Portada del relato La Doncella del Velo Carmesí
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Fragmento:


“¿Te atreves?” susurró ella, y en su voz había una sombra de desafío. “Atrévete…” dijo de nuevo, con ternura y fiero imperio.

Duración: 07:45

La Doncella del Velo Carmesí
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Texto de ajuste de pausa.

La brisa de junio serpenteaba mansamente por los ventanales entreabiertos, acariciando la cortina de gasa azul y sembrando un rastro inmediato de deseo tibio sobre la estancia. Era una noche de esas que tiemblan embriagadas de luna, donde el aire parece bruñido por látigos de seda, y Viena, bajo las estrellas espectrales, pulsaba en sus venas como una melodía abandonada. Me encontraba en la biblioteca de la vieja casona de la familia von Ettenberg, escoltado por volúmenes enmohecidos y fragmentos de luz tenue; mis pensamientos recorrían círculos ansiosos entre los tomos y los cortinajes, como ciervos asustados.

El reloj de pie emitió un lamento sonoro: el eco de la medianoche con alas de plomo. Y justo en el otro extremo de la estancia, entre los pliegues ondulantes y la penumbra licuada, la distinguí a ella, Marie. Sus cabellos, de un dorado indómito, parecían hilos sacados de algún mito arcaico, y su vestido color vino alternaba juegos de transparencia y opacidad como si danzara ritmos de otro siglo. Marie no era la dama circunspecta que todos conocían; a esa hora, bajo la complicidad del insomnio y la orquesta lechosa de los astros, se transmutaba en una criatura distinta, más audaz y rebelde que cualquier heroína de novela.

Nuestros ojos se sostuvieron en un duelo silencioso. No había palabras, solo la promesa agazapada en el temblor de sus labios y el latido irrefrenable que, sin intermediarios ni permiso, me impulsó hacia ella. Nos aproximamos sin romper la música mineral del silencio, siguiendo un compás íntimo, como si Rubén Darío nos hubiese diseñado coreografía de versos y besos aún no escritos.

Cuando finalmente su aliento rozó mi mejilla ―un perfume delicado, mezcla de violeta y promesas secretas― la sala entera pareció encaminarse hacia una combustión silenciosa. Su mano buscó la mía entre los pliegues de su falda y, tras cruzar apenas unos apéndices de caricia, supimos que no habría retorno. Con un leve e invisible gesto, Marie pidió complicidad a la noche. Bajó la mirada, se humedeció los labios, y sentí el magnetismo de su depurada sensualidad, como una invitación a perderme.

Se oyó entonces el crujido diminuto de la tela cuando su vestido cedió al impulso de sus dedos nerviosos. El escote, laboriosamente abotonado hasta entonces, se abrió dejando escapar la redondez perfecta de su pecho, asomado al claroscuro lunar como una escultura de Bernini. No pude —y no quise— resistir el influjo gravitatorio de su piel. Avancé sin titubeos y rocé con mi aliento la delicada extensión entre su cuello y su clavícula, donde la piel parecía poseer memoria de antiguas caricias.

“¿Te atreves?” susurró ella, y en su voz había una sombra de desafío. “Atrévete…” dijo de nuevo, con ternura y fiero imperio.

No respondí con palabras. Deslicé mis labios desde la fragancia de su cuello, bajando lentamente al vértice de su escote, recorriendo cada centímetro con devoción de devorador de himnos. Su respiración se entrecortó suavemente, como si una melodía in crescendo se apoderara de su pecho y floreciera en gemidos velados. Mis manos, temblorosas pero decididas, se deslizaron por su tallo espigado, se posaron en la curva sutil de su cintura y exploraron el mapa exquisito de su espalda desnuda. Cada poro en ella respondía, anhelante, a la danza de nuestro tácito acuerdo.

Marie, sabiendo el poder que ostentaba, hundió los dedos en mi cabello y buscó mis labios con un hambre de solsticio, besando no solo mi boca sino también una órbita íntima donde el tiempo parecía haberse detenido. Nos convertimos en autómatas de la pasión, marionetas de deseo que ignoraban horarios y reglas; nuestras ropas se desprendieron con la pesadumbre de quienes dejan atrás pesares viejos, y los cuerpos, nuevamente inocentes, se reconocieron en un destello animal.

El piso de roble crujía bajo nuestros pasos como si compartiera nuestra impaciencia. Guió mis manos hacia su cadera, arqueando su espalda a la luz lunar, y sufrió con dulzura la espera de mi entrega. Acaricié su piel con la reverencia de un pintor ante su óleo preferido; el tacto era una letanía que buscaba un altar y yo, sacerdote impío, oficié sobre sus montañas y valles con dedos crepitantes, deshaciendo cada nudo invisible de su deseo.

Me acosté sobre las alfombras, palpitando, mientras ella se erguía sobre mí, diosa y hechicera, trazando arabescos de fuego con la punta de sus pechos, besando cada fragmento de mi pecho y abdomen con una rigurosa piedad. Hundió sus labios en mi vientre y sentí una corriente eléctrica, un torrente de ondas que se propagaba por todo mi ser; su lengua era el pincel que dibujaba aventuras insospechadas en cada rincón de mi piel.

Cuando nuestros cuerpos se encontraron —por fin— sin barrera de tela ni recato, de inmediato comprendí que el universo era una conspiración vulgar frente a la perfección de esa unión. Sus caderas comenzaron a moverse, primero en un ritmo aterciopelado y después, gradualmente, en oleaje incontenible. Yo la sostenía, firme y tembloroso; sus muslos me rodeaban como un lazo de fuego. Experimenté una mezcla de éxtasis y vértigo, como si cayera al abismo blando de la completa ofrenda.

Su cabello, caótico y suelto, se deslizaba sobre mi rostro, y cada movimiento suyo generaba poemas sordos entre sudor y jadeos. La noche, afuera, se desintegraba en los vitrales; adentro, el tiempo era fango lujurioso. Ella me miró entonces a los ojos, desarmándome, y en ese instante el universo consistía solo en su deseo y mi entrega. Sus pechos, firmes y ávidos, danzaban encima de mí, y yo los tomé entre mis labios, saboreando la sal y la miel de su esencia. Un gemido violento, profundo, estalló entre ambos —como un secreto gritado después de un siglo de silencio.

“Más…” gimió ella, y yo, loco de deseo, me incorporé para tomarla por la cintura, invirtiendo el júbilo: ahora era yo quien la poseía desde atrás, hundiéndome en el arco expuesto de su espina dorsal, besando la línea de su espalda que era, en ese instante, la carretera hacia ningún otro futuro salvo este, el del placer absoluto.

Los susurros y gritos —todos silenciados por la complicidad de la noche— corrieron entre los estantes de la biblioteca, se refugiaron entre páginas y repisas, y nutrieron la tierra promiscua de nuestra alianza oculta. Hundimos nuestros cuerpos tantas veces que perdimos la cuenta, uno sobre otro, uno en otro, sudorosos y extenuados como recién llegados de una maratón divina.

Finalmente, exhaustos y abrazados sobre las alfombras, Marie me miró con una ternura impensada, dibujando con los dedos rutas infinitas en el vaho caliente de mi piel. Nuestros cuerpos, aún entrelazados como ramas entrelazadas de vid, vibraban con la evidencia de haber cruzado juntos una frontera de la que ya nunca regresaríamos iguales.

Apoyó su frente en mi pecho y, durante un instante de silencio inviolable, comprendí que el amor —ese duende eterno y voraz— se había deslizado sigiloso entre jadeos y promesas, fundiendo carne y destino en el crisol de un deseo inabarcable.

La noche comenzaba a ceder los primeros resplandores pálidos del alba: nuestros cuerpos, aún febriles, eran testigos de todo lo vivido y prometido. Ella tomó mi rostro entre sus manos, me besó los párpados suavemente y, con la voz aún mecida por los vapores voluptuosos de la pasión, murmuró:

“La noche apenas comienza, querido mío. El amor no se agota; tan solo aguarda la siguiente embestida.”

Así entendí, mientras el sol nacía, que el romance —como ciertas músicas y ciertos sueños— nunca termina realmente. Con Marie entre mis brazos, la nueva aurora prometía tantas posibilidades como caricias quedaban por inventar.

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