Portada del relato La canción del vacío
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Andar por ese puente era una condena inevitable: el único acceso a la plataforma de tráfico menor donde disponía la nueva terminal de transferencia cerebral. Era un consultor, sí; uno de esos que sabían tocar la red profunda y volver intacto. Pero algo en esta noche le decía que ser consultor no lo salvaría. Y no era sólo esa sensación. Era también el sigilo con que había recibido el mensaje. Palabras criptográficas bajo el pretexto de un trabajo simple: “Trae la semilla. Usa tu código. Estaré esperándote en el cruce.” Ningún nombre y, sin embargo, él había sabido a quién enfrentaría.

Duración: 10:14

La canción del vacío
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El puente colgante se lanzaba, tembloroso, a través de la brecha: una delgada línea de metal negro que vibraba al ritmo de los vientos eléctricos. Abajo, a decenas de metros, la ciudad palpitaba como el corazón abierto de un titán; neones violetas y un murmullo espectral de motores y vida. Elias se mantuvo pegado al pasamanos. Su respiración levantaba vaho que parecía querer escapar de su propio cuerpo, como él deseaba escapar de sus pensamientos.

Andar por ese puente era una condena inevitable: el único acceso a la plataforma de tráfico menor donde disponía la nueva terminal de transferencia cerebral. Era un consultor, sí; uno de esos que sabían tocar la red profunda y volver intacto. Pero algo en esta noche le decía que ser consultor no lo salvaría. Y no era sólo esa sensación. Era también el sigilo con que había recibido el mensaje. Palabras criptográficas bajo el pretexto de un trabajo simple: “Trae la semilla. Usa tu código. Estaré esperándote en el cruce.” Ningún nombre y, sin embargo, él había sabido a quién enfrentaría.

El aire vibró con la llegada de la nave de respaldo, temblor de hélices magnéticas, y Elias apenas alzó la vista. Había aprendido, con los años, a no ponerse nervioso ante lo inesperado. Lo inesperado era su vida. Pero sí apretó el maletín contra el pecho, allí donde reposaba la memoria encapsulada. Códigos de transferencia, de uso prohibido. Pero a veces la mentira era la única moneda verdadera cuando la vida pendía de un hilo.

Una silueta lo esperaba al otro extremo del puente.

Su cabello azul no era ninguna casualidad, ni el implante lateral apenas visible en la penumbra; Thara. O mejor, la mujer que había hecho de sus peores noches las más largas y de sus mejores días apenas minutos fugaces. La última vez que la había visto, ella le había mentido. Y él le había mentido más. Mentiras pequeñas, cotidianas. Otras tan grandes como planetas, girando entre ellos sin tocarse nunca y siempre a punto de colisionar.

No sonrió. Ella tampoco.

— Es tarde, El — dijo ella. Voz tranquila, pero de fondo, aquel temblor agudo, casi musical — ¿Has traído lo que te pedí?

Elias no respondió, solo alzó el maletín como un abandono. El puente crujió bajo ambos pies. Arriba, luces de naves-ambulancia y abajo, el zumbido de la ciudad haciendo vibrar el metal.

— Antes de dártelo, quiero saber por qué — espetó, con un frío que no era sólo del viento.

Thara avanzó un paso, la gabardina ondeando como si flotara. Podía ver la herida en su ceja, vieja cicatriz de algún pleito de tiempo atrás. Sus dedos tenían la ligereza de quien acostumbra manipular nanorobots.

— Porque estoy cansada de huir — dijo — Porque quiero terminar antes de que el Consorcio me encuentre, y porque sólo tú tienes el código que hace falta para liberar este sistema.

Mentir era un arte que ambos compartían, pero Elias podía jurar que ahora, en la fragilidad que la voz de Thara intentaba reprimir, había más verdad de la que alguna vez se permitieron. Y lo odió. Porque él también había venido para terminar.

— Hay un precio — susurró él.

Ella alzó la barbilla. Las líneas azules de su implante pulsaban levemente.

— Todo tiene un precio, El.

— Quiero la verdad.

El silencio fue casi físico. El puente sacudió un gemido largo por encima de las autopistas aéreas. Elias tuvo la certeza amarga de que la verdad de Thara podía ser la última mentira que estaba dispuesto a escuchar. Y sin embargo, allí estaba, esperando, como sólo esperan los que ya no les queda nada.

Thara se acercó, rápido, y apoyó la palma en el pasamanos, a centímetros de la suya. La electricidad estática saltó entre ambos, una chispa ancestral y reconocible. Elias pensó en todo lo que había perdido por ella, y cuántas veces habría vuelto a perderlo sin dudarlo.

— Necesito ese acceso porque contiene la síntesis — murmuró — Podría haberla conseguido en el Mercado Gris, podrías haberme matado en la última operación, podríamos seguir pretendiendo que nunca existimos el uno para el otro. Pero aquí estamos. Veo tu miedo, Elias. Es el mismo que sentía yo antes de cambiar mi código genético, antes de dejarte solo en la estación de Orión.

Elias respiró hondo. La noche lo envolvía: el chirrido del puente, el frío resbalando por su cuello.

— No era miedo, era confianza — rectificó. Su honestidad dolió — Confié en ti más que en nadie.

Thara torció una sonrisa que no llegó nunca a sus ojos.

— Eso fue un error.

O sólo una trampa, pensó él. Pero ya no estaba seguro de si importaba.

El viento trajo un parpadeo azul, la señal de que los rastreadores del Consorcio habían llegado a los límites de la terminal. El tiempo era una fibra cada vez más delgada, resquebrajándose con cada segundo.

— Dame la semilla y te lo cuento todo — prometió Thara.

La ciudad era un delirio de luces fucsias y sombras cortadas a cuchillo. Elias le tendió el maletín, rozándole la mano. El contacto fue una vibración de memorias, historias de camas húmedas de sudor y discusiones en pasillos de acero, planes inacabados. Todo lo que nunca se dijeron, gritando entre la piel y el olvido.

Thara lo colgó del antebrazo y, por primera vez, sus ojos buscaron los de él con una entrega triste, como si esta vez, sí, fuera a darle la verdad.

— La síntesis no es sólo una suma de datos — dijo en voz baja — Es… nuestro pasado. Todas las conversaciones codificadas. Tu amor, mi traición… lo que creí que era necesario. El Consorcio quiere el acceso para borrar las pruebas. Yo quiero usarlo para liberarnos. Es un virus quántico: lo soltamos en sus sistemas y la ciudad entera será libre de la Red. Tu código — su voz se quebró — El código que sólo yo conocía. Incluso ahora. Todavía te creía capaz de hacerlo.

Un disparo lejano iluminó el extremo del puente. Ambos se sobresaltaron. Una figura blindada apareció entre las sombras de la terminal: los rastreadores. No les quedaba tiempo.

Thara apretó un interruptor oculto y el maletín proyectó un halo de luz azul traslúcida. Elias vio, por un instante, la red de conexiones danzando: parecía un árbol de fuego y hielo, el fruto imposible de dos vidas malgastadas en huidas y mentiras.

— ¿Para esto nos trajiste aquí? — preguntó Elias, con una amargura que olía a vergüenza y deseo. — ¿Para sacrificarme de nuevo?

Thara negó, apretando los labios.

— No esta vez — respondió, y sus palabras eran una promesa y una plegaria al vacío de la noche.

El tiroteo se acercaba. Un dron pegó un fogonazo y el puente vibró como cuerda de guitarra. Elias, por instinto, caminó junto a Thara hacia el centro del cruce, donde la estructura era más fuerte. Los pasos resonaron como martillos en sus sienes.

— Si cruzamos juntos el puente, desataremos el código. Es un trigger biológico — explicó ella — Necesitamos los dos extremos. Como cuando diseñamos la llave de protocolos en Orión.

Elias se echó a reír, un sonido apenas más alto que el zumbido de las hélices.

— Me pediste la mitad creyendo que yo nunca cruzaría la línea, ¿verdad?

— Siempre quise creer que lo harías — confesó.

Los proyectiles rebotaban sobre el puente, y el metal saltaba chispas a los abismos. Thara le tendió la mano, y Elias la tomó. Por una vez, el contacto no fue ni caricia ni amenaza; fue un pacto de dos criaturas cansadas de mentir. Avanzaron juntos por el pasillo tembloroso.

El Consorcio empezó a cerrar las compuertas automáticas. Alarmas sangraban en la noche, pero las voces quedaban lejos, amortiguadas por la red y el pánico a la libertad. Thara pulsó el terminal del maletín y, por un segundo, el mundo fue luz pura.

La transferencia se inició. Elias sintió la descarga colarse por su espina dorsal: todos los recuerdos encriptados, la risa de Thara en una terraza bajo lluvia ámbar, el llanto sordo de una despedida en un hangar, las mil veces que había buscado mentirse a sí mismo: “no la amo, ya pasó”. Mierda cósmica. Nada había pasado nunca.

El código los unió, rompiendo membranas mentales — dejando entrar el perfume de todas esas mentiras y verdades compartidas. Descubrió, en la inmensidad eléctrica del flujo, que Thara le había amado con el mismo miedo, que huía de él porque también huía de sí misma. Los rastreadores disparaban ya a la estructura, el metal ardía, y el fin se antojaba inevitable.

Y entonces, el flujo se cerró. Un relámpago barrió la estructura y el puente colgante se iluminó como el día, abriéndose en mil líneas fractales que se expandieron hacia la ciudad. Todas las puertas, todos los sellos digitales, se abrieron. Un rugido de libertad cruzó la red.

Thara cayó de rodillas. Elias se inclinó a su lado, temblando. El aire olía a ozono, miedo y alivio.

— Ahora saben la verdad — musitó ella, exhausta.

Los rastreadores ya no podían avanzar: las puertas de la terminal se habían sellado detrás de ellos. Curiosa paradoja: cuando el puente se volvió abierto para la ciudad, ellos quedaron atrapados en ese cruce. La ciudad clamaba en la red, libre por primera vez en su historia.

Thara se giró hacia él. Sus ojos, redondos y llenos de esa luz subcutánea, tenían las respuestas que nunca se atrevieron a pronunciar.

— Te mentí. Pero no en lo que crees — confesó — Dije que nunca te necesitaría. Sabía que era mentira. Al final, El, nunca fue el código. Fueron tus manos. Eras tú, el puente.

El peso de la confesión lo desarmó. Allí, entre el temblor de la estructura y las alarmas, la besó. El sabor era salado: sudor, lágrimas, el residuo del miedo. Y, bajo todo eso, una esperanza imprevista.

Abajo, la ciudad seguía su curso, ignorante y agradecida, nadando en el mar de sus nuevos secretos. El puente colgante vibraba, como si aplaudiera el milagro. Un instante — sólo eso — Elias intuyó que lo que Thara le ofrecía era, finalmente, la verdad desnuda: la promesa de que aún en un mundo de mentiras, el amor podía encontrar su código, y cruzar puentes hacia otros futuros.

Esa noche, supieron que nunca tendrían una vida sencilla. Pero el vértigo del puente bajo sus pies ya no les aterraba. Por fin cruzaban juntos.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.