Portada del relato La fragancia de la dama oculta
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Fragmento:


Lucien de Montclare, vizconde de Montclare, era la representación misma del escándalo. Un hombre cuya reputación era tan negra como su oscuro cabello, y sin embargo su mirada, de un azul tempestuoso, transmitía una vulnerabilidad que solo Eleanor había sabido destilar. Sus labios se curvaron al verla, nada delatando la intensidad de su atención más que el leve roce de su dedo sobre el bastón —ese accesorio elegante que nunca usaba por necesidad, sino por costumbre adquirida en años de exilios autoimpuestos tras la guerra.

Duración: 09:28

La fragancia de la dama oculta
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Texto de ajuste de pausa.

***

En el sombrío corazón de Mayfair, donde los carruajes rodaban al compás de los secretos y los faroles tejían destellos de oro sobre el empedrado, lady Eleanor Rivers se deslizaba por el pasillo de la mansión Ashwick con la gracia de un suspiro. Vestía de burdeos profundo, el telar bordado con perlas que capturaban la luz como lágrimas de luna. Era la noche del gran baile anual de la duquesa Dowling y, al igual que todos los años desde que debutó en sociedad, Eleanor se sentía una intrusa en su propia piel.

Su madre, la condesa Rivers, le había proporcionado ese vestido para atraer la atención de algún buen partido, quizá incluso del apuesto y peligrosamente encantador vizconde de Montclare —Lucien, cuyo nombre era susurro y promesa en las bocas de media sociedad londinense. Pero Eleanor guardaba un secreto más peligroso que un corazón enamorado: amaba pintar. Sus dedos ansiaban más la textura de un lienzo que la de una mano enguantada.

Sin embargo, esa noche todo era distinto. Había recibido, apenas una hora antes del baile, una carta bajo su puerta. El sobre olía al leve rastro de menta y ceniza, la caligrafía, inclinada y elegante, solo podía pertenecer a Lucien:

“Lady Eleanor,

Esta noche, cuando la luna esté en todo su esplendor, la espero en la galería este, junto al retrato de Lady Clarice. No tema, solo deseo conversar en privado, lejos de las miradas inquisitivas.

Su devoto,

—M.”

El corazón de Eleanor, fiel soldado, palpitaba ansioso. Había compartido conversaciones secretas con Lucien en los últimos meses; encuentros de miradas cuando nadie parecía observar, frases cinceladas en el aire con el eco del deseo y la inteligencia que los unía.

Ahora, mientras pasaba ante damas vestidas con relucientes sedas y caballeros adornados de escepticismo y expectación, sentía que cada paso la aproximaba no solo a él, sino al abismo suave de algo irrevocable.

La galería este se hallaba casi desierta, salvo por el leve murmullo de un reloj antiguo y la penetrante mirada del retrato de Lady Clarice, matriarca de antaño con el ceño fruncido por la perpetuidad del óleo. Al pie del cuadro, como oscurecido por las sombras, estaba él.

Lucien de Montclare, vizconde de Montclare, era la representación misma del escándalo. Un hombre cuya reputación era tan negra como su oscuro cabello, y sin embargo su mirada, de un azul tempestuoso, transmitía una vulnerabilidad que solo Eleanor había sabido destilar. Sus labios se curvaron al verla, nada delatando la intensidad de su atención más que el leve roce de su dedo sobre el bastón —ese accesorio elegante que nunca usaba por necesidad, sino por costumbre adquirida en años de exilios autoimpuestos tras la guerra.

“Lady Eleanor,” murmuró en voz baja, más intimidad que saludo. Ella aprendió en ese instante, al mirarlo, que los nombres podían ser caricias si se pronunciaban de la manera adecuada.

“Lord Montclare. ¿No teme usted que me comprometa, conversando así, fuera de la sala de baile?”

Él sonrió, un rayo de osadía surcando su expresión.

“¿Comprometerla? Lady Eleanor, si supiera todo lo que deseo comprometerla…”

Ella enrojeció, pero mantuvo la frente en alto.

“¿Entonces, por qué me ha citado aquí, con semejante premura?”

Lucien suspiró, deslizándose junto a ella, el bastón resonando levemente sobre el suelo encerado. Por un momento, fue solo un hombre, sin título, luchando por encontrar palabras que vestían de sinceridad y miedo.

“He cometido muchos errores,” reconoció en voz baja, “y he pagado por todos… salvo por buscar algo que jamás creí merecer. Su risa, Eleanor. Su amistad… su afecto.”

La confesión la conmovió, aunque era consciente de estar al borde de algo peligroso. Su madre no aceptaría jamás un vínculo con alguien de la reputación de Lucien. La voz del deber, esa que le susurraba retratos de éxito marital y honor ancestral, perdió fuerza ante el fulgor de esa posible felicidad.

“¿Es eso lo que pide?” replicó. “¿Mi afecto? ¿Nada más?”

El delicado temblor en las manos de Lucien era casi invisible, pero ella lo percibió. Era la única capaz de ver las costuras del alma de aquel hombre.

“Le pediría el mundo, si creyera que tendría oportunidad de conservarlo. Le pediría su corazón.” Su tono era de súplica, no de demanda. “Pero temo que ya lo he hecho, sin palabras… y que es mucho más de lo que merezco.”

El silencio se estiró entre ellos. La música llegaba tenue desde la sala principal, vibrando levemente, como el mar contenido tras los muros de un dique. Eleanor sentía el latido de su propio pulso en la garganta.

“Me pintaré a mí misma cada noche,” murmuró de pronto, “con la sombra de su recuerdo estampada sobre mis párpados… si no me permite sentir lo que ya siento.”

La declaración flotó en el aire, fulgente, y Lucien dio un paso hacia ella, temblando. Se inclinó lo suficiente para rozar con sus labios la blanca y temblorosa mano de Eleanor.

“Su valentía es mi condena,” susurró él.

Eleanor lo miraba como si quisiera pintar su rostro en su memoria para siempre. Rodeados del crepúsculo y los ecos de nobles ausentes, cada uno era el espejo de la vulnerabilidad del otro.

“¿Sabe usted, Lucien, a qué renunciaría por usted?”

Él negó con la cabeza, una súplica muda en su expresión.

“A la seguridad. A la indiferencia. Incluso al respeto de aquellos que nunca han sabido lo que es mirar verdaderamente el alma de otra persona.”

Lucien supo en ese instante que no era digno de ella, pero también que jamás la dejaría marchar. No podía.

Su respiración se mezcló en el aire y, contra toda decencia, sus labios encontraron los de ella. Apenas un roce. El primero, sellando un pacto silencioso. Los instintos alzaron vuelo como palomas de un claustro; el corazón de Eleanor, indemne hasta entonces, fue atravesado por la hermosa libertad de la entrega.

Fue entonces cuando oyeron pasos. Eleanor se apartó bruscamente, conteniendo un grito. Lucien la atrajo contra su pecho, escudándola en la umbría del corredor.

Era la condesa Rivers, la madre de Eleanor, quién se materializó con el rictus severo de una esfinge victoriana.

“Eleanor. Lord Montclare.” Su voz era cristal afilado. “¿Me explican qué hacen aquí, en tan sospechosas circunstancias?”

Eleanor sintió que todo lo ganado en esa noche podía desmoronarse por una sola palabra. Lucien, tras un respiro, se adelantó.

“Lady Rivers, mi intención era solo conversar con su hija acerca de una propuesta formal. Ruego me conceda la ocasión de presentarme en la mañana para explicar mis intenciones ante usted.”

La condesa, atónita, frunció el ceño, mirando a su hija con una mezcla de reproche y sorpresa. Era imposible leer en su rostro el veredicto.

“Por el bien del honor de mi hija, espero que así sea”, dijo finalmente. Y volvió sobre sus pasos, llevándose a Eleanor de la mano, como un sello de control.

El resto de la noche pasó en un tumulto de sensaciones para Eleanor. No podía recordar el sabor del champán ni el color de los corpiños ajenos. Solo las palabras temblorosas de Lucien, la promesa de la mañana. Danzó como un espectro entre damas ansiosas y caballeros desidiosos. Sentía, cada vez que miraba de reojo, la sombra de Lucien en el umbral de cada puerta, su presencia como nota tatuada bajo la piel.

Esa noche, en su alcoba, pintó. No un retrato, sino el temblor de un alma: ella, los ojos llenos de anhelo, el perfil de un vizconde envuelto en la penumbra, la sangre de la pasión atemperando cada trazo. Cuando el sueño la venció, fue con el susurro de la promesa robada, con el tacto de unos labios que estaban más allá del escándalo.

Al amanecer, la lluvia arremetía contra las ventanas. Eleanor sintió que el mundo entero aguardaba una resolución. Su madre la citó en el salón, junto a una taza de té templada.

“Así que, hija, has decidido complicar nuestra existencia,” murmuró la condesa sin lapidar del todo el afecto materno. “¿Es cierto que deseas al vizconde? Te arriesgas a perder la seguridad de mil alianzas más prestigiosas.”

Eleanor sostuvo la mirada de su madre.

“Prefiero una vida peligrosa al lado de alguien a quien amo, que una eternidad insípida entre paredes doradas.”

En ese momento, llamaron a la puerta. Lucien entró, una figura esculpida bajo el abrigo, la templanza de quien ha decidido arriesgarlo todo. No pidió permiso. Se arrodilló ante Eleanor, sus palabras ardiendo con la determinación de los mártires y la dulzura de un hombre recién liberado.

“Lady Eleanor, ¿me concede el honor de ser su esposo —y su cómplice en cualquier locura, arte o pasión que nuestra vida juntos nos depare?”

El sol, tras el velo de la tormenta, se filtró sobre el tapiz, iluminando el temblor de las manos de Eleanor mientras las entrelazaba con las de Lucien.

“Sí. Sí, lo haré.”

La condesa, en silencio, comprendió entonces que algunas batallas se pierden para conquistar algo mayor: la posibilidad de ver a su hija florecer en el amor que, aunque al borde del escándalo, prometía una eternidad más brillante que la gema más noble.

Y así, bajo la mirada cómplice del retrato de Lady Clarice, y el rumor benévolo de la lluvia, Eleanor y Lucien sellaron su destino. No con un pacto de conveniencia, ni un beso robado, sino con la promesa inviolable de quienes se atreven a amar contra toda expectativa. Porque incluso detrás de las paredes más rígidas de Mayfair, el amor, cuando es verdadero, encuentra siempre una manera de abrir la puerta al paraíso.

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