas de lluvia intentaban –sin éxito– borrar los reflejos de ellas dos en el cristal. El reloj marcaba las seis en punto ahora. El tiempo era elástico entre sus muslos; la vida, una extensión de esa hora azucarada en la que no existen ningunos antes ni después.
Inés la besó en la mejilla y Aileen se permitió mirar de verdad. Vio los ojos irisados, la sonrisa ladeada, las pestañas húmedas de deseo. Y fue allí, justo en esa mira intensa y prolongada, que entendió: no todos los relojes existen para medir lo que se pierde. Algunos miden lo que aún puede ganarse.
—¿Vendrás mañana? —preguntó Aileen sin apartar los ojos.
Inés sonrió otra vez y el mundo pareció detenerse, sólo un segundo. —Por ti, hasta ser puntual es una posibilidad.
La lluvia cesó. El tiempo en la librería siguió su camino. Otro reloj, otro secreto entre estantes, otra mirada detenida para siempre justo ahí donde dos mujeres decidieron que nadie, ni siquiera las agujas, podría deshacer lo que el deseo había unido.
El eco del reloj marcó la cadencia de ese después a punto de convertirse en siempre.
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