Portada del relato Destellos en el Salón de Silicio
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Fragmento:


—¿De qué luna huyes?—preguntó Vayron, con una sonrisa que cortaba el aire tenso de la pista.

Duración: 09:34

Destellos en el Salón de Silicio
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Texto de ajuste de pausa.

Los relojes marcaban un compás invisible sobre la ciudad suspendida. En la cúspide de las cuarenta y siete torres de aluminio y vidrio del Sector Central, las luces bailaban entre sí como enjambres de libélulas incandescentes. Era la noche del Festival del Renacimiento, una tradición heredada de tantas civilizaciones que ni los cronistas oficiales del Comité de Memoria sabían precisar su origen. Bajo la bóveda transparente del Gran Atrio, se alzaba una pista de baile tan antigua como el propio enclave humano en Altara IV, bruñida hasta brillar por los reflejos de las lunas gemelas.

Aún así, entre la muchedumbre de caras perfectas—artificialmente adornadas, algunas enteramente sintéticas—los habitantes de Altara se parecían mucho a los humanos de antaño. Los nervios previos a los encuentros, la ansiedad por destacar en el vals inaugural del festival, eran universales. Y en medio de aquel enjambre, Melia sintió el vértigo familiar de quien se sabe forastero incluso entre los suyos. Ella había estudiado ingeniería gravitacional en la Universidad de Titania, pero evitó la estadística social para poder desconectar de las tendencias de emparejamiento.

Vestida con una túnica ajustable, Melia se desplazó hacia la barra flotante y fingió interés en una copa burbujeante. No era el día para la timidez: en Altara, quienes no asistieran a los bailes corrían el riesgo de ser tildados de asociales y, peor aún, de recibir ofertas automatizadas de cita, esas mezclas de algoritmo y comedia involuntaria que tan mal terminaban.

El aroma dulzón de los arreglos florales sintéticos flotaba en la atmósfera, pero la atención de Melia pronto se desvió hacia la pista principal, donde una figura de perfil lunar, envuelta en un vestido holográfico transmutante, giraba con elegancia perfecta. Era Vayron, hijo de la célebre familia Linel, cuya fortuna había apuntalado la última y más ambiciosa ampliación de los anillos de Altara IV. Los rumores sobre Vayron le precedían como una ráfaga magnética: renovador de estéticas, rebelde indocumentado del Comité de Moda, y aficionado a la danza más allá de toda norma social.

Fue cuestión de segundos: la mirada de Melia tropezó con los ojos esmeralda de Vayron. No hubo parlamentos ni ofrecimientos; sólo una atracción primal traducida en impulsos electrónicos y dos corazones humanos batiendo en la penumbra de una nave orbital a años luz del origen de su especie.

Un vals antiguo resonaba en las membranas de audio ambiental. Melia se encontró avanzando hacia la pista como si una fuerza gravitacional diferente a la habitual arrastrara sus pasos. Vayron se separó de su grupo de admiradores y, sin palabras, ahuecó una mano hacia ella. La piel no tocó la piel—sabían que la etiqueta, al menos en las primeras danzas, prohibía cualquier contacto directo—pero los dedos quedaron separados apenas por un suspiro de distancia.

Al inicio, fue el nerviosismo vertido en cada giro, pero a medida que la música subía en intensidad, parecía que la gravedad se descomponía: los cuerpos flotaban milimétricamente, las suelas rozando el suelo en una parodia deliciosa de ingravidez. Los ingenieros de la pista habían optimizado el campo para bailarines inexpertos, pero entre Melia y Vayron, el artificio era innecesario. Giraban al ritmo, como si se hubieran buscado durante siglos.

No hablaban, y sin embargo el lenguaje de sus cuerpos construía metrópolis enteras. Melia percibía la sinfonía de impulsos bajo la piel de Vayron—eran chips de sensaciones, retroalimentados para intensificar el placer de bailar, decían las malas lenguas. Fue solo cuando la canción se extinguió, tras los compases de cierre, que los diálogos surgieron.

—¿De qué luna huyes?—preguntó Vayron, con una sonrisa que cortaba el aire tenso de la pista.

—De una que no tiene nombre, pero donde todos se creen estrellas —replicó Melia, sorprendida de la facilidad con la que las palabras emergían.

Ambos reían, sin saber si la angustia previa se debía al miedo al ridículo o a la sospecha de haber encontrado un eco imposible.

La costumbre dictaba que, tras la primera danza, las parejas se separaban; pero ninguno mostró interés en repetir los ciclos preestablecidos. Se deslizaron hacia la sección de la terraza, donde las luces de las naves en tránsito surcaban la negrura galáctica. Melia sintió el sudor frío de las alternativas suspendidas en el aire: podían seguir allí, inventarles a sus cuerpos una coreografía después del vals, o bien despedirse sin palabras, hasta reconocer los ecos mudos de lo que pudo ser.

Y fue entonces que algo insólito ocurrió. En el escenario secundario, se programó una danza improvisada—un homenaje a los biómanos, esos autómatas poetas creados para historias de amor entre especies disímiles. Vayron, con ese brillo súbito que ofrecen solo los realmente vivos, ofreció un segundo vals.

—¿Bailas? —susurró casi como si temiera cortar el hilo de cercanía súbita que les rodeaba.

Melia asintió. Esta vez, la música era otra: los instrumentos emulaban un tango antiguo, los acordes invocaban tempestades eléctricas en un mar androidal.

Sus cuerpos se acercaron, y las barreras artificiales del decoro se derritieron al calor químico y electrónico. Los rostros rozaban los contornos de la palabra prohibida: deseo. Y si bien el contacto debía ser sutil, sus corazones—palpitaciones aumentadas por implantes, aceleradas por la coincidencia, aquel azar improbable—dançaban a dúo, traduciendo emociones humanas en subrutinas, y viceversa.

Ambos sabían lo que implicaba la mirada de los otros: Altara IV era un laboratorio social, y las historias de encuentros auténticos solían ser maltratadas por la burocracia sentimental. Pero la química estaba ahí, ineludible, hasta para los sensores térmicos de la seguridad.

—¿Por qué yo? —murmuró Melia cuando el segundo baile se extinguió—. Hay tantas caras, tantas posibilidades.

—No son tus algoritmos —respondió Vayron—. No son tus placas ni mis chips. Es algo más, aquí… —tocó suavemente su pecho, a la altura del corazón—. Algo que las máquinas todavía no han logrado copiar.

Se sorprendían mutuos—como dos satélites fortuitos entrando en órbita compartida, retando a los cálculos de probabilidad.

El festival se desvanecía en la madrugada. Los asistentes migraban a fiestas privadas, a habitaciones con vistas panorámicas al anillo artificial. Vayron y Melia se refugiaron en un corredor lateral. El murmullo de la celebración llenaba la distancia lejana, y entonces, en esa penumbra propensa a las confesiones, comenzaron a hablar de sus vidas fuera del vals.

Melia acababa de completar un ciclo de investigaciones en terraformación. Vayron había diseñado un sistema de expansión de atmósferas para planetas hostiles. Compartieron cuentos de sus fracasos: ella, una noche atrapada en un farol solar sin energía; él, el pánico de haber construido un filtro de oxígeno defectuoso. Bajo esa franqueza, el deseo crecía. La conversación era ya otro tipo de baile, hecho de gestos, de omisiones y miradas largas.

En algún punto, una alarma mínima sonó en la pulsera de Melia—la llamada de su supervisor, que requería su atención en el laboratorio hidropónico. Ella ignoró el aviso. Así como Vayron, que vio su notificación parpadear (el Comité de Urbanismo centralizando su agenda), apagó el mensaje de un toque.

La actualidad les resultaba lejana. Había una sola verdad: compartían ese espacio anómalo, un tiempo fuera de norma. Vayron, de pronto, propuso algo insólito:

—¿Te gustaría ver la plataforma superior? Las vistas de las nebulosas son más puras desde allí.

Accedió, y juntos ascendieron en un elevador silencioso, rodeados por burbujas de información visual: noticias históricas, perfiles de asistentes, mensajes randomizados. Ninguno miró; sus rostros se reflejaban solo el uno al otro.

En la terraza, el universo crujía en silencio. Miles de estrellas, ocultas por siglos de contaminación espectral, asomaban como racimos. La gravedad, ajustada mínimo en la barandilla de observación, permitía un leve flotamiento que invitaba a la cercanía.

Melia, sin pedir permiso, apoyó su frente sobre la de Vayron. Los datos de contacto se transmitieron por proximidad—nombre, edad, especialidad científica, un poema cósmico programado en el chip occipital de ambos. Pero nada de eso importaba: lo que fluía era el pulso compartido, la energía sin nombre.

El frío los arropó con lentitud. Al fondo, aún sonaban ecos de la música del festival. Los dos sabían que la noche no duraría para siempre. Melia se atrevió a preguntar, bajito, casi temiendo rasgar la tela del instante:

—¿Y si mañana no somos los mismos? ¿Si los algoritmos aprendieran a reproducir esto?

Vayron sonrió.

—Seremos distintos, claro, pero algún código olvidado recordará la peculiaridad de nuestros latidos. Y bastará. No necesitamos que el mundo nos reconozca: es suficiente con reconocernos tú y yo.

El beso llegó entonces, un roce eléctrico y tibio a la vez, mezcla de biología y tecnología, que atravesaba toda distancia. El universo entero, con sus millones de combinaciones, se contraía para ellos en ese pecho compartido.

No hubo promesas, sólo la certeza de un posible reencuentro. Pero mientras caía la noche de silicio, Vayron y Melia supieron que, por una vez, ni los bailes ni los algoritmos pudieron calcular la ecuación de esa atracción; porque aún entre estrellas, la vieja e imposible historia del amor a primera vista seguía desafiando las leyes del cosmos.

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