Portada del relato Entre las Sombras del Otoño
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Fragmento:


Nicolás Valverde. El nuevo director creativo que había llegado desde Barcelona hacía apenas dos meses, con su porte irreverente y una sonrisa ágil, invocando miradas y apartándolas como quien juega con una baraja de naipes. Aurora había preferido la distancia prudente. Treinta y cinco años y una colección de cicatrices sentimentales le explicaban a diario que no era tiempo de apuestas arriesgadas.

Duración: 08:48

Entre las Sombras del Otoño
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Texto de ajuste de pausa.

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El firmamento se mostraba abiertamente desprovisto de nubes aquella noche, aspirando una tenue brisa que vestía la ciudad con una promesa de verano temprano. Aurora se permitió una última mirada al reflejo en su copa de vino antes de volver los ojos hacia el ventanal. El cielo de Madrid parecía envolverla en una complicidad silenciosa tras una de las jornadas más largas que recordaba.

Había terminado de preparar el informe anual en la agencia de publicidad donde trabajaba. Toda la tarde había bailado entre horarios, revisiones y teléfonos que no daban tregua. Pero a esas alturas del día, lo que la mantenía alerta no era el estrés, sino una simple notificación en su móvil: “¿Me dejas invitarte a cenar, Aurora? No la olvidaremos”. Firmado: “Nico”.

Nicolás Valverde. El nuevo director creativo que había llegado desde Barcelona hacía apenas dos meses, con su porte irreverente y una sonrisa ágil, invocando miradas y apartándolas como quien juega con una baraja de naipes. Aurora había preferido la distancia prudente. Treinta y cinco años y una colección de cicatrices sentimentales le explicaban a diario que no era tiempo de apuestas arriesgadas.

Sin embargo, ahí estaba, frente a la mesa para dos de la terraza de aquel restaurante escondido en Malasaña, preguntándose cuándo se le había ocurrido decir sí.

El camarero trajo el plato fuerte cuando Nicolás llegó, con la camisa ligeramente arrugada, el pelo recogido en una coleta corta y los ojos brillando como si hubiera descubierto en Aurora algo que nadie más había visto.

—Temía que te enfadaras por llegar tarde —se disculpó—. El tráfico…

Aurora levantó las cejas, divertida.

—Solo estoy decidiendo si dejarte probar mi lasaña.

—Haré méritos —aseguró él, sentándose frente a ella—. Empieza por contarme algo que nadie aquí sepa de ti.

La petición la desarmó. Aurora se dio cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que alguien le propusiera un juego así. La sinceridad hurgando, tan prematura como la ternura. Tardó unos segundos en contestar.

—Odió las sorpresas, y las flores me parecen un gasto innecesario —confesó, eligiendo una lista más segura que la real—. Pero a cambio, tengo una obsesión por las noches en la terraza de casa, escuchando el ruido de la ciudad.

Nicolás asintió, dándole vueltas con la cuchara al café recién servido.

—¿Puedo decirte un secreto? Llevo semanas imaginando cómo sonaría tu risa en mi cama.

Aurora contuvo una carcajada involuntaria. No era el comentario que esperaba; no era el galanteo trillado ni la seducción fácil. Era una confesión honesta, tan desorientadora como cálida.

—¿Y a qué suena? —le retó ella, mirando directamente esos ojos oscuros, trasparentes.

Él sonrió, un gesto de quien sabe lo que está arriesgando.

—Como un verano después de muchos inviernos.

La cena transcurrió sobre esa línea invisible entre la promesa y la certeza. Entre ellos, ningún futuro ni compromiso, solo el ahora: el roce intencionado de sus dedos cuando compartían el postre; la voz de Aurora, que se volvía más suave a medida que la noche avanzaba, y la manera en la que Nicolás la miraba, como si solo estuvieran ellos dos en la ciudad.

Cuando salieron a la acera, el murmullo de los bares los abrazó en el preludio de la madrugada. Aurora sintió el impulso de huir y, al mismo tiempo, el deseo urgente de quedarse. Caminaban despacio, sin rozarse más allá de un roce de hombros. Al girar en la esquina para buscar un taxi, Nicolás se detuvo en seco.

—¿Quieres seguir perdiendo la noche? —preguntó, con una mezcla de timidez y atrevimiento que Aurora no había notado antes.

Ella respiró hondo. Se la jugó.

—Solo si la pierdo contigo.

Nicolás cogió la mano de Aurora y la condujo por calles que parecían otras bajo la pátina de los faroles tenues. No caminaron mucho hasta llegar a su portal. Se miraron sin prisa. Era suficiente.

Arriba, en el apartamento, la tensión se diluyó sin grandes discursos. Aurora se retiró los zapatos, sentándose en la alfombra al pie del ventanal. Nicolás se dejó caer junto a ella, estirando las piernas y ofreciendo su hombro.

Durante minutos, solo dejaron que la ciudad sonara. El pulso lejano de la música, los gritos dispersos, el rumor de la vida transcurrida fuera.

—Durante años no dejé que nadie llegara hasta aquí —admitió Aurora, consciente de la vulnerabilidad de ese “aquí”.

Nicolás deslizó su mano sobre la de ella, sin acelerar el momento.

—Me niego a fallarte —susurró—. Perdóname si voy demasiado rápido.

Aurora negó con la cabeza, confiando más en el lenguaje de sus gestos que en las frases precisas.

—Me asustas, pero no por eso.

Él le rozó el cabello. El silencio volvió a aposentarse, cómodo, antes de que ambos se buscaran en ese primer beso ladeado, entre risas ahogadas y dudas evaporadas.

Esa noche, los cuerpos se encontraron sin pedir permiso a los recuerdos. Aurora tembló y Nicolás la abrazó fuerte. No preguntaron, no prometieron. Fue lento, honesto. La manera en que él apartó la sábana para mirarla a la luz azul, el modo en que ella se apoyó en su hombro, la confesión de ambos en cada caricia, en cada centímetro conquistado.

Más tarde, Aurora sintió que el mundo cabe entera en una risa. Se oyó a sí misma reír entre las sábanas, con Nicolás murmurando tonterías en la penumbra, besando cada recoveco que la vida le había enseñado a ocultar. No hubo declaraciones, ni promesas desmesuradas. Solo la certeza, compartida, de haber encontrado una grieta donde respirar a salvo.

El reloj marcaba las tres y media cuando Nicolás, aún enredado entre las piernas de Aurora, se atrevió a preguntar, casi con miedo a romper el hechizo:

—¿Qué hacemos ahora?

Aurora sonrió, rozando la nariz de él con la suya.

—Tú y yo nunca hemos sido de planear, ¿no?

Él asintió, pero esa incertidumbre no era indecisión, sino permiso para crecer juntos.

Se quedaron así, conversando en voz baja sobre libros, viajes y viejas heridas. Aurora le habló, por fin, de la carta que nunca llegó después de su último gran amor. Nicolás le contó de su pánico a perderse en relaciones donde el amor se vuelve costumbre. Los dos encontraron en el otro la rareza de una intimidad seca de pretextos, regada solo con miradas sinceras.

A la mañana siguiente, se despertaron entre la luz naranja que entraba por la ventana y el aroma del café recién hecho. Aurora preparó dos tazas, y antes de dárselas, se quedó observándolo. Nicolás la rodeó con los brazos y la besó, como si así pudiera guardar esa quietud para una ocasión de emergencia.

El domingo transcurrió despacio. Salieron a pasear, desayunaron en una cafetería diminuta donde compartieron tostadas y el periódico, y entre ambos brotó una complicidad doméstica. Se sorprendieron aprendiendo los gestos nuevos: la forma en que Aurora giraba la cucharilla, el modo en que Nicolás le quitaba el cabello de la frente, la facilidad con la que conversaban de nada y de todo.

En una tienda de discos, entre vinilos y recuerdos, Aurora eligió un álbum antiguo.

—¿Te has dado cuenta de que esto parece una versión mejorada de todo lo que imaginamos de adolescentes?

Nicolás rió.

—Nada mejor que la realidad tuneada de esperanzas maduras.

De vuelta en casa, mientras la tarde se enroscaba en las persianas, bailaron sin música en el salón y luego se tumbaron en el suelo a mirar el techo, intercambiando confesiones en voz baja.

Cuando Nicolás, finalmente, se despidió en el umbral, Aurora sintió un revuelo inesperado en el pecho. El miedo y el deseo bailando, recordándole lo mucho que hay que perder cuando la vida vuelve a ser de verdad y no rutina. Antes de irse, Nicolás se giró.

—Debería esperar a que me invites tú la próxima vez. Así los dos sentiríamos que esto va de los dos.

Aurora no contestó enseguida, pero le tendió un papel.

—Mi terraza, viernes, media noche. Ven. O no vengas.

—¿Y si llueve?

Ella sonrió.

—Me gustan las noches de lluvia. Pero más me gustas tú.

Pasaron los días. Ambos se sumergieron en la marea de trabajo y mensajes breves. Aurora comenzó a hilar los recuerdos de aquella noche y a dudar, como quien sigue caminando aun sabiendo que tiembla el suelo. Sin embargo, el viernes a medianoche, allí estaba Nicolás, puntual, con una sonrisa luminosa y un paraguas de lunares rojos.

Se sentaron en la terraza. Compartieron una botella de vino y el rumor de la ciudad en los huesos. Resultaba fácil, por primera vez en años, apartar los fantasmas y construir un presente sin más refugio que el cuerpo del otro.

Nadie habló del futuro, ni de promesas. Pero en la mirada quieta de Nicolás, Aurora leyó el deseo de quedarse, de intentar, de volver a reír juntos aunque costara desnudarse tanto otra vez.

Y así, bajo la lluvia, Aurora comprendió por qué valía la pena arriesgar, una vez más, a perder el miedo al amor y vestirse, aunque solo fuera por una noche —o por todas—, con el eco de su risa.

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