Portada del relato Susurros de la medianoche
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Fragmento:


—¿Temes a la noche? —preguntó Julius, su voz grave calando en la penumbra—. O acaso, ¿temes a lo que ambos podemos descubrir en ella?

Duración: 06:55

Susurros de la medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

Era una noche en la que la luna no podía ocultar su rostro ruborizado tras ningún velo de nube. La habitación se encontraba apenas iluminada por la llama tímida de una vela, cuyo titilar parecía acelerar el pulso del aire, inundando todo con una tibieza inquietante. El perfume de las gardenias que Lucile dispuso en el jarrón se deslizaba en ondas sedosas alrededor de cada sombra.

Lucile se encontraba sentada al borde de la cama, con la espalda recta y los ojos perdidos en los reflejos dorados de la copa de vino. Un leve temblor recorría sus manos, anticipando el eco de unos pasos que aún no se escuchaban, pero en cuya proximidad pensaba con la seguridad con la que se perciben los rayos aún no caídos de una tormenta lejana. Se preguntaba, por un momento fugaz, si el deseo era acaso un pájaro etéreo, siempre huido, o una hoguera imposible de contener.

Desde el salón, llegó el susurro de una melodía coreada por el piano. Cada nota traía a Julius, su amante, un paso más cerca. Él era poeta y su presencia se anunciaba en los versos que, aun callado, parecía dejar atrás como pétalos de lirios blancos. Cuando finalmente apareció en el marco de la puerta, envuelto en ropa apenas menos tenue que la brisa, Lucile sintió que el tiempo podía detenerse allí, en ese umbral donde la promesa aún no cumplida era en sí misma un goce.

—¿Temes a la noche? —preguntó Julius, su voz grave calando en la penumbra—. O acaso, ¿temes a lo que ambos podemos descubrir en ella?

Lucile deslizó la copa de vino sobre la mesilla e hizo una leve inclinación, dejando que uno de los tirantes de su camisón resbalara por el hombro.

—Le temo al sueño sin haberte sentido en mi piel —respondió, y la frase, sencilla, tenía la firmeza de un juramento antiguo.

Julius se acercó con indiferencia fingida, pero sus ojos ardían en la penumbra con el azul de una tempestad sostenida. Al llegar junto a ella, apenas a unos centímetros, sus manos no se atrevieron al principio a rozarla. Se detuvieron, suspendidas en el aire tibio, trazando apenas la sombra de una caricia sobre la tela, como si ese contacto invisible fuera ya la primera estrofa de un acto largo.

—No comprendes aún —susurró Julius, y el aliento de sus palabras templó la piel de Lucile— el poder de tu propia entrega.

Ella cerró los ojos, entregándose al mar expectante de sensaciones. Sintió, antes que vio, cómo la mano de Julius descendía por el contorno de su brazo, apenas rozándola, pero toda la sangre de su cuerpo parecía acudir allí, allá donde la yema de aquellos dedos tocaba. Era un oficio sagrado, aquel tocar, un conjuro para extraer músicas ocultas de los lugares más secretos.

Julius se arrodilló ante ella y dejó que sus labios peregrinaran por la línea delicada de la pantorrilla de Lucile, ascendiendo con lentitud reverente, como si cada centímetro descubriera los misterios de una escritura impresa en fuego sobre su piel. Lucile arqueó levemente la espalda, invitando el ascenso, reclamando el siguiente verso de aquel poema sin cuartetos, sólo con el latido de sus cuerpos.

Desprendió, sin prisas, el otro tirante del camisón, que cayó y se arrugó a sus pies como una corola exhausta. Julius elevó la mirada, y allí encontró en los ojos de Lucile un océano sin playa, el deseo convertido en tempestad. Despacio, con una paciencia nacida del hambre, besó las cumbres de sus muslos, dibujando con labios de poeta cada estrofa sin pronunciar.

Lucile enredó sus dedos en el cabello de él, tirando de vez en cuando, presionando su fragancia contra la carne encendida. Un gemido brotó de su garganta, apenas contenido, como un ruiseñor imprudente que canta a pesar del riesgo de la aurora. El placer no necesitaba palabras; se deslizaba entre ellos como seda, creciendo, ardiendo, ascendiendo en giros infinitos.

Julius la hizo recostarse, cubriendo el cuerpo de Lucile con el suyo sólo cuando todo temblor la hubo recorrido como un eco. Sus torsos pegados rozaban piel con piel, y ella sintió su dureza contra su vientre, la promesa de su entrega próxima. Julius buscó sus labios entonces, y los besó suavemente al principio, luego con una urgencia voraz, como si al beber de esa boca pudiera ahogar toda la sed acumulada del universo.

El aroma de la gardenia se confundía ahora con el sudor y la expectativa suspendida. Lucile abrazó fuerte a Julius, empujándolo contra ella, reclamando sin palabras lo que ambos sabían era inevitable. Los movimientos se hicieron más amplios, el roce más directo, sin más frontera que la piel brillante de sudor y deseo. Julius lamió el lóbulo de la oreja de Lucile y bajó en incansable descenso hasta el cuello, añadiendo una punzada de dientes, un mordisco leve que la hizo estremecerse.

Lucile separó las piernas, alzando la rodilla sobre la cadera de su poeta, y el calor los envolvió como una ola. Julius penetró con cuidado, suave, deteniéndose para encontrar el compás, el lenguaje, la métrica exacta donde los dos pudieran cantar juntos la misma melodía secreta. Ella exhaló un suspiro largo, abriendo los ojos justo para ver a través de la media luz el destello salvaje en la mirada de Julius: era amor, pero también hambre y tempestad secreta.

Los movimientos se aceleraron, encontrados en gemidos y juramentos; las palabras se volvían caricias, y las caricias, relámpagos. Lucile recorría la espalda de Julius con uñas que dibujaban constelaciones de deseo, mientras él, incansable narrador, se sumía en el vaivén antiguo de las olas fundidas en un solo cuerpo. La vela se extinguió, pero no la luz: sus cuerpos ardían, podían encontrar el camino aún a ciegas.

En el clímax, cuando la ola los embistió con furia y ternura a la vez, Lucile perdió el sentido durante unos segundos, cayendo a un abismo velado de placer. Julius la siguió, aferrado a ella, como un náufrago al mástil de una nave en tormenta. Los cuerpos vibraron, aún entrelazados, ahora cubiertos de sudor y jadeos y palabras dulces.

Pasaron largos minutos antes de hablar de nuevo. Julius acarició suavemente la frente de Lucile y le besó la sien, en un acto sutil de reconocimiento y consagración.

—Eres mi verso favorito —le susurró.

Lucile, sonriendo, lo abrazó con la misma dulzura con que se sueña una mañana de verano tras la furia de la tormenta nocturna.

—Y tú eres mi tormenta preferida —respondió, sin voz, sólo con el roce de sus labios sobre el pecho de él.

La noche siguió afuera en su curso, ajena e inmutable a la poesía que transcurría entre aquellas sábanas donde dos cuerpos, dos voluntades, se fundían, borrando los límites de sus propios nombres, naciendo de nuevo en el misterio antiguo y renovado de la pasión.

A lo lejos, la madrugada empezaba a dorar los cristales con promesas de luz, pero ellos, entrelazados, aún navegaban en el mar tibio de sus secretos, donde la poesía y el placer no tenían final, donde el relato apenas comenzaba cuando la vela, exhausta, se apagó por última vez.

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