Portada del relato Pecado entre los estantes
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Fragmento:


—Está delicioso —susurró él—. ¿También las acelgas las ha recolectado usted?

Duración: 08:28

Pecado entre los estantes
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Texto de ajuste de pausa.

La primera vez que lo vio, Lucía pensó que aquel hombre debía de estar perdido: el mercado de abastos rara vez veía hombres como él, trajeados, bien peinados, las manos grandes de dedos largos, pero limpias, cuidadas; no tenían el color ajado de quien trabajaba entre frutas y cajas. Se detuvo junto a su puesto, donde Lucía alineaba tomates como tachuelas escarlata, y la saludó con una voz nueva, ronca, casi un murmullo.

—¿Son de hoy? —preguntó, rozando un fruto con la yema del dedo.

Lucía, que nunca había pensado en los tomates de modo erótico, se preguntó si acaso esa era la forma en que uno debía mirar a los productos frescos. Bajó la vista, sorprendida por sus propios pensamientos, y respondió, mientras recogía dos frutos relucientes y se los acercaba a la nariz.

—Sí, señor… Los corté esta mañana, antes de que saliera el sol. Todavía están frescos, ¿ve?

Él se inclinó aún más, y ella captó un matiz de su aroma, jabón caro y algo masculino, profundo, como almizcle envuelto en hojas de laurel. Apoyó una mano en el mostrador, y Lucía notó cómo el calor le subía por el cuello.

—Soy Rafael —dijo, y sus labios eran una curva fácil, habitual—. Rafael Márquez. Trabajo en el banco de la esquina y… últimamente me he sentido atraído por lo sencillo, por los placeres cotidianos.

Lucía se secó las manos en el delantal. Ejercía ese mismo gesto cada vez que se sentía fuera de lugar. Pero el modo en que la miraba le sugería cualquier cosa menos cotidianeidad. En el mercado, todos los sonidos parecían apagarse: el pregón de Pepa al otro lado del pasillo, el estrépito de cajas, el zumbido de la máquina de picar carne del carnicero.

—¿Le apetece probar uno? —sugirió, cortando la base de un tomate y partiéndolo en dos mitades carnosas. Rafael tomó una, hundiendo los dientes en la pulpa roja. El jugo resbaló por su mentón.

Sin pensar, Lucía alargó los dedos y recogió la gota con el pulgar. Sus ojos se encontraron. Ella sintió una corriente eléctrica, y un estremecimiento sinuoso le rozó la parte interna de los muslos.

—Está delicioso —susurró él—. ¿También las acelgas las ha recolectado usted?

Ella asintió, casi con timidez, antes de recordar con quién creía estar hablando: un cliente, un desconocido, no se merecía ni su vacilación ni el rubor repentino. Rafael pidió medio kilo de acelgas, un racimo de zanahorias (“¿estas, tan rectas, son silvestres?”), y Lucía le preparó la bolsa, pese a que sus manos temblaban ligeramente.

Esa fue la primera de muchas visitas.

Durante los días siguientes, Rafael se apareció junto al puesto en el mismo margen dorado de la tarde. Lucía se asombraba de su determinación: a nadie más le tomaba tanto tiempo escoger dos limones o unas ramitas de menta. Siempre había una conversación, una pregunta, una excusa para quedarse. Las vecinas comenzaron a murmurar.

—¿No será tu primo de Valladolid? —preguntó Amparo con media sonrisa, cuando Rafael se alejó con su compra, y Lucía notó la vibración en su voz.

—No… Es solo un cliente —murmuró ella, pero la mentira sabía metálica en el paladar.

***

Una tarde, cuando el calor era una gota pegajosa bajo su blusa, Rafael llegó más tarde que de costumbre. Lucía estaba cerrando, ordenando cajas plásticas y tapando los cestos de hojas verdes. Él se detuvo sin hablar y la contempló, los brazos cruzados sobre la chaqueta.

—¿Te ayudo?

Lucía vaciló. Siempre había sido celosa de su pequeño universo, pero encontrar a Rafael allí, en ese ambiente de olores densos y húmedos, tenía algo de invitación involuntaria. Él lo interpretó por sí mismo: se quitó la chaqueta y la dobló con precisión casi ceremonial; arremangó las mangas y se puso a su lado, levantando una caja de coles. Lucía sintió la cercanía, la aspereza de la tela al rozar su antebrazo y la promesa velada en la postura de su cadera.

Afuera, las persianas bajas partían en dos la luz, y el aire era un trasiego denso de fragancias. El sudor le marcaba la frente y la blusa. Rafael no hablaba, limitándose a seguirla por los pasillos improvisados del almacén, notando cómo se agachaba para tomar un saco o doblarse sobre una pila de rábanos. En un momento, ella resbaló levemente y él sostuvo su cintura. El mundo pareció detenerse en la presión firme de esos dedos a través de la tela.

—¿Estás bien?

La voz de Rafael era grave, casi un ronquido.

Lucía asintió. Sabía —tan claramente como si fuera una fruta en la palma de su mano— lo que estaba a punto de ocurrir. El pulso le martillaba bajo la mandíbula.

Él no la soltó. En vez de eso, la giró suavemente y la apoyó contra un palet de naranjas. Había rojo en sus mejillas, y algo fiero, antiguo, se asomaba entre sus cejas.

—Lucía —murmuró, y su aliento olía a menta y vino tinto—, tenía miedo de esto…

Ella no respondió; solo notó el peso de su cuerpo acercándose, el roce cálido de sus labios primero en la sien, luego en el lóbulo de la oreja. Las manos de Rafael recorrieron sus brazos, subieron por su cuello, y cuando Lucía alzó la cara, sus bocas se encontraron.

Fue un beso lento, hambriento, que olía a tardes de mercado y a promesas de otra vida. Notó los dedos de Rafael abriendo los botones superiores de su blusa, deslizándose por el triángulo suave de piel hasta encontrar sus pechos. Lucía jadeó al sentir la boca de él sustituyendo a la palma, succionando, mordisqueando el pezón endurecido. No pensó en los rumores, en la posibilidad de los otros, solo en el deseo punzante cobrando fuerza en su vientre.

El frío de la pared contrastaba con el calor húmedo entre sus piernas. Rafael buscó el dobladillo de la falda, subiéndola, acariciando el nacimiento de sus muslos. Lucía abrió las piernas con un murmullo, dejando que su cuerpo le guiara. La mano de Rafael se perdió en la braguita, marcando lentamente el surco, hasta encontrarla jugosa, hinchada. Lucía gimió, dominada por una corriente eléctrica; él correspondió con besos renegridos de deseo hasta que su pulgar rozó la perla del placer y ella detuvo el movimiento, temblorosa.

—Espera… —suplicó— Aquí no…

Pero Rafael la miró, con un destello de travesura.

—¿Por qué no aquí? Este mercado, tus frutas, tu olor… Todo está lleno de ti.

Lucía miró alrededor, asustada y excitada. El almacén estaba en silencio, y afuera, los mercaderes ya habían cerrado. De repente, lo supo: necesitaba perderse en esa locura, aunque fuera solo una vez.

Se giró, pegando la frente al plástico rugoso del embalaje. Rafael la abrazó desde atrás y Lucía sintió el bulto duro de su sexo rozarle. Él la penetró despacio, asegurándose de que ella estaba preparada, y Lucía lanzó un grito sordo, ahogado por la tela de su blusa. El ritmo fue lento al principio, acompasado por el golpeteo sordo de los cuerpos —el de él firme y caliente, el de ella abierto y vivo, como una flor que se revela al crepúsculo—. Los dos jadearon, y Lucía sintió un orgasmo rugirle como una fruta demasiado madura, partido de golpe, inundándola con un temblor tan salvaje que le costó mantenerse de pie.

Cuando terminaron, se quedaron abrazados, respirando sobre la piel del otro, oyendo el silencio quebrado solo por el retumbar distante de un carro.

***

Después de aquel día, Rafael y Lucía encontraron formas de versarse en el mercado, de acariciarse mientras él fingía buscar rúcula o seleccionar limones. Rafael dejó el banco. Un mes después alquilaron el pequeño piso sobre la plaza, y allí, entre aromas de tierra y especias, Lucía descubrió que el amor, como los frutos, es mejor cuando se arranca bajo el sol, pero sabe aún más embriagador cuando se prueba a escondidas, con la certeza de que todo placer es también un riesgo.

A veces, en las noches de humedad, Rafael desgarraba la camisa de Lucía y la hacía suya sobre la mesa de la cocina, entre hortalizas frescas. En esos instantes, Lucía sentía que el mercado entero podía arder en rumores, pero los secretos más jugosos siempre se maduran, como el sexo, a la sombra y en silencio. Cuando le preguntaban por Rafael mientras entregaba calabacines o pesaba cebollas, Lucía solo sonreía, segura de que nadie, salvo él, sabría nunca qué dulce, salvaje deseo anidaba entre los estantes del mercado.

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