Fragmento:
Claire levantó la mano, rozando la falda jironada, sin perder de vista el deseo que anidaba, latente, en la mirada de su esposo. Jamie, astuto, se percató del gesto y se arrodilló frente a ella, elevando su atención desde el tobillo expuesto hasta la rodilla. Deslizó los dedos con lentitud, jugando con los flecos de la tela, subiendo, acercándose al calor recóndito de su piel.
Duración: 10:28
El primer trueno sacudió la pequeña cabaña justo cuando Claire Fraser se dejó caer pesadamente sobre el colchón, exhausta tras el largo día recogiendo hierbas en el bosque. Afuera, la lluvia tamborileaba sobre el tejado como si deseara a toda costa entrar y arrastrarla en su salvaje furia. Exhaló, dejando que el aroma de menta y musgo en sus ropas la envolviese, pero cuando movió la mano, la tela rasgada de la falda le recordó el pequeño accidente de esa tarde. Jamie, su esposo, aún no había regresado de sus quehaceres en el campo, pero Claire prácticamente podía sentir su presencia, próxima, inevitable, como la segunda descarga de luz que iluminó la silueta retorcida de los árboles por la ventana.
La puerta crujió. El viento le jugó una mala pasada, y un remolino de hojas se deslizó tras el hombre que se presentó en el umbral. Jamie MacKenzie Fraser, con la melena húmeda pegada a la frente, los ojos más oscuros que un cielo de tormenta. Su camisa blanca estaba pegada a sus músculos, marcada por la lluvia, moldeando cada curva de su torso con una precisión capaz de enmudecer las palabras más altisonantes de un poeta en Edimburgo. Cuando la miró, el destello en sus ojos fue relámpago y tierra: electricidad y arraigo.
—Sassenach —dijo, la voz ronca, baja, como un secreto al borde del desvelo.
Entre ellos se tendió una corriente de tensión casi palpable, un pulso sordo que batía en el aire cargado de humedad. Claire lo observó demorar su entrada; podía ver la vacilación en sus hombros, la potencia contenida en las manos grandes que aún no había soltado el pomo de la puerta. Pero cuando avanzó, lo hizo como si nada, ni la tormenta ni la distancia emocional tantas veces recorrida, pudiera interponerse ahora.
—La lluvia no ha tenido piedad del campo hoy —comentó, sin apartar los ojos de Claire, que se enderezó apenas, de espaldas contra la cabecera.
Jamie apartó un mechón de su frente, aquel mechón pelirrojo que siempre le parecía tentación y esmaltado de promesas inconclusas. Se acercó. Claire podía oler la tormenta en su piel, ese aroma metálico y dulce de todo lo que está a punto de estallar.
—¿Sabes lo que me ocurre, Claire? —le dijo, la voz tan profunda que vibraba en su pecho—. No es la lluvia lo que me deja empapado, sino el deseo de ti, siempre tú.
Esas palabras, tan sencillas, tenían la capacidad de romperla y reconstruirla al mismo tiempo. Jamie se detuvo a su lado, de pie mientras ella seguía sentada. Ambos sabían que no se trataba de un juego de amantes primerizos; entre ellos vivía la historia, la furia y la ternura. La pasión que habían compartido atravesaba fronteras y siglos, tierra y agua, vida y muerte.
Claire levantó la mano, rozando la falda jironada, sin perder de vista el deseo que anidaba, latente, en la mirada de su esposo. Jamie, astuto, se percató del gesto y se arrodilló frente a ella, elevando su atención desde el tobillo expuesto hasta la rodilla. Deslizó los dedos con lentitud, jugando con los flecos de la tela, subiendo, acercándose al calor recóndito de su piel.
—No están tus manos tan frías como esperaba —murmuró Claire, ardiendo bajo su toque.
—Es que la sangre escocesa no se hiela fácilmente —replicó con una leve sonrisa, y se inclinó hasta besarle la rodilla, luego el muslo. Cada caricia era un incremento en la marea, una grieta en la presa de su resistencia.
Claire sintió cómo los vellos de su piel se erizaban bajo la lengua húmeda y tibia de Jamie. Sus caderas temblaron, y cuando él deslizó la boca hacia el interior de su muslo, Claire apenas pudo reprimir un gemido. Se aferró al cabello de su esposo, entrelazando los dedos en los rizos aún húmedos, como si necesitara anclarse a algo real para no perderse en el torbellino de sensaciones.
El tartán de Jamie cayó pronto al suelo, las piezas de ropa cediendo bajo la urgencia de las manos, el hambre de piel contra piel. Jamie se irguió para mirarla, y la visión de aquella pasión contenida en su rostro la estremeció más que el frío de la tormenta.
—¿Temes a la tormenta, mo nighean donn? —preguntó, la voz convertida en seda y piedra a la vez.
—Sólo si está lejos de ti —respondió Claire, y Jamie sonrió antes de fundirse en un beso que fue, en sí mismo, una tempestad.
La besó primero despacio, saboreando sus labios con la adoración y el respeto de quien sabe que una vida no basta para saciar el deseo. Sus lenguas se buscaron y encontraron, enredándose, dejando paso a estallidos eléctricos bajo la tormenta callada de la noche. La lengua de Jamie era lenta y segura; su boca, insaciable. Arrastró un gemido de Claire, profundo, roto, salido del lugar donde la pasión se mezcla con la rendición.
Jamie la levantó entre sus brazos. Claire sentía la fuerza de su esposo, pero también la ternura: él la depositó cuidadosamente en el medio de la cama, regocijándose en la visión desnuda de su cuerpo a la luz intermitente de los rayos. Por un instante se miraron, sin palabras, compartiendo el lenguaje antiguo de los cuerpos dispuestos a amarse como si el mundo terminara esa noche.
Las manos del escocés recorrieron sus costillas, sus pechos, sus caderas, despacio, como si tomara medida de un terreno mil veces explorado pero siempre nuevo. Cuando abarcó sus senos con las palmas y los besó, Claire arqueó la espalda, buscando sentirlo más, siempre más. Sus pezones endurecidos entre los labios de Jamie fueron el preludio de una impaciencia apenas domada; Jamie los lamió, los succionó, mordisqueó, dibujando círculos lentos mientras los dedos del hombre se adentraban por fin entre sus piernas ya mojadas, ya abiertas, invitándolo.
Claire jadeó, un sonido breve y salvaje, que fue diluyéndose en la melodía del agua golpeando la madera. Jamie se arrodilló entre sus muslos, manteniéndolos separados con sus caderas. Los dedos viajaron, encontraron el centro palpitante de su deseo y lo acariciaron, primero suave, luego con firmeza. Sus dedos húmedos, resbaladizos, encontraron el punto exacto: el placer la atravesó como un trueno, haciendo que su espalda golpease la cama.
Abrió los ojos, anhelante, justo cuando Jamie se hundió en ella. El primer embate fue lento, midiendo el camino hasta el fondo de su cuerpo. Claire acogió la invasión con un suspiro largo, envolviéndolo con sus piernas, atrayéndolo más, exigiéndole con el cuerpo lo que aún no pedía con palabras. Jamie jadeó, clavando los ojos en los suyos, y por un instante ambos fueron uno solo, partícula y ola, roca y marea, amantes en un pacto sagrado ante la tormenta.
Se movieron juntos al ritmo de la lluvia: a veces rápido, atormentados, impacientes, otras, tan lentos como el deshielo. Jamie murmuraba palabras en gaélico, palabras de amor, de deseo, de pertenencia. Claire solo entendía algunos fragmentos, pero le bastaban los suspiros, la música de su voz envolviéndola.
Las manos de Jamie encontraron sus caderas, los muslos, la base de la columna. Apretó, manteniéndola justo así, robándole el aliento al sumergirse más y más en su interior. El peso, el calor, la ferocidad de su entrega, todo era demasiado, y Claire se dejó llevar, la cabeza perdida en la tempestad de placer. Los fuegos artificiales recorrieron su piel, el calor creciendo como una ola imposible de resistir.
Gritó su nombre, y Jamie aceleró, como si solo el eco de su voz le diera permiso para perder el dominio. Cuando alcanzó el clímax, Claire se quebró y se reconstruyó en el mismo latido, estremecida por la fuerza de la ola que los arrastró a los dos. Jamie se dejó ir sólo después, su cuerpo estremeciéndose, su voz desgarrada en un alarido sordo que sólo la lluvia escuchó, testigo de su amor desbordado.
Quedaron tendidos, exhaustos, uno sobre el otro, la piel aún vibrando, los cuerpos pegajosos por el sudor y el deseo. Jamie no aflojó el abrazo; la rodeó entera, envolviéndola como un escudo contra el mundo. Claire encontró paz allí, arropada por su peso, su olor, el calor insistente de la carne saciada.
—Siempre encuentro mi hogar en ti —susurró Jamie, rozándole la frente con los labios.
Claire entrelazó sus dedos con los suyos, segura de que nada malo podría tocarla mientras él la sostuviera así. Por unos largos minutos, hubo sólo paz. El pulso de la tormenta afuera, el latido acompasado de dos corazones enlazados en territorio seguro.
Pero el deseo, ese convidado permanente, nunca dormía del todo. Claire fue la primera en moverse, en dejar que la yema de sus dedos vagara por la curva de la espalda de Jamie, bajando, explorando de nuevo el cuerpo amado que la sangre escocesa había esculpido con prodigio y trabajo. Jamie gimió suavemente y la atrapó bajo su peso, besándola con piedad y voracidad a partes iguales.
La penetración fue más lenta la segunda vez, más profunda, como si quisieran memorizar la textura del tiempo robado. Probaban posiciones distintas, exploraban ángulos nuevos, como si ambos necesitaran grabar a fuego los mapas de sus pieles. Jamie la llevó sentada a horcajadas sobre él, las piernas bien abiertas para recibirlo, sus bocas unidas en besos mezclados con risas, jadeos y promesas diminutas.
Claire cabalgó sobre él, moviéndose a su propio ritmo, controlando la danza como un animal salvaje y amante a la vez. Jamie, extasiado, la sostenía de la cintura y los pechos, empujando suavemente cada vez que ella descendía, sus cuerpos deslizándose húmedos, perfectos en la fiebre del deseo tardío.
Cuando llegaron juntos, la descarga fue tan dulce como devastadora. Un orgasmo hondo, largo, acunado por risas rotas y por el torrente de una lluvia que aún no cesaba.
Horas después, la tormenta menguó. Jamie y Claire yacían entrelazados, cubiertos apenas por la sábana revuelta, disfrutando la quietud que sólo los amantes bien conocidos pueden permitirse. Jamie le acarició la mejilla, ese pequeño gesto tierno que reservaba sólo para ella.
—No hay magia, ni hierba, ni medicina en el mundo que cure esto que siento —dijo él.
—Tampoco lo quiero curar —replicó Claire, besando su pecho el tiempo justo antes de quedarse dormida.
En la cabaña, el mundo había desaparecido. Más allá de la puerta, la tormenta había sido sólo la música de fondo para la ferocidad indomable de dos almas condenadas a encontrarse, una y otra vez, bajo cualquier cielo.
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