Portada del relato Secretos Al Despertar
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—Sólo los tontos desean lo que no pueden permitirse.

Duración: 08:04

Secretos Al Despertar
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El jardín del duque Anthony Blackwell olía a jazmín y a tierra mojada por el rocío. El verano en Yorkshire solía ser templado, pero aquella noche, el aire era una promesa cálida abrochada al silencio tras las paredes de la mansión. Incluso las estrellas parecían más cercanas, como si vigilaran el escándalo silente incubándose bajo sus narices celestiales.

Lady Catherine Ashbury había respondido a la invitación sabiendo perfectamente lo que se murmuraba en los pasillos de Londres desde su llegada. Hija de un vizconde arruinado y madre demasiado frágil para los salones, Cath se movía por pura inteligencia, consciente de la fragilidad de su posición. Lo último que debía hacer era exponerse; lo primero que odiaba era sentir esa necesidad.

Sin embargo, ahí se encontraba, apoyada levemente contra la barandilla de hierro forjado, el vestido perla pegado a las curvas que el corsé acentuaba como filigrana delicada. Escuchó los pasos tras de sí antes de verle la silueta enmarcada entre columnas medio iluminadas. Anthony caminaba con ese aire de autoridad distraída sólo al alcance de los hombres que sabían el poder que tenían sobre una habitación… o sobre una mujer.

—Lady Catherine —murmuró, la voz profunda y cálida como un susurro privado entre el follaje—. ¿Aún desconfía de mis jardines o es de mi invitación?

No respondió de inmediato. Jugueteó con el anillo de su madre, girándolo entre los dedos.

—Tal vez, duque, estoy decidiendo si una de ellas es más peligrosa que la otra.

Él se acercó, tan cerca que pudo ver la espesura azul de sus ojos, el hilo de deseo apenas contenido bajo ese barniz de civilidad. Anthony nunca había sido hombre de medias tintas: la intensidad en su atención la hacía temblar hasta en los rincones que nadie tocaba desde hacía años.

—Me halaga que me considere peligroso, Lady Catherine.

Su sonrisa era apenas una sombra.

—Yo no dije eso.

—Pero lo piensa —dijo, y entre ellos dos flotaba una corriente viva, eléctrica—. ¿No se cansa de fingir que no desea lo que claramente desea?

El aire entre ellos crepitó como si las palabras hubieran encendido una chispa secreta. Catherine notó su propio pulso acelerarse. Estaba en sus dominios, sí; pero él acababa de asaltar el cerco final de su resistencia.

—Sólo los tontos desean lo que no pueden permitirse.

Anthony la miró como si acabara de dar la respuesta perfecta a una pregunta invisible.

—¿Y si esta noche pudiera permitírselo?

La música filtrada desde el salón les alcanzaba en acordes dispersos; la sociedad cenaba, reía y apostaba con monedas de reputación a metros de ellos. Pero allí, en el jardín, eran meramente hombre y mujer. Retiró un mechón de su pelo con dedos diestramente lentos, rozando suavemente su mejilla. Catherine inclinó la cabeza, aturdida no por el atrevimiento, sino por la quemadura inesperada de la ternura.

—¿Qué busca aquí, Catherine? —susurró contra su sien.

—¿Por qué asume que busco algo?

—Porque sólo los que buscan algo se atreven a pasear solos en la noche.

Catherine le sostuvo la mirada, preguntándose si rendirse ante ese deseo era una imprudencia o la decisión más sensata que había tomado jamás. Había aprendido a desconfiar de los hombres, a protegérselas detrás de sonrisas y feroces cortesías, pero la envergadura de él, su gentileza, la irresistible promesa encerrada en sus ojos… todo clamaba por ser probado.

La luz de la luna danzaba sobre los hombros de Anthony mientras él extendió la mano. Vaciló, pero finalmente la tomó, dejando que la guiara por la vereda de grava, lejos del murmullo de la fiesta. El aire era embriagador: jazmín, aliento masculino, ansia.

Bajo el arco de rosa trepadora, Anthony se detuvo y acercó su boca a la suya con tal lentitud que el mundo pareció estirarse en un mar de espera. Entonces la besó, primero en la comisura de los labios, apenas una presión implícita. Catherine entreabrió la boca. Él respondió. El beso creció en profundidad y promesa, la lengua de Anthony acariciando la de ella en una tortura exquisita, sus manos anclándose en la curva de su cintura.

Cath tenía los párpados entrecerrados. Sus propios dedos se aferraban a la chaqueta de Anthony, sintiendo los latidos frenéticos, el calor masculino, la vida. Cuando se separaron, su respiración era una súplica apenas contenida.

—Ven —dijo él, con la voz rugosa de deseo.

La llevó, adelantándose por galerías envueltas en sombra, hasta que una puerta discreta al fondo del pasillo los engulló en la penumbra de la biblioteca privada. Las cortinas estaban entornadas, la luz de las velas parpadeando tímida sobre estanterías cargadas de secretos. Los ventanales ofrecían sólo su reflejo entre dorados y ámbar.

Anthony se aproximó de nuevo y comenzó a deshacer el lazo de seda en el escote de su vestido. Catherine no se lo impidió. Por un momento, apenas respiró. Los dedos de él deslizaron los tirantes por sus hombros; la tela resbaló, cesando su abrazo. Los pechos de Catherine, vaporosamente prisioneros, quedaron expuestos en la tela fina del corsé. Anthony trazó el contorno de cada seno con las yemas, dejando que el temblor de su cuerpo hablara.

Ella, vencida por una audacia nacida de la sed prolongada, desabotonó el chaleco de Anthony, divisando la musculatura ondulada bajo la camisa. Paseó la mano por el pecho de él, el pulso salvaje bajo la piel, el calor quemándole. Anthony la besó de nuevo. Esta vez fue hambre: su boca aterrizó en el hueco de la garganta de Catherine, explorando, mordisqueando la piel tersa, despertando corrientes líquidas en su vientre.

—¿Nunca has…?

La pregunta era suave, apenas un murmullo en la oscuridad.

—No así —respondió ella.

Él sonrió, perplejo y satisfecho.

—Déjame enseñarte.

El corsé cedió bajo los dedos expertos de Anthony. Pronto, el vestido cayó al suelo, acompañando la culpa, la necesidad disimulada por años. Ella quedó en enaguas ligeras y ligas de encaje, la piel erizada de anticipación; Anthony se quitó la chaqueta y la camisa, el torso bañado por la luz trémula. Se arrodilló ante Catherine, besando el suave vientre expuesto, subiendo lentamente hasta rozar sus senos con labios temblorosos. La lengua de él exploró su pezón, duro y sensible, mientras una ola de calor ascendía por la espalda de ella.

Catherine gimió. El sonido flotó, libre, por la biblioteca. Anthony sonrió y la hizo recostarse sobre la alfombra, despojándola por completo de prendas y de inhibiciones. Recorrió su piel con manos pacientes, con boca lenta, dejando que Catherine se vierte en el océano del deseo sin nombre bajo esas atenciones. Los labios de él descendieron entre sus muslos, y la lengua la sedujo en pequeños círculos, explorando su feminidad húmeda, reclamándole con cada olfato la rendición.

Se arqueó bajo él, la vergüenza extinguida en el calor líquido del placer. Anthony insistía, embriagándola, hasta que los gemidos se convirtieron en súplicas ebrias. Solo entonces se incorporó, desabrochando sus propios pantalones, revelando la evidencia palpitante de su deseo. Se unió a ella de a poco, llenando el vacío que Catherine nunca supo que padecía, desbordándola de una dicha abrupta y feroz. El vaivén se volvió ritmo, después vendaval.

Cath no supo cuándo gritó su nombre, sólo que lo hizo, perdiéndose en la unión innegable, colmando el silencio con su placer y su liberación.

Cuando terminaron, Anthony la sostuvo entre brazos, la boca presionando suavemente la cima de su frente, y Catherine supo que nada podía volver a ser igual. Entendió que aquella noche significaba el derrumbe de sus muros bien vigilados, la apertura de la vida hacia algo nuevo, peligroso… y absolutamente tentador.

Acariciándose, conversaron en susurros mientras sus cuerpos aún vibraban. Anthony prometió convertir cada noche en un nuevo descubrimiento, construir para ella un refugio donde no tuviera que temer a nada, donde sus secretos se aceptaran, incluso amaran. Catherine, con la cabeza apoyada en su pecho, soñó por primera vez con un futuro diferente—aquél donde la pasión podía conducir, al fin, a la libertad.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.