Fragmento:
Él nunca permitía que su posición real cediera, ni siquiera ante mí. Aun cuando le sorprendí una noche, solo, con Orquida: navegaba sus espectros de memoria, respirando el aroma azul que el simbiote exudaba cuando estaba complacido. La imagen debería haberme irritado; en su lugar, sentí otra cosa: una quemazón subterránea, aguda.
Duración: 09:36
Las órbitas de Erebus intersectaban, cada ciclo, el plano morado de Cassiopeia. Allí, el sol azul reverberaba contra las cúpulas cristalinas, las torres plateadas y los navegantes que flotaban entre las calles suspendidas en el aire en propulsores personales, todos ellos sombras mínimas sobre el lienzo galáctico. Allí, donde la perfección tecnológica era un deber, donde los corazones se afinaban como circuiterías, comenzó la pulsación sutil de una historia que desafió no solo la lógica de la máquina, sino las costumbres centenarias ensambladas en carne y en silicio.
Mi nombre es Ira Levant, y aprendí en esos días que hay impulsos que hieren más que los rayos de antimateria: deseos. En Erebus, donde el linaje se rastrea en matrices digitales y los acuerdos matrimoniales se firman en frío blockchain, amar de verdad resulta, ante todo, humillante.
Mi puesto en el Jardín de Inteligencias estaba asegurado: como curadora de las Simbiosis, supervisaba los maridajes más complejos entre entes digitales y organismos vivos, una tarea digna de las más altas casas de Erebus. Mi vida era tan ordenada como los microcristales de los relojes atómicos que ceñían cada instante, cada leve desvío de mi carácter una amenaza para lo que llamaban mi Destino.
Fue el día que llegó Cymon Vantor, descendiente directo de los creadores de Erebus, una de esas rarezas raramente vistas fuera de sus cámaras doradas. Alto en estándares humanos, su porte oscilaba entre lo programado y lo impulsivo, algo que le otorgaba un exotismo peligroso. Llegó a mi laboratorio con la arrogancia bordada en los gestos, deslizándose en las palabras, cada sílaba pesada como las piedras de las lunas prohibidas.
Venía a reclamar la custodia de un simbiote: Orquida, un cruce sin precedentes entre inteligencia cuántica y vegetación solar. Sus raíces, carnosas y brillantes, latían sincronizadas con los ciclos de nuestro peculiar astro. Sus pétalos, traslúcidos, recogían datos y luz por igual. Un prodigio.
—Se le asignará un cuidador provisional —dije—. Está en fase de adaptación.
Me estudió con aquellos ojos tornasolados; dispositivos ópticos de última generación y, sin embargo, podían herir.
—Soy plenamente capaz de gestionar su integración —replicó. Su voz era una cuerda tensada, orgullosa, pero no carente de un tono insinuante que sólo ahora advertía.
—Según el Protocolo, sólo un curador de nivel Tálamo puede supervisar. Y sólo yo cumplo ese requisito.
Por un instante, sentí que el aire se compactaba entre los dos, como si el núcleo de Erebus se contrajera. Era evidente su irritación. En su esfera jamás le habían negado algo.
—Entonces, curadora Levant, trabajaremos juntos —decretó—. Si no puedo subvertir el Protocolo, al menos lo dirigiré.
La semana siguiente fue una danza de palabras afiladas, de maniobras estratégicas sutiles. Discutíamos cada gesto de Orquida, cada variación en la luz almacenada, cada matiz de su emisión olfativa.
Él nunca permitía que su posición real cediera, ni siquiera ante mí. Aun cuando le sorprendí una noche, solo, con Orquida: navegaba sus espectros de memoria, respirando el aroma azul que el simbiote exudaba cuando estaba complacido. La imagen debería haberme irritado; en su lugar, sentí otra cosa: una quemazón subterránea, aguda.
Al tratar de separar mis pensamientos, era inútil. Cymon desafiaba todo lo que Erebus me había enseñado sobre el orden y la disciplina, y, sin embargo, nunca antes había trabajado tan rápido o tan bien, como si junto a él una parte mía dormida, orgullosa y desafiante, despertara bruscamente.
Y Cymon, tan seguro al principio, empezó él mismo a mostrar grietas: un comentario admirativo deslizado demasiado cerca de mi oído; una mirada larga sobre mi nuca cuando creía que no lo notaba.
Las tensiones, sin embargo, no tardaron en explotar. Orquida, adaptándose velozmente a nuestros patrones de interacción, comenzó a reflejar nuestro roce: pétalos oscurecidos, aromas ácidos, flujos de datos erráticos. Los módulos de control diagnosticaron lo inevitable: conflicto afectivo en el entorno. La solución oficial era simple: separar a los cuidadores.
Cuando los supervisores del Núcleo vinieron a anunciarlo, sentí que la vergüenza era una corriente eléctrica bajo mi piel. El orgullo dolía más que el castigo.
—No necesito compartir área de trabajo con alguien incapaz de controlar su hábitat personal —dije, afilando ambos sentidos de la palabra.
Cymon entrecerró los ojos.
—¿Eso piensas de mí… o de ti? —preguntó, muy despacio.
La pregunta se quedó reverberando en el aire. En Erebus, nada importaba más que la reputación, el cumplimiento del Destino genómico, la eficiencia. Pero bajo la superficie, latía otra Erebus, sorda y rebelde, una que preguntaba: ¿qué dejarías de ser por deseo?
La noche siguiente, descubrí en el laboratorio a Cymon manipulado por una fragilidad extraña: cabizbajo frente a Orquida, sus manos largamente posándose sobre sus tallos de luz. Le observé callada largo trecho, preguntándome si debía anunciar mi llegada, marcharme, o abrazar aquella brasa.
Pero él habló primero, sin volverse.
—Tienes razón, Ira. Por mucho orgullo que exhiba, lo cierto es que… fracasar en esto sería una vergüenza para mi Casa. Pero perderte del laboratorio me parece un castigo peor.
La sinceridad sorprendió más que cualquier iracundia.
Di dos pasos, tomando el delgado cáliz de Orquida.
—Para ti, perderlo todo significa también perder a Orquida, tu legado. Para mí es perder lo único que me da relevancia en Erebus: mi profesionalismo.
Soltó una risa que era un suspiro.
—¿Por qué en nuestra estirpe, amar es la mejor fuente de vergüenza?
No respondí. El silencio era la única sinceridad posible. Sabía, como él, que si cruzábamos la línea, ambos lo perderíamos todo: cargos, reputación, incluso libertad. El amor en Erebus es una anomalía, un virus que la estructura social busca aislar.
Pero Orquida —maravilla biotecnológica— también sentía. Al tocarnos juntos, iluminó con una llamarada azulada su corola. El sistema del laboratorio detectó convergencia afectiva e, ironías de la vida, interpretó la sincronía emocional como indicador de éxito experimental. Era el único momento posible.
Me incliné, y sentí la presión de los dedos de Cymon sobre mi muñeca. Todo lo que no podía decir se precipita por pequeños gestos: su piel todavía cálida, su respiración en aumento, la rigidez confiada de su espalda al girarse.
La vergüenza fue barrida por la oleada de deseo, tan intensa que casi dolía. Cymon se rindió por completo: por debajo de la inteligencia, el linaje, incluso la disciplina heredada, había un ser humano dispuesto a retar todo Erebus por una noche de verdad.
Nos perdimos en un éxtasis clandestino, al abrigo del canto de Orquida, de luz, aromas, y la titilación de datos e impulsos electrónicos. Todo lo que me había impedido cruzar esa línea —el miedo, la educación, mi propia vanidad— se disolvió bajo la piel, una simbiosis más potente que cualquiera que pudiera programar.
Aquella noche, y muchas noches después, fuimos uno contra los dictados de nuestra casta y nuestras propias corazas. En la penumbra de la sala, con Orquida observándonos, me pregunté si, al final, todo orgullo no era sino un escudo inútil ante el deseo.
Pero el sistema no tarda en descubrir anomalías. Un mes después, mientras las raíces de Orquida florecían como nunca en patrones de datos inéditos, el alto consejo nos requirió. Mi padre me llamó a la sala de enlaces, su rostro simulándolo todo menos sorpresa.
—Has traicionado tu linaje —fue su juicio—. Una infamia que embarra generaciones.
Me sorprendió la compostura de Cymon, recto como si la deshonra fuera ajena.
—Asumimos la culpa juntos, —dijo, con ese orgullo que, en el fondo, era lo que me había atraído primero.
Pero el consejo tenía otros planes: para evitar escándalos, nos desterrarían fuera de Erebus, lejos del núcleo de poder. Un exilio que, siglos atrás, hubiera significado la muerte; en esta era sólo suponía el olvido.
No rehúí la condena. Sabía que, más allá de la vergüenza pública, algo en mí sonreía por primera vez.
Cymon y yo, juntos, navegamos fuera de la cúpula, llevándonos a Orquida con nosotros. Ninguna gloria nos esperaba. Ni siquiera una promesa de felicidad. Pero mientras acelerábamos hacia las regiones exteriores, nuestras manos entrelazadas y Orquida pulsando suavemente entre nosotros, comprendí la economía secreta del orgullo: a veces, perderlo todo es el precio exacto para obtener lo único que siempre fue tuyo.
Los relatos posteriores dirán que Ira Levant y Cymon Vantor fueron víctimas de su pasión, mártires menores de una historia mayor. Pero solo yo sé —y Orquida sabe— que lo que perdimos dio lugar a una paz indómita. En los límites de los satélites olvidados, donde nadie recuerda el peso de los nombres, aprendimos la alquimia de ser dos —apenas humanos, apenas libres— pero, por fin, genuinamente vivos.
En Erebus, los ecos de nuestro supuesto fracaso se deslizan aún por las redes estructurales, algún curioso los descubrirá y se preguntará: ¿qué es peor, la vergüenza, o el anhelo no colmado?
Y quizás, cuando lo hagan, las corolas azules —en recuerdo de Orquida— abran de nuevo, sus pétalos contaminando por fin un planeta entero con la dulce fragancia de la rebeldía.
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