Fragmento:
Se repitió, como un mantra, que esa noche dejaría el trabajo a tiempo y se daría un respiro. “Esta noche no seré esclava del reloj”, murmuró en voz baja y casi sin convicción. Guardó su laptop y bajó por el ascensor, sintiendo el vértigo amargo de los minutos a medio vivir.
Duración: 10:11
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Desde la ventana de su despacho, Samantha Díaz observaba la forma en que la tarde se apretaba contra su reflejo, asimilando cada pedazo de su rostro como si quisiera llevárselo consigo. Le gustaba pensar que la ciudad, en la que había vivido desde que tenía memoria, guardaba secretos en cada esquina. Sin embargo, ese atardecer le pesaba especialmente: una reunión interminable sobre presupuestos y el murmullo, casi cruel, de la posible reestructuración de su departamento. Sin embargo, lo que más sentía era el vacío de sus propias manos, desprovistas de ese calor tierno que solía calmar las mareas inquietas de su pecho.
Habían pasado casi tres años desde la última vez que sintió un verdadero abrazo. No uno de cortesía ni uno apretado entre familiares por compromiso, sino uno de esos que son capaces de detener el tiempo. No podía evitar preguntarse si acaso el mundo se había acomodado a otras formas de contacto y cercanía, o si era ella quien había olvidado la sencillez de dejarse envolver.
Se repitió, como un mantra, que esa noche dejaría el trabajo a tiempo y se daría un respiro. “Esta noche no seré esclava del reloj”, murmuró en voz baja y casi sin convicción. Guardó su laptop y bajó por el ascensor, sintiendo el vértigo amargo de los minutos a medio vivir.
Al salir a la calle, la brisa tenía la modulación exacta para enredarse en la bufanda que llevaba y hacerle pensar involuntariamente en él: Daniel Guzmán. Tenía una forma peculiar de abrazarla, como si cada uno de sus dedos pudiera proteger todos los fragmentos rotos de su interior. Daniel había sido, muchos años atrás, su certeza secreta y prohibida, el amigo detrás de miradas que nunca se dijeron todo, el que leía las migas de ansiedad en sus mensajes nocturnos y le ofrecía bromas como salvavidas.
No se habían visto desde antes de la pandemia, cortando su historia como un hilo tenso entre dos marionetas inertes. Su comunicación se había ido deslavando entre videollamadas prometidas que nunca ocurrieron y mensajes leídos y no respondidos. Hoy, sin embargo, tal vez por la notificación de su cumpleaños que apareció inadvertidamente en la red social, o quizás por pura osadía, Samantha se encontró descolgando el teléfono.
—¿Sigues vivo, Daniel? —dijo, luego de que contestara al tercer tono.
Del otro lado hubo un silencio, y luego una risa: inconfundible, grave, con esa vibración que siempre era un atajo a los recuerdos juveniles compartidos.
—Mmm… permíteme chequear… sí, sigo. ¿Samantha Díaz recordándose de los muertos? —respondió él, su ironía vestida de afecto.
Samantha le contó, con su acostumbrada mezcla de sinceridad y pudor, que lo había pensado y que necesitaba verlo. Le sorprendió lo fácil que fue acomodar sus agendas —la suya y la de Daniel— para esa misma noche. Propusieron encontrarse en el café de siempre, aquel que aún sobrevivía entre el humo de la gentrificación y la moda pasajera de cadenas internacionales. Nadie más, solo ellos, como cuando eran los dos “adultos” más jóvenes y desenfadados del barrio.
Mientras caminaba hacia allí, sentía cierto vértigo. Temía descubrir que él ya no era el Daniel que ella idealizaba en su memoria; que cada segundo sumado en silencio los había convertido en dos personas cuya distancia era irreparable.
El café tenía la calidez intacta, la luz densa rebotando en las cortinas y los libros apilados en anaqueles improvisados. Daniel la esperaba sentado junto a la ventana—una escena tan familiar que podía haber sido de cualquier año entre 2015 y ese mismo instante.
Él se levantó apenas la vio, y sus brazos abiertos hicieron que todo el cansancio de las reuniones, y los días grises, y los años distantes, se condensara en una única necesidad.
El abrazo fue largo y silencioso. No hubo conversación, ni bromas, ni palabras durante al menos un minuto. En ese espacio sostenido, Samantha se permitió llorar: un llanto sordo, amortiguado contra la tela de la chaqueta de Daniel. Él no preguntó, no explicó su abrazo; entendía mucho de los silencios de Samantha, y más aún de las cosas que nunca decía.
Fue Daniel quien rompió la quietud.
—Pensé en llamarte muchas veces —confesó, sus labios cerca de su cabello—. Nunca supe qué excusa inventar para justificar el vacío.
—No hace falta pretexto —replicó Samantha, separándose un poco para mirarlo, con los ojos todavía brillantes. Le sonrió, con esa sonrisa pequeña y etérea que reservaba solo para él—. Lo importante es este instante.
Ordenaron café, el mismo que solían pedir antes, y entonces la vida comenzó a desempolvarse entre sus palabras. Conversaron de sus trabajos, de las noticias, de compañeros que habían cambiado de ciudad, del absurdo de seguir planeando metas de “adultos” como si fueran imposibles de posponer. Al llegar a la pregunta inevitable, el pandemónium de los años pasados, Daniel habló primero de su soledad, de las veces en que extrañó la piel de otro cuerpo a su alrededor, del confinamiento traducido en rutinas mecánicas y silencios que se arrastran por la casa. Samantha admitió que se había acostumbrado tanto a la soledad que ahora le costaba imaginar compartir espacio con alguien. Pero luego, cediendo, reconoció: “A veces, al dormir, abrazo la almohada como si pudiera espantar el frío del tiempo”.
La noche avanzó y el café fue cerrando. La dueña, una mujer de cabellos plateados que los conocía de años, les sonrió cómplice mientras recogía las últimas tazas.
—Hace mucho que no los veía aquí juntos —dijo—. Se ven bien… como si hubieran estado esperando este momento.
Se miraron, ambos sintiendo vértigo, pero también una ternura difusa que renacía entre sus risas compartidas. Salieron a la calle, donde el frío era más agudo y la ciudad parecía habitar en una canción lenta que sólo ellos escuchaban.
En la acera, Daniel se detuvo, inseguro.
—Hay algo que nunca supe si debí decirte. Siempre tuve… miedo de arruinarlo todo.
Samantha lo miró, preguntándose si pronunciaría, al fin, los sentimientos nunca explícitos que en su momento ambos relegaron al terreno de lo indecible por miedo, por circunstancia, por orgullo.
—¿Te acuerdas de la noche en que llovía y caminamos hasta mi casa porque ninguno quería despedirse? —preguntó él, con una sonrisa entre apenada y nostálgica—. Aquella vez te abracé porque pensé que sería la última vez que podría. Y cada día desde entonces, he esperado otra oportunidad.
Samantha bajó la mirada, tocó el borde de su bufanda y, en ese gesto, se atrevió a confesar:
—Yo solo he sentido paz, y sentido el tiempo detenerse, en esos abrazos. Y en los que nos debimos.
Daniel, con un paso decidido, acercó su rostro al de ella.
—¿Me dejas abrazarte otra vez, de verdad, sabiendo que podría no soltarte? —susurró.
Ella asintió y se refugió en el pecho de él. El abrazo no era una devolución al pasado, sino un presente absoluto: hermoso y tangible. Samantha sintió, por primera vez en años, que todo el tiempo perdido se congelaba, que los minutos eran maleables si se tejían con amor y ternura.
Sintiendo el pulso acompasado de Daniel resonando bajo la yema de sus dedos, Samantha comprendió que ningún intento anterior de conformidad podía igualar ese instante de abandono. No pensó en los miedos, ni en los “debería” ni en los “hubiera”, solo en esa precisa frecuencia de dos cuerpos que se encuentran y deciden ser refugio.
Caminaron juntos, por calles salpicadas de reflejos y promesas tácitas, hablando de todo y de nada. Cada palabra, cada silencio, tejía la certeza de que ese reencuentro no era solo una tregua frente al tiempo, sino el comienzo de algo que, quizás siempre supieron, era inaplazable.
Llegaron al portal del edificio de Samantha y permanecieron bajo el alero.
—¿Subes? —preguntó ella, y fue entonces cuando en su voz Daniel pudo escuchar la ausencia de dudas.
Él sonrió, esa sonrisa postergada por demasiados años, y asintió.
En el ascensor no necesitaron palabras. Daniel tomó su mano, la apretó con ternura, y los ecos de los años pasados danzaron alrededor de ellos sólo para desvanecerse cuando la puerta se abrió. Al entrar al apartamento, Samantha encendió apenas una luz, la suficiente para iluminar la sala, y se volvió hacia él.
—No necesito pretextos —dijo, repitiendo con voz temblorosa su frase del café—. Solo quiero estar aquí, ahora, contigo.
Daniel la abrazó de nuevo, pero esta vez el abrazo fue distinto. Había deseo, sí; la tensión suave de los reencuentros contenidos. Pero sobre todo, aquel abrazo tejía una paz cálida que era promesa y redención a la vez. Se desnudaron muy despacio, permitiéndose ir descubriéndose desde la piel hasta el alma. Las manos de Daniel recorrían el cuerpo de Samantha con asombro rejuvenecido, reconociendo y aprendiendo de nuevo; los labios de Samantha buscaron los surcos tiernos de la piel de él, besando años y temores, gratitud y entrega.
El amor, cuando se vivía así, parecía capaz de desobedecer cualquier tiranía del calendario. Hicieron el amor en silencio, con lentitud, aprendiendo el uno del otro en cada estremecimiento, en cada suspiro, hasta que la noche se tiñó de quietud y ternura. Después, se quedaron abrazados, respirando juntos, venciendo al tiempo.
—Tengo miedo —confesó ella, apretándose contra él—, de que esto termine, de despertarme y que sólo sea otro instante robado.
Daniel le besó la frente.
—Nada que valga la pena es eterno de por sí —respondió él—, pero podemos decidir repetirlo todas las veces que queramos. Podemos ser el tiempo que necesitamos.
Hablaron hasta el amanecer, contándose sueños y heridas, enumerando las veces que casi se buscaron, sabiendo que quizás esa noche era un milagro pequeño, el milagro de atreverse a abrazar al pasado y convertirlo en un futuro tangible.
Cuando la mañana se filtró por la ventana, Samantha sintió, por primera vez en años, que el mundo era un lugar que podía comprenderse en la distancia entre dos cuerpos abrazados.
Tal vez no existen los relojes perfectos, ni las seguridades absolutas. Pero hay abrazos. Hay tiempo. Hay segundos que, abrazados, son capaces de inventar una eternidad.
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