Portada del relato El eco de las aguas
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Fragmento:


El recuerdo de Hal, su cabello revuelto y sonrisa franca, se hacía tan vívido al regresar, que Annetonia casi podía sentir el roce de sus dedos cuando solían posar sus manos juntas sobre la temblorosa baranda, retándose mutuamente a no mirar abajo. La realidad, sin embargo, era mucho menos generosa: hacía ocho años que Hal se había marchado al extranjero, decidido a rehacer la fortuna familiar tras la muerte súbita de su padre.

Duración: 09:50

El eco de las aguas
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Texto de ajuste de pausa.

Corría el año de 1823 cuando Lady Annetonia Fairchild regresó, por fin, a Graywood, la modesta pero amada propiedad de su familia en algún recodo olvidado de Northumberland. En la vasta tranquilidad del campo, lejos del bullicio londinense y de pretendientes ávidos —la temporada social había resultado extenuante y, para su pesar, infructuosa—, Annetonia sentía cómo cada brizna de hierba y cada soplo de viento parecían dar la bienvenida a su cansada alma.

Sin embargo, no era la tranquilidad lo que realmente anhelaba, sino aquel rincón secreto de su infancia, un lugar apartado y casi legendario: el arcaico puente colgante de madera que se extendía precariamente sobre el riachuelo detrás de la pequeña iglesia del pueblo. Allí, colgado entre el cielo y el agua, había reído, llorado y compartido secretos con el único amigo que de veras importaba: Halden Ashbury.

El recuerdo de Hal, su cabello revuelto y sonrisa franca, se hacía tan vívido al regresar, que Annetonia casi podía sentir el roce de sus dedos cuando solían posar sus manos juntas sobre la temblorosa baranda, retándose mutuamente a no mirar abajo. La realidad, sin embargo, era mucho menos generosa: hacía ocho años que Hal se había marchado al extranjero, decidido a rehacer la fortuna familiar tras la muerte súbita de su padre.

Despertó temprano la mañana siguiente, impulsada por una necesidad tan vehemente como inexplicable. El sol apenas asomaba cuando Annetonia, con las enaguas aún frías y el cabello suelto, cruzó el prado húmedo rumbo al puente colgante. El sendero estaba igual de recubierto de hierba alta, salpicada por gotas que brillaban como diminutos espejos, y el aire olía a hoja y promesas no cumplidas. Sonrió, casi involuntariamente, al ver el puente: sí, aquel era su lugar.

Pero no estaba sola.

Una figura se encontraba a mitad del puente, de espaldas a ella, las manos aferradas a la cuerda y la cabeza baja. No era ningún fantasmal errante ni un paseante matinal, sino un hombre, alto y ancho de hombros, aunque su porte denotaba cierta fatiga. Annetonia contuvo el aliento, incapaz de evitar el hálito de familiaridad inquietante que lo envolvía.

El hombre se giró despacio, como si presintiera su presencia, y entonces lo supo. Hal Ashbury. Los ojos color avellana que antaño destellaban osadía ahora destilaban una sombra distinta, algo aprendido por fuerza, no por elección. Ambos permanecieron un instante suspendidos, como si el mismísimo tiempo se hubiera aferrado a las tablas del puente.

—Anne… —su voz era grave, ronca, cargada de emociones a medio domesticar.

—Hal —fue todo cuanto pudo pronunciar. Sentía la garganta apretada y el pecho a punto de estallar.

Él rió, un sonido áspero y breve, que le provocó más tristeza que alegría. Era el eco de mil juegos infantiles, pero cubierto ahora por la pátina de los años. Antes de poder añadir nada más, Annetonia cruzó los metros que los separaban. No supo qué la movía, quizá la costumbre jamás olvidada, y se encontró con él a mitad del puente, justo donde las tablas siempre crujían peligrosamente.

—Tienes el mismo empeño suicida —murmuró Hal, recordando las veces en que ella, para retarlo, se encaramaba al borde más inestable.

—Y tú sigues sin saber cuándo intervenir —replicó ella, alzando una ceja. Por un instante, un relámpago de la antigua complicidad brilló entre ellos, y sus manos se buscaron y encontraron en la cuerda, compartiendo calor y temblor.

El silencio siguiente se pobló de miradas, de viejas heridas que se inclinaban a cerrarse y nuevos miedos que pugnaban por aflorar. Annetonia fue la primera en romperlo.

—Te marchaste sin despedirte.

Hal miró el río bajo sus pies. —No tuve elección. Después de la ruina… y lo que mi padre hizo… no podía quedarme.

Annetonia recordó la tragedia: Lord Ashbury, invirtiendo malamente, había dejado a su familia al borde de la miseria. Hal, siendo apenas un muchacho, marchó como aprendiz de comercio a las Américas. “Volveré rico y haré las cosas bien,” le había dicho una tarde, hace ya tres lustros, bajo estas mismas cuerdas temblorosas.

—¿Valió la pena? —preguntó, con suavidad, más interesada por el hombre ante ella que por su fortuna.

Él apartó la mirada, los nudillos crispados sobre la cuerda.

—Gané dinero —confesó—. Pero perdí años. Perdí… esto. —Sus ojos recorrieron el contorno de su rostro con una ternura que le heló la piel.

—Esto —susurró Annetonia, como si nada fuera más evidente— sigue aquí.

Y entonces, como si el puente siempre hubiera sido destinado a ser testigo de un amor largamente postergado, Hal la atrajo hacia sí. El contacto fue torpe, cargado de urgencias infantiles no satisfechas. No había allí la pátina formal que la temporada londinense exigía; no, su beso fue ansioso, buscador, la fusión de dos seres que alguna vez creyeron saberlo todo del uno al otro y ahora, por fin, se descubrían adultos.

Ella respondió, primero temerosa y después rendida, sintiendo la aspereza de la barba incipiente, el calor de la piel bajo la tela basta de su camisa. Sus cuerpos encajaban imperfectos, como piezas que hubieran cambiado de forma con los años y aún así buscaran ensamblarse.

A regañadientes se separaron. Annetonia bajó la vista, las mejillas ardiendo.

—Podrías haber escrito —susurró, todavía con voz temblorosa.

Hal negó con la cabeza.

—No tenía nada digno que ofrecerte entonces. Ni siquiera a mí mismo. Y tu madre… —le dirigió una sombra de sonrisa— nunca me consideró apropiado para ti.

La sombra de Lady Fairchild era real, pero como tantas sombras, ahora parecía menos imponente en la memoria de Annetonia. Sus reproches se sentían lejanos, como ecos perdidos en el murmullo del arroyo.

—Ha pasado mucho tiempo y todo ha cambiado —musitó ella.

—¿De verdad? —Hal la miró intensamente—. ¿Tú has cambiado, Anne?

Ella pensó en las interminables noches de bailes, en los pretendientes grises y en las risas huecas de las jóvenes damas de Londres. Pensó en cuánto había echado de menos la franqueza, el coraje silencioso de Hal. Pensó en sí misma, en la mujer que había crecido escondiendo partes de su alma para adaptarse a las expectativas ajenas. Y supo que no, lo esencial no había cambiado.

—No en lo que cuenta —admitió.

El puente crujió y Hal se recostó en la cuerda, contemplando el movimiento del agua.

—He vuelto porque puedo ofrecerte algo más, Anne. No sólo nostalgia.

Ella le tocó el rostro, ojos húmedos de emoción.

—Sólo quiero lo que ya compartimos. Aquí, ahora.

Pero el reloj marcaba otra realidad. Hal no traía sólo recuerdos; traía consigo la promesa de inversiones fructíferas, el restablecimiento parcial de la heredad Ashbury. Señores vecinos hablarían, la mirada crítica del pueblo caería sobre ellos —y, por supuesto, Lady Fairchild tendría opiniones muy firmes al respecto— pero estos problemas parecían lejanos mientras se abrazaban de nuevo en el mismo punto inestable sobre las aguas.

Ese día, y los siguientes, Annetonia y Hal se encontraron repetidamente en el puente. Al inicio, intercambiaban confidencias con la mirada, y gradualmente, como si el pasado y el presente se entrelazaran, se fueron contando los secretos de los años perdidos: los temores, los anhelos, los fracasos y también, tímidamente, los sueños que aún quedaban por cumplir.

Fue en una de esas tardes, con la brisa jugando entre sus cabellos y el rumor del agua bajo los pies, cuando Annetonia escuchó lo que más temía.

—Pronto partiré de nuevo —dijo Hal, con voz ronca—. Mi nuevo proyecto está en Escocia, y será un año, acaso dos, hasta que la propiedad esté establecida.

El corazón de Anne pareció ahogarse. Pero ya no era la niña que temía perderlo todo.

—No dejarás que esto —señaló el puente y luego el punto entre sus propios pechos— se convierta en un adiós sin remedio.

Él le sostuvo el rostro, pulgar recorriendo con reverencia la línea de su mandíbula.

—Esta vez, Anne, prometo volver por ti.

Y ella, ya no muchacha, ya no invisible para sí misma, se atrevió:

—No volveré a esperarte aquí sin luchar.

Sus labios se buscaron de nuevo, y esta vez fueron ardientes, llenos de todo lo que se habían negado. Hal la estrechó, los cuerpos pegados. Ninguno temió ser visto, ni la mirada de Dios ni la de los hombres podía competir con la urgencia de dos almas encontrándose después de la demolición del tiempo.

Aquella noche Annetonia caminó de regreso a Graywood, la piel aún vibrante y los labios hinchados. Sabía lo que tenía que hacer. El día siguiente, en un arranque inaudito, apareció en el salón de su madre:

—Viajaré con él a Escocia, madre. Como su prometida, o como lo que tenga que ser.

Lady Fairchild protestó. El escándalo, el qué dirán, la indignidad de visitar propiedades antes del matrimonio. Pero Annetonia se mantuvo firme, la seguridad férrea que brinda la certeza de ser amada.

Y así, cuando despuntó el alba, las raíces familiares de Graywood volvieron a verlos partir. Esta vez, Annetonia no encontraba miedo en su corazón. Atravesó el campo del brazo de Hal, ambos cargando equipaje y futuro, y se detuvieron en el puente colgante, solo un momento, como para cerrar un círculo.

—¿Y si nos caemos ahora, Hal Ashbury? —preguntó ella, con una chispa de la niña traviesa aún viva en sus ojos.

—Siempre he pensado que un poco de riesgo vale la pena, si es por ti —respondió él.

Se besaron entonces, mientras el puente crujía y el riachuelo seguía su curso. Cuando por fin reanudaron el paso, ya no eran dos criaturas de un ayer perdido, sino dos amantes adultos, decididos a cruzar juntos todos los abismos, uno tras otro, mientras la vida les concediese la magia improbable del reencuentro.

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