Fragmento:
Así comenzó un intercambio de anécdotas, imágenes y voces, entrecortadas por la distancia y los horarios. Marta guardaba cada mensaje con el cuidado de una coleccionista de mariposas. A veces, al cerrar los ojos, sentía en la voz de Tomás un leve susurro, como si viajara por la fibra óptica y le acariciara el oído.
Duración: 07:41
La luz suele cambiar en la ciudad a las siete de la tarde, cuando Marta regresa del pequeño estudio de arquitectura donde pasa sus días entre planos. Las ventanas de su apartamento en el piso diez dan hacia el oeste y reciben, puntualmente, una cascada anaranjada sobre el parquet y la mesa del comedor. Allí permanece su computadora portátil, aún encendida, con la cámara apuntando hacia su reflejo, proyectando su imagen a casi ochocientos kilómetros, en un lugar donde el océano y la humedad se conjugan en el acento dulce de Tomás.
Ambos se conocieron la última semana de septiembre, durante una reunión virtual de antiguos compañeros de la universidad. Nunca habían compartido aula, pero una charla fugaz sobre sus tazas favoritas los unió, y fue suficiente para que, unas horas después, ella recibiese un mensaje privado. “Esa taza roja con la grieta dorada. Es igual a la que tenía mi abuela.” Marta sonrió, pensando en responder de inmediato, pero fue Tomás quien envió la próxima frase: “Las cosas rotas pueden ser hermosas, si las reconstruimos con paciencia.”
Así comenzó un intercambio de anécdotas, imágenes y voces, entrecortadas por la distancia y los horarios. Marta guardaba cada mensaje con el cuidado de una coleccionista de mariposas. A veces, al cerrar los ojos, sentía en la voz de Tomás un leve susurro, como si viajara por la fibra óptica y le acariciara el oído.
Una tarde de octubre, a Marta le encargaron el diseño de un espacio de coworking que debía estar lleno de luz y espejos. Pasó horas revisando catálogos y estudios sobre el reflejo de la luz y la psicología de los espejos. Esa noche, le compartió a Tomás: “Hay estudios que dicen que dependemos de los reflejos para sentirnos menos solos.” Él respondió casi al instante: “Dicen que verse en los ojos de alguien ayuda a encontrarse a uno mismo. Quizás los espejos son un modo de abrazarnos cuando nadie más nos ve."
Tomás era fotógrafo freelance, habitualmente viajaba capturando familias de pescadores en el sur y niños jugando en playas vacías. A diferencia de Marta, su vida era un ir y venir, una danza errante. A veces, ella lo veía a través de su pantalla: una maleta tras él, arena adherida al pantalón y el cabello alborotado por el salitre. Otras, lo encontraba en habitaciones de hoteles modestos, con una lámpara tenuemente encendida y música jazz de fondo.
Intercambiaron fotografías de sus respectivos amaneceres. Marta le enviaba el sol colándose entre los edificios de la ciudad, Tomás le devolvía cielos imposibles y mares infinitos. De alguna manera, era su forma de compartir un fragmento del día que el otro no podía presenciar.
El cumpleaños de Marta llegó tratándose con la simpleza de una llamada por videollamada. No había torta, ni abrazos, ni susurros cerca del cuello, pero sí una pantalla partida en dos: de un lado ella, del otro Tomás, con una vela encendida sobre un pebetero de camping. "Sopla fuerte," le dijo él, y Marta, como una niña, lo hizo. La vela se apagó y, por un segundo, la pantalla sólo reflejó los rostros iluminados por la luz azulada y la promesa de un futuro improbable.
Las conversaciones nocturnas comenzaron a multiplicarse. Muchas veces, terminaban con ambos dormidos, la cámara abierta, respirando juntos al otro extremo del país. Marta colocó un pequeño espejo en la repisa detrás de la computadora. Era un ritual inconsciente: cuando hablaba con Tomás, el reflejo de su rostro, encajonado en la pantalla, se duplicaba en el espejo, como si, de alguna manera imposible, al mirarlo a él también se mirara a sí misma.
Fue Tomás quien, una madrugada, le confesó: “Te imagino parada frente al espejo. ¿Alguna vez has pensado que, en cierto modo, nos amamos entre reflejos? No podemos tocarnos, pero podemos vernos dos veces si buscamos el ángulo correcto.”
Aquella frase se le quedó grabada. Marta comenzó a preguntarse si el amor que vivían cabía en una habitación solitaria, en medio de una ciudad gigantesca, rodeada de luces que no eran de su casa, y la imagen de Tomás destilada a través de una pantalla y un espejo. En las tardes solitarias, encendía la cámara, se miraba y lo miraba, como si desafiaran entre ambos la distancia.
En diciembre hablaron de verse en persona. Tomás tenía una sesión programada en la ciudad de Marta. Concertaron un café bajo la promesa de que sería como encontrarse con un viejo amigo y no con alguien a quien se le ha confiado cada grieta del corazón. Sin embargo, dos días antes del encuentro, una tormenta eléctrica aisló el pueblo de Tomás. Vuelos cancelados, caminos cortados. Marta intentó disimular su desilusión, pero él lo notó.
“¿Y si nunca podemos vernos cara a cara?” preguntó él, la voz baja y temblorosa.
Ella contestó: “Ya te veo todos los días. Reflejas en mí tus ganas de vivir, tus imágenes, tus palabras. No es lo mismo, pero quizás es suficiente.”
Durante Navidad, Marta fue invitada a la fiesta de una colega. Todos sus amigos llegaron en parejas. Bebió algo de vino, bailó poco y evitó mirar su reflejo en los ventanales del salón. Más tarde, en casa, entró en la videollamada, con las mejillas coloradas. Tomás estaba silente y, por primera vez en muchos meses, el silencio fue incómodo.
—¿Sigues ahí? —preguntó ella, perdiendo la seguridad que tanto le costó construir.
Tomás sonrió, cansado. —Estoy aquí. A veces me resulta difícil no estar, ya sabes… allí, contigo. Desearía abrazarte y no poder. Sólo eso. No quiero perder la magia de verte cada noche, pero…
Ella lo interrumpió: —Espejos, Tomás. Somos dos, pero estamos en lados distintos del reflejo. ¿Recuerdas qué dijiste? Las cosas rotas pueden volverse hermosas…
—…Si las reconstruimos con paciencia —dijo él, completando la frase.
Los días posteriores, hablaron menos. Marta llenó su tiempo con trabajo, nuevas maquetas, y paseos por la ciudad. Cuando se asomaba al espejo, buscaba rastros de Tomás en sus gestos, en el modo en que doblaba la comisura de los labios al rezar en silencio por un mensaje suyo.
Un martes, durante enero, llegó a su buzón un paquete inesperado. Era una fotografía enmarcada. El vidrio reflejaba la luz de la mañana; la imagen era la del café vacío donde debían haberse encontrado. En una esquina, Tomás había garabateado: "Aquí es donde nuestras distancias quedan suspendidas. Donde el reflejo se transforma en promesa."
Sin saber por qué, Marta se echó a llorar. Ese día, en la siguiente videollamada, le mostró el cuadro.
—¿Te gusta? —preguntó él, inseguro.
—Me encanta. Me hace sentir que, aunque estemos lejos, este lugar es nuestro. A veces, toda la vida cabe en un reflejo —susurró ella.
A partir de entonces, cada videollamada comenzaba con ambos ubicando un espejo frente a la cámara, de modo que podían verse, al infinito, uno dentro del otro, entrelazando sus imágenes en el aire, recreando una cercanía imperfecta pero sincera.
La primavera llegó temprano ese año. Marta, sentada en el alféizar de su ventana, aguardó un día entero mirando el teléfono y la pantalla en blanco. Pasada la medianoche, finalmente apareció el mensaje de Tomás: “Ven. Donde el agua termina, allí estaré. No más reflejos ni pantallas.”
Marta no preguntó más. Compró un pasaje al sur y, cinco días después, el mar la recibió con la bruma salina y el corazón entumecido. Tomás aguardaba bajo una pérgola cubierta de jazmines. No hicieron falta palabras, ni espejos, ni pantallas. Y cuando por fin sus cuerpos se abrazaron, Marta comprendió que la distancia es un cristal fino y traicionero, pero el reflejo del amor puede, al fin, vencer cualquier frontera.
Desde aquel día, conservan la costumbre de tener siempre un espejo cerca. No por nostalgia, sino para recordar que, cuando dos almas se ven el uno en el otro —ya sea a través del vidrio, el kilómetro o la ausencia—, pueden encontrarse al fin, hasta borrar toda distancia.
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