Portada del relato La promesa de las nueve en punto
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Fragmento:


—Todavía lo haces —respondió Tomas, sin abrir los ojos.

Duración: 08:23

La promesa de las nueve en punto
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Texto de ajuste de pausa.

La penumbra del salón se alarga como una promesa: un silencio donde sólo reina el susurro de hojas al pasar, unos pasos fugaces entre los pasillos flanqueados de libros, y el tintineo clandestino de la lluvia sobre el cristal. A esa hora, casi todo está dicho y sin embargo aún falta lo más importante: Lena sigue sentada en la mesa de la esquina, al fondo de la biblioteca, la única donde la luz cálida aún desafía la sombra y los relojes han aprendido a arrastrar sus minutos.

Lena nunca había pensado trabajar aquí, y menos aún regresar tras tantos años, cuando la ausencia era todavía una herida fresca. Sin embargo, la vida sabe volver sobre sus huellas cuando menos lo esperamos. Había sido un verano extraño, ese llevaba años sin tocar la ciudad, cuando aceptó temporalmente un puesto de archivera en la Biblioteca Central, un refugio real y al mismo tiempo irreal, forrado de papel y secretos apenas susurrados.

Las primeras dos semanas las dedicó a acomodar cajas, a veces de libros, a veces de recuerdos, otras sólo de polvo. Era un trabajo solitario, y aunque al principio le parecía suficiente compañía, pronto empezó a prestar atención al leve murmullo de pasos al otro lado del estante, ese ritmo invisible que sólo puede pertenecer a alguien familiar: alguien que, como ella, no podía dormir por las noches.

Cuando lo vio por primera vez, Tomas estaba hincado de rodillas ante un anaquel, catalogando lomos con la delicadeza de un escultor. Había algo en su forma de rozar los libros, un respeto paciente, como quien busca algo que hace tiempo se extravió. Su rostro —los pómulos altos, la sombra de una barba nunca rasurada— le resultaron dolorosamente conocidos. No era exactamente el mismo Tomas cuyo adiós le había costado dejar atrás diez años atrás, pero tampoco era otro.

No se saludaron. En la biblioteca, la ausencia de palabras también define la profundidad de una conversación. Simplemente coincidieron y dejaron pasar las primeras semanas como dos pájaros que comparten un árbol sin notar al otro, salvo en el instante justo antes de partir.

Pero las noches de archivo solos tienen su propio idioma. Una de esas noches, cuando la tormenta hacía temblar la luz e invitaba a la nostalgia, Tomas dejó a su lado un libro —uno de esos tomos azules de cubierta gastada, sin más adorno que el nombre en letras doradas: “La isla del padre”— y lo dejó abierto sobre la mesa reservada.

Lena entendió el gesto, aunque tardó en recordarlo. Habían leído ese libro juntos, más de una vez, durante los años en que ambos parecían tener tiempo de sobra. Aquella tarde de otoño en la facultad, sentados espalda contra espalda junto a una ventana, compartieron frases enteras mientras intentaban escribir un futuro que nunca llegó a materializarse.

La biblioteca, ahora, era un refugio diferente. No un lugar para perderse juntos, sino para hallar respuestas en la ausencia: el modo en que la silla de Tomas quedaba ligeramente separada, como si esperara su regreso cada vez que Lena pasaba por allí.

Empezaron a hablar, por supuesto, primero con comentarios sobre inventarios y horarios, que derivaban en preguntas sobre la familia, el tedio de los autobuses llenos de lluvia, las razones por las que uno permanece y otro huye. Y, entre esas rendijas cotidianas, algo inconfesable: la manera en que la ausencia había redefinido sus propios límites.

Una noche Lena lo encontró dormido sobre la mesa reservada, el libro azul sostenido como un escudo. Tomó una manta del armario y lo cubrió. Sentarse junto a él, contemplando la respiración pausada de quien alguna vez fue el centro de su vida, fue suficiente para desequilibrar la paz que creía haber construido a base de soledad.

—Te extrañé —susurró. No a él, sino al aire entre los dos.

—Todavía lo haces —respondió Tomas, sin abrir los ojos.

Las palabras flotaron como letras indelebles entre estantes y cajas de cartón a medio llenar. Al día siguiente fingieron no recordar el momento, pero el aire había cambiado. Lena, sin quererlo, empezó a buscar excusas para coincidir en los pasillos: el inventario, ahora, era una danza coreografiada con pasos torpes y sonrisas silenciadas entre páginas.

En una de esas tardes atípicas, apenas iluminados por la lámpara del rincón, Tomas se atrevió a preguntar:

—¿Por qué volviste?

Lena no supo si responderle la verdad. Porque no había adónde ir. Porque la ausencia se vuelve demasiado densa en habitaciones vacías. Porque se aprende tarde que el pasado puede doler menos que la espera de un futuro que no llega nunca.

—Quería recordar por qué alguna vez fui feliz —respondió Lena al fin, con voz apenas audible.

Tomas sonrió de ese modo triste, familiar.

—¿Y lo recuerdas ahora?

Ella meditó un instante. Miró el libro azul, sus dedos a punto de rozarse sobre la mesa.

—A veces la memoria consiste en reconstruir lo que falta —rió suavemente—. Quizá por eso sigo aquí.

Nunca pronunciaron la palabra amor, como si ese término pudiera derribar el precario equilibrio que los sostenía. Pero el primer roce accidental de manos, la confidencia a media voz, el café compartido en la sala de empleados, empezó a tender un puente tímido sobre todo lo no dicho.

Poco a poco, la biblioteca se fue transformando ante ellos. Lo que antes fue escenario de ausencias, se convirtió en territorio de reencuentro. Tomas comenzó a dejar notas en los libros de préstamo interbibliotecario: simples anotaciones ("Hoy hace menos frío que ayer") o citas deliberadamente personales ("Nos pasamos la vida esperando regresar"). Lena las leía y luego se las llevaba a casa, dobladas en cuatro como talismanes.

Fuera de los muros de la biblioteca, el resto del mundo seguía su curso. Amigos que insistían en que se incorporara a eventos sociales, padres que preguntaban "¿y para cuándo alguien en tu vida?", el presentimiento constante de que se estaba perdiendo de algo allí afuera. Pero Lena supo, en esa mesa de la esquina, que todas las ausencias habían sido preparación para ese instante: el encuentro inesperado, entre cajas y polvo, con quien había sido su punto de partida y ahora parecía dispuesto a ser, también, su destino.

La rutina compartida los arrulló con una ternura insospechada. A veces, Tomas la esperaba para caminar juntos hasta la estación, compartían paraguas y silencios, mientras la ciudad dormía y el eco de sus pasos los acompañaba.

No fue un regreso violento ni rápido. El amor, cuando ha conocido la ausencia, vuelve despacio, con pasos cautelosos. No fueron necesarias promesas; sólo el acuerdo tácito de reencontrarse, noche tras noche, bajo la luz cansada de la biblioteca. En cada conversación, en cada libro dejado a propósito, los vacíos antiguos se llenaban de un presente frágil pero palpable.

Una tarde, mientras hacía inventario, Lena encontró entre las páginas de “La isla del padre” una nota de Tomas:

“A veces quisiera volver al principio, pero te prefiero aquí, ahora, en esta mesa. Sea lo que sea que falte, ya no me pesa”.

Lena cerró los ojos. Sintió que podría llorar —pero no de tristeza, sino de alivio—. Ya no importaba tanto el tiempo perdido, las palabras que no se dijeron, las promesas que quedaron a medias. Lo esencial estaba ante ella: el reconocimiento mutuo en la ausencia, un territorio común donde la espera había valido la pena.

Esa noche, decidió dejar su propia nota entre libros, con la certeza de que él la encontraría al día siguiente.

“También yo te prefiero aquí, con todo lo que falta. Porque entre lo que no decimos, aún caben todas las promesas del mundo”.

No hubo grandes declaraciones, ni besos robados entre estanterías (aunque la tentación acechaba). Había, sí, el lento redescubrimiento de dos corazones marcados por la misma ausencia, ahora dispuestos a entrelazarse de nuevo en el refugio intacto de una biblioteca.

Pronto el contrato de Lena llegaría a su fin y las cajas de cartón esperaban, como siempre, ser llenadas y partidas. Pero en esa última semana, entendió que lo importante había cambiado: ya no buscaba perderse entre pasillos, sino encontrarlo a él, día tras día, en la promesa de las nueve en punto y el pulso compartido de un libro entre sus manos.

Bastó esa certeza silenciosa, sutil, para convertir la ausencia en un nuevo principio. Cuando cruzaron juntos la puerta hacia la lluvia, Lena no llevaba consigo nada más que una nota, un libro azul y el eco —débil pero persistente— de todo el amor contenido en el silencio de una biblioteca.

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