Portada del relato Sombras de un Verano Imposible
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Así llegó el atardecer que cambió todo destino, cuando la ciudad olía a tierra empapada, y la tormenta amenazaba con apagar los últimos resplandores lilas del día. Clara se detuvo en mitad de la escalera, mojada por la lluvia, el vestido de lino pegado a la piel y los labios encendidos de frío y de esperanza. “Ven”, susurró, sin mirarme, y la seguiría —ay, la hubiese seguido a cualquier abismo, gustoso de perderme—.

Duración: 08:06

Sombras de un Verano Imposible
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Nunca supe si la pasión tenía música, o si era el mismo silencio de las tardes en que el tiempo se detenía para que la memoria tiznara de colores aquellas escenas que guardo, intactas y dolidas, en el rincón más cálido de mi pecho. Y sin embargo, el crepitar de la lluvia mansa sobre los viejos tejados de Münster, ese verano tardío, vuelve ahora, repicando con la insistencia de un deseo que no aprendí a nombrar. Así comenzó, entre dos almas extraviadas y la promesa de un instante que, aun perdido, nunca dejaría de respirarse en cada gesto.

Ella llegó, como muchas otras, a la pensión de la Frau Baumgartner, con sus baúles pequeños y libros encuadernados en cuero gastado. Su cabello era de ese rubio casi imposible, que bajo la luz de las farolas parecía arder a pesar de la bruma, y sus ojos, ancho mar de melancolía, no tardaron en fijarse en los míos durante aquel primer desayuno compartido, con la torpe complicidad de los extraños que intuyen reconocerse al otro extremo de la mesa. Se llamaba Clara y su voz, nerviosa al principio, temblaba apenas con el alemán aprendido en cartas y en sueños.

Clara no era hermosa en el sentido en que lo son las heroínas de las novelas románticas que frecuentaba, pero sí en aquel modo huidizo y extraño con que la vida elige a quienes deben quedar en la memoria. Recuerdo sus dedos largos, su forma de tocar el borde de la taza mientras hablaba de su ciudad natal, y cómo, al alzar la vista hacia mí, temía (o deseaba) que leyera en sus pupilas la urgencia de una confidencia mayor.

Las tardes eran largas entonces, y el calor se precipitaba en ráfagas cortas, unas pocas horas donde las ventanas reclamaban apertura y la música de la calle subía a nuestros cuartos con promesas de felicidad inminente. Nos veíamos casi a diario, sin haberlo planeado, cruzándonos en la biblioteca, en el pequeño café frente al río o bajo el follaje fresco de los castaños, donde los niños, ajenos aun a las tormentas del deseo, correteaban sobre el césped mojado.

Pocas palabras hacían falta entre nosotros: el lenguaje era otro, más sutil y peligroso. Un roce del mantel en la mano, una risa que se detenía al borde del abismo, los silencios cada vez más prolongados en los que los cuerpos se decían lo que la boca callaba. Yo sabía pronunciar su nombre apenas en un susurro; ella, mi apellido como una plegaria.

Así llegó el atardecer que cambió todo destino, cuando la ciudad olía a tierra empapada, y la tormenta amenazaba con apagar los últimos resplandores lilas del día. Clara se detuvo en mitad de la escalera, mojada por la lluvia, el vestido de lino pegado a la piel y los labios encendidos de frío y de esperanza. “Ven”, susurró, sin mirarme, y la seguiría —ay, la hubiese seguido a cualquier abismo, gustoso de perderme—.

Entramos a su cuarto, pequeño y recogido, donde el perfume de jazmín flotaba en las cortinas y los libros dormían abiertos junto a la ventana entornada. Allí no había más mundo que el que cabía en aquellos pocos metros, y mientras la luz huidiza se deslizaba sobre las sábanas, Clara se volvió hacia mí, los hombros desnudos, el cabello enredado, la respiración contenida apenas detrás de los labios entreabiertos.

No recuerdo quién dio el primer paso, sólo que nuestros cuerpos se encontraron como única respuesta posible a todo lo que hasta entonces habíamos callado. La piel de Clara, aún tibia a pesar del agua, tenía la suavidad de las cosas añoradas. Sus brazos, frágiles, me rodearon el torso y descubrí, tembloroso, la curva de sus senos, el latido salvaje de su corazón contra mi pecho. Era un momento que el tiempo no volvería a regalarme, lo supe, y por ello cada beso, cada caricia, era ya, desde antes de darse, un pez de luz buscando salvarse en la memoria.

Nuestros cuerpos se buscaron como quienes se reconocen tras largas noches de espera. Mis dedos recorrieron su espalda, descendiendo hacia las caderas, y sentí su aliento cálido en el cuello, el leve jadeo que acompaña a la primera entrega, desbordándose. Mis labios buscaron el refugio de sus pechos, y Clara arqueó la cintura, ofreciéndose, anhelante. La habitación se llenaba de un murmullo sagrado, hecho de palabras que nunca aprendería a pronunciar y que sólo se entienden en la lengua secreta de la pasión.

Ella se deshizo el vestido, la tela resbaló hasta sus caderas, y bajo la luz titilante de la tormenta, vi la blancura infinita de su cuerpo, los relieves tímidos que se tensaban bajo mi mirada. Cubrí su piel de besos, uno a uno, como quien recorre un mapa íntimo y prohibido. Sus piernas se abrieron para mí, primero con pudor, después con el abandono de quien comprende que hay instantes que son vida entera.

Me quedé, durante unos segundos eternos, contemplando ese milagro; luego me acerqué, y en el susurro de mi nombre en sus labios, encontré la urgencia que me faltaba. Mis manos, sedientas, exploraron sus muslos, el temblor bajo la yema de los dedos, la rendición de su cuerpo que ahora, al fin, me pertenecía y no era mío sino en préstamo. Supe que nunca volvería a poseer nada con tal intensidad, y que ese destino debía aceptarlo con gratitud.

Nos fundimos entonces, primero lentamente, como si el amor pudiera detener la muerte del día, después con una prisa nueva, un hambre que nunca aprendimos sino por instinto. Cada movimiento era un adiós disfrazado de bienvenida: nuestros vientres se rozaron, la humedad compartida, su respiración acelerada, los dedos crispados en mi espalda. Y la lluvia, que afuera arrullaba la ciudad entera, parecía concentrarse en el chocar de nuestras pieles, en la respiración entrecortada que se volvía himno sagrado.

Clara gemía —el hilo de su voz, fragante y roto— mientras la recorría, mordía su cuello, la abrigaba entre mis brazos. Nos dimos enteros en aquella coreografía salvaje y antigua, inventando gestos, palabras en su idioma y en el mío, hasta confundir el límite entre la vigilia y el sueño, entre la vida y el recuerdo. Si alguna vez fui feliz, fue en esa hora abolida, en ese cuerpo que se tendía bajo el mío, que me recibía, que latía al mismo pulso de mis antiguos poemas, los versos nunca escritos.

No sé cuánto duró nuestro amor, si una hora o toda una vida condensada en la tarde de un mundo que no volvería a ser igual. Cuando los cuerpos se agotaron en un abrazo de estremecimiento y ternura, quedamos tendidos, piel sobre piel, oyendo el rumor sordo del agua en los cristales. Los dedos de Clara, aun entonces, guardaban la inquietud del que no desea que el milagro se esfume con la madrugada.

Hablamos en susurros, confesando pequeños miedos, anhelos absurdos, promesas que sabíamos incumplibles. Sus palabras me llegaban envueltas en lágrimas; nuestras risas, cómplices y resignadas, eran lo único real que teníamos. La melancolía se instaló mansamente en el cuarto, blanda como la bruma. Fuera, la tormenta se calmaba, y la ciudad respiraba aliviada y triste.

Quizá fue entonces cuando comprendí que hay amores condenados a la nostalgia, que viven para perdurar en la memoria y que, lejos de apenarnos, nos salvan. Porque nunca más volví a besar a Clara, ni a sentir la tibieza de su cuerpo ofreciéndose dispuesto a mi abrazo. Unas cartas, después —brevísimas, urgentes—, y el rumor, años más tarde, de que la vida la había llevado lejos, a otras ciudades, a otros brazos. Pero nada de eso importa mientras conserve, intacto, aquel atardecer de jazmín y cielo mojado sobre la cama de una pensión anónima.

Hoy, cuando la lluvia cae en ciudades extranjeras y mi mesa se llena de poemas inconclusos, busco a veces, por entre los papeles, una huella imposible que me devuelva a aquel cuarto, a la carne estremecida, al temblor primero de unos labios en los míos, al lento navegar de sus caricias. Y sé que Clara, dondequiera que esté, lleva también el tatuaje invisible de ese verano, el vértigo intacto de un amor que, aunque perdido, aún arde en nosotros.

Esa, acaso, es la última victoria: saber que fuimos, por un instante, el centro mismo del mundo, y que en la nostalgia que abriga cada tarde de lluvia, late todavía la promesa de nuestro imposible verano.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.