Portada del relato Bajo la misma luna
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Fragmento:


La primera vez que le vio después de tanto tiempo, durante el té en casa de los Everly, el reconocimiento fue tan inmediato como doloroso. Se saludaron con la formalidad adecuada, pero los ojos de Julian ya no eran de niño. O quizás ya no eran para una niña. Había en ellos una gravedad—quizá solo un reflejo de la luz de la tarde, o tal vez el peso de un secreto que compartían desde aquella noche bajo la lluviosa glorieta tres años atrás.

Duración: 09:43

Bajo la misma luna
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Texto de ajuste de pausa.

La brisa suave del atardecer recorría los verdes campos de Cornualles, trayendo consigo el aroma a madreselva y el lejano murmullo del mar. Sophie Trevelyan apoyaba la frente contra el frío vidrio de la ventana, la palidez de la luz bañando su perfil elegante. Observaba la silueta de la vieja casona de los Everly, del otro lado del seto, como si entre las sombras pudiera encontrar el secreto que llevaba años guardando.

Ese era el último verano antes de que su mundo terminara de cambiar. Tenía dieciocho años, la edad justa entre la inocencia y la desventura, y su corazón latía con la imprudencia de los sueños aún no manchados por la vida real. Podía haber fingido que hacía calor en su pecho solo por el principio de la temporada, por el aire impregnado de promesas, pero sabía muy bien la razón: Julian Everly había regresado.

Un hombre ahora. No el niño que compartía fervorosas caminatas y risas robadas entre fresnos, sino el heredero de la familia vecina, recién salido de las aulas de Cambridge, con la sombra de la barba marcando un mentón que antes era suave y que ahora parecía cincelado en mármol. Dicen que los años cambian—el modo en que una madre ve a su hijo, el modo en que una niña ve a su mejor amigo. Sophie entendía ya que también cambian el olor de la piel, la intensidad del silencio, la profundidad de la mirada.

La primera vez que le vio después de tanto tiempo, durante el té en casa de los Everly, el reconocimiento fue tan inmediato como doloroso. Se saludaron con la formalidad adecuada, pero los ojos de Julian ya no eran de niño. O quizás ya no eran para una niña. Había en ellos una gravedad—quizá solo un reflejo de la luz de la tarde, o tal vez el peso de un secreto que compartían desde aquella noche bajo la lluviosa glorieta tres años atrás.

Ninguno lo mencionó jamás. Nadie supo de la mano temblorosa de Sophie, de la dulzura temeraria del primer beso, ni del modo en que se apartaron súbitamente, con la promesa muda de no volver a mirar atrás. Pero el pasado no desaparece, solo duerme bajo la piel esperando un leve roce para despertar.

Aquella noche, ya tarde y con el recuerdo aún inflamado tras el encuentro en el salón, Sophie bajó de puntillas por el corredor hasta la biblioteca. Allí, acompañada solo por el zumbido de una polilla y el crujir de la madera vieja, encendió la lamparilla de aceite y repasó, por enésima vez, las cartas escondidas entre las páginas de su novela favorita. Había palabras que Julian nunca había dicho, frases que Sophie había imaginado tan vivamente que a veces olvidaba que las había escrito solo para acallar el desvelo de sus madrugadas.

Al día siguiente, la casualidad—o la astucia de alguna madre bienintencionada—insistió en reunirlos para montar a caballo. Julian eligió el potro negro que siempre fue suyo; Sophie, la yegua alazán de vientre blanco. Recorrieron en silencio los senderos bajo el dosel de hojas nuevas. La brisa agitaba mechones sueltos del cabello castaño de Sophie y a veces, sin atreverse, Julian la miraba de soslayo, como si midiera en secreto el abismo que el tiempo había tallado entre ambos.

“No he dejado de pensar en ti.” La confesión saltó de labios de Sophie, inesperada incluso para ella misma, una vez que estuvieron lejos del camino y el bosque les ofreció resguardo. La frase flotó entre ellos, densa, vibrante, y Julian palideció bajo la claridad punzante del sol filtrado.

“Sophie… no deberías,” dijo él, con esa voz más grave, irreconocible. “Las cosas han cambiado.”

“Sé que lo han hecho,” respondió, arriesgando todo por aquella única posibilidad de verdad. “Pero yo no.”

Hubo un largo silencio. El murmullo de las hojas, el remoto relincho de los caballos, el mundo entero parecía retener el aliento junto a ellos. Julian extendió la mano, temblorosa. Sus dedos rozaron la mejilla de Sophie y ella se estremeció bajo la caricia, tan breve y ligera como el roce de alas de una mariposa. Luego, sin saber si era deseo o desesperación, Sophie guió la mano de él hacia sus labios, besando fugazmente la palma como una niña que todavía cree en sortilegios.

Las horas que siguieron pertenecen al reino difuso del recuerdo volviente, ese donde las emociones laten sin tutela ni razón. Fueron muchas las noches que Sophie pasó imaginando este momento: palabras susurradas, confesiones en la penumbra, la promesa de un amor guardado bajo siete llaves. Pero en la realidad, las palabras cedieron muy pronto ante la marea indómita de los cuerpos. Bajo la protección de un claro oculto por la espesura, Julian la atrajo a su pecho con una fuerza temblorosa, como si temiera romper el sortilegio.

Sophie descubrió lo que solo se aprende en el silencio de las madrugadas: que los besos no bastan para expresar el hambre que nace del secreto. Hubo roce de labios y después de lenguas, y una urgencia nueva, casi dolorosa, creció entre ellos. Julian desabotonó torpemente la manga de su vestido, la tela deslizó como agua tibia sobre la piel expuesta; Sophie sintió que el aire mismo la abrazaba con manos invisibles. El roce de los dedos de Julian bajó, tímido primero luego más valiente, recorriendo el contorno de su cintura, la curva de su cadera. Sophie se apretó contra él, deseando que la devorara, que disolviera ese abismo de años, de secretos guardados bajo la almohada.

“¿Estás segura?” murmuró él. Su aliento le quemó la oreja y Sophie, temblando, asintió.

“He esperado tanto,” balbuceó, con voz apenas audible. “Déjame recordarte...”

El amor adolescente es un animal hambriento, sin temor ni memoria. No conocían aún los repliegues oscuros de la vida; solo sabían de la urgencia, del temblor en la carne, de la pasión contenida por años y que ahora estallaba con la violencia de un vendaval. Se buscaron ávidamente, el uno aprendiendo del otro, los dedos de Julian acariciando bajo las enaguas, la boca de Sophie descubriendo el sabor de la piel y el calor de la sangre latiendo bajo la piel. Se amaron como quienes creen que el día siguiente no existe, buscando en cada caricia una verdad más honda, una promesa que desafió el tiempo y el miedo.

Después, con las mejillas aún encendidas y el corazón desbocado, se recostaron entre la hierba húmeda. Los dedos de Julian, aún entrelazados con los de Sophie, parecían prometer lo que la vida quizá nunca podría entregarles.

“No hay nadie como tú, Sophie,” confesó él al fin, mirándola a los ojos, tan cerca que podía ver la sombra dorada de sus pestañas.

“No tienes que decírmelo,” replicó ella, sonriendo por primera vez en mucho tiempo sin reservas ni dudas, “porque yo lo sé desde siempre.”

El secreto de aquel amor, no obstante, no podía permanecer oculto por siempre. Las semanas pasaron como suele ocurrir en verano: lentos atardeceres dorando los sueños, noches tibias pobladas de susurros. Se encontraron de nuevo, tantas veces como les fue posible. A veces bajo el manto de la noche, otras bajo la excusa de paseos inocentes o reuniones familiares. El peligro hizo que cada roce fuera aún más intenso, cada carta guardada, cada mirada furtiva, cada promesa implícita en las yemas de los dedos deslizándose bajo la ropa.

Sophie descubría en Julian un amante tan atento como apasionado; aprendía a leer las palabras ardientes que él escondía tras el acto de desabrocharle el vestido, a descifrar el ritmo secreto de los suspiros, el modo de tensar sus músculos bajo el roce firme de sus manos. Julian, por su parte, se maravillaba con el coraje y la entrega de Sophie—cómo ella respondía al contacto, cómo se atrevía a suplicar con gestos nuevos, cómo reía después, satisfecha y juguetona, envuelta por el juego prohibido de su amor.

Lo que Sophie no imaginó fue cuánto dolería el final. Cuando la noticia del compromiso de Julian con Lady Felicity Morton llegó, Sophie sintió que el mundo se le deshacía en las manos. La boda había sido acordada por las familias hacía años y, aunque Julian intentó convencer a sus padres de que sus sentimientos habían cambiado, la fortuna y el linaje pesaron más que las súplicas de un corazón joven.

La noche antes de marcharse, Sophie se coló por la puerta trasera de los Everly. Encontró a Julian de pie junto a la ventana de su dormitorio, con la mirada perdida entre la bruma del jardín. No hicieron falta palabras: se arrojaron el uno a los brazos del otro, besándose con la desesperación de los condenados. Ese encuentro tuvo un sabor nuevo, a despedida y derrota, pero también a una ternura que jamás volverían a cocinar bajo las sábanas.

Desnudos en el lecho de Julian, se hicieron el amor de una manera diferente—como intentando capturar en sus cuerpos la eternidad perdida, como si el tiempo pudiera alargarse en una sola noche, como si el mundo no existiera más allá de la habitación. Sophie le recorrió el torso con una devoción dolida, besó cada cicatriz que encontraba, retuvo el sabor de su piel y la textura de su cabello para siempre. Julian la adoró con la reverencia de quien teme que ese toque sea el último, aprendiendo de memoria el gemido que le arrancó la risa y la súplica.

Antes del alba, Sophie se vistió en silencio. Julian, desnudo aún, la observó desde el lecho. Se miraron largamente, con el amor tatuado a fuego en el cuerpo y la certeza del adiós.

“Prométeme que no te olvidarás,” susurró Sophie, conteniendo el llanto.

“Ni en mil vidas lo haría,” respondió Julian, con voz quebrada. “Siempre te buscaré, en cada rincón. Incluso bajo esta misma luna.”

Sophie se marchó sin mirar atrás. Los años diluyeron el ardor de la despedida, pero no lograron borrar el eco de aquel verano. A veces, en las noches silenciosas, aún sentía en su piel la caricia fantasmal de unos dedos que nunca la abandonarían del todo. Y bajo la luz plateada de la luna de Cornualles, juró que el amor verdadero—por más secreto y breve que sea—permanece, trasciende y arde, aunque solo sobreviva en el corazón de los que lo vivieron sin reservas.

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