Portada del relato Bajo el Reflejo de Tus Ojos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Fue una fracción de segundo, apenas, pero bastó para encenderle la piel y hacerla retroceder. Se sentó en el suelo, junto al picaporte, ocultando el rostro en las rodillas. Su corazón latía contra el tejido del pijama, el vapor del café olvidado subía en volutas tímidas. Durante un rato no se atrevió a asomarse de nuevo, convencida de haber traspasado algún límite misterioso.

Duración: 10:52

Bajo el Reflejo de Tus Ojos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Ni el timbre del horno ni la vibración insistente de su teléfono lograron apartar a Lucía de la ventana. Aferrada al borde del estor, la mirada recayó, como todos los atardeceres, en la silueta de la vereda de enfrente. Su edificio era uno de esos bloques impersonales del nuevo barrio financiero, lleno de apartamentos idénticos: salones minimalistas, muebles de catálogo, enormes vitrales que prometían luz y vistas. Pero sólo desde el piso catorce, entre las seis y las siete cada noche, se daba ese fenómeno indescifrable: la vida de aquel desconocido convertida en espectáculo íntimo a través de sus cortinas entreabiertas.

Lucía se burlaba de sí misma por esa costumbre. Siempre se prometía dejarlo, o intentaba fingir que sólo era curiosidad cósmica, como observar una estrella lejana; pero él —el hombre de la pulsera azul— parecía vivir para ser observado. Le veía salir y entrar, cocinar, a veces reírse al teléfono, leer en el sofá, quedarse largo rato en la penumbra, con la cabeza inclinada y las manos entrelazadas. A veces la ventana mostraba apenas un resplandor, y otras, una soledad tan magnética que Lucía alzaba la mano, como si pudiera alcanzarlo.

Ella tenía sus propias rutinas, desde luego. Veintiocho años, diseñadora de apps, amante de las series nórdicas y las recetas fáciles. Su mundo cabía en esa caja de cristal y algoritmos; la pandemia, en cierto modo, la había entrenado para la distancia. La soledad era como un abrigo que había aprendido a tolerar. Pero en las tardes en que el trabajo era un torbellino o la ciudad un rumor sordo más allá del doble acristalamiento, aquella presencia sin nombre la inquietaba con una certeza inexplicable: a pesar de los metros, a pesar de la intemperie, existía alguien sincronizado con su tiempo.

Cuántas veces pensó en dejarle una nota. Algún mensaje de papel que, sin palabras, contara su secreto —Te miro—, pero nunca lo hizo. En cambio, cada pequeño objeto en su apartamento se volvió un vestigio de esa espera: la taza de lunares, las libretas con listas tachadas, las velas apagadas después de largas vigilias. La pulsera azul en la muñeca de él era apenas un detalle, una seña de identidad tan significativa como las pecas de sus propios nudillos.

Aquella tarde de abril, la ciudad llovía como si intentara arrancarse la costra de polen y tráfico. Lucía giraba entre la ventana, la cocina y el portátil. Llevaba tres días intentando terminar un encargo urgente, pero la inspiración se le escapaba. El vecino apareció, por fin, justo cuando el sol se deslizaba tras el perfil de los rascacielos. Su camisa mojada, el pelo revuelto, pero la pulsera intacta. Lucía notó, con sobresalto, que traía en la mano una caja amarilla —tal vez un pedido, algo insulso—, pero, en un gesto inesperado, se dirigió a la ventana y se detuvo. La miró. No “miró a la calle”, no “miró el tráfico” —la miró a ella.

Fue una fracción de segundo, apenas, pero bastó para encenderle la piel y hacerla retroceder. Se sentó en el suelo, junto al picaporte, ocultando el rostro en las rodillas. Su corazón latía contra el tejido del pijama, el vapor del café olvidado subía en volutas tímidas. Durante un rato no se atrevió a asomarse de nuevo, convencida de haber traspasado algún límite misterioso.

Pasaron los días, y lo insoportable fue el cambio: ahora él parecía buscarla. Lucía cerraba las cortinas temprano, o fingía estar absorta en su móvil. Pero la ventana, con sus líneas limpias y su promesa de refugio, la tentaba cada vez. Hasta que el viernes siguiente, al atardecer, encontró en su buzón un sobre sin remitente. Dentro, dos palabras escritas con minúscula caligrafía:

“Te veo”.

No podía, no debía responder, pero el pulso le tembló toda la tarde. Había alguien, un eco al otro lado, un punto invisible que cerraba el círculo. Y, sin embargo, la posibilidad del encuentro —la frontera del contacto verdadero— resultaba tan aterradora como fabulosa.

Esa noche no encendió luces. Se limitó a escuchar series sin mirar la pantalla, y a acariciar el contorno áspero de la nota. A medianoche, la lluvia lavaba la ciudad y Lucía se puso de pie, impulsada por una fuerza ajena. Se acercó de nuevo a la ventana; frente a ella, el desconocido la observaba. Levantó la mano, y fue como un saludo secreto. En su muñeca, la pulsera azul destelló como un faro breve.

Decidió responderle. Tomó una hoja cuadriculada y, con letras cuidadas, escribió: “¿Quién eres?”. Tuvo que armarse de valor, esperar la brisa, elegir la hora exacta en que el portero no estuviera, y cruzar al edificio de enfrente. Subió hasta el decimocuarto piso, la respiración contenida, el corazón en la garganta.

El pasillo olía a pintura nueva. Encontró la puerta 14-D: como la suya, pocos detalles, una alfombra limpia, la ranura del buzón reluciente. Olió a colonia, a café recién hecho, a ansiedad. Deslizó la nota y bajó corriendo, directamente hasta el ascensor.

La respuesta llegó al día siguiente. Fue más larga, manuscrita en una hoja de bloc: “Me llamo Tomás. Veo tu ventana desde hace meses. Trabajo en casa, así que eres mi rutina más constante, mi postre después de cada jornada imposible. Al principio sólo era un juego, una superstición, pero —no te asustes— ya no puedo dejar de buscarte. La pulsera es de mi hermana, falleció hace dos años; la llevo para recordarme las conexiones– lo que permanece. Si quieres, puedes mirarme. Si un día quieres cruzar, basta con que enciendas una luz azul en tu ventana. Si prefieres no hacerlo, sabré entenderlo. Gracias por existir.”

En los días siguientes, Lucía osciló entre la expectación y el miedo. La nota de Tomás era dulce, íntima, completamente diferente a las proposiciones incómodas de otras redes sociales. Había en esas palabras una vulnerabilidad indómita que la conmovió —y, a la vez, la aterraba. La libertad de elegir la llenó de vértigo. Podía seguir siendo un enigma, fundirse en la multitud de anónimos; o podía abrirle la puerta de su mundo, arriesgar la protección de la distancia.

Empezó a mirarle de nuevo cada anochecer. A veces, se saludaban con gestos casi infantiles: la mano en el vidrio, una sonrisa tímida, un pequeño baile improvisado. El resto del día, Lucía se preguntaba si sería correcto o saludable dejarse arrastrar por esa corriente de casualidad. Su vida se llenó de instantes extraños: elegir la ropa pensando en él, preparar la cena con esmero renovado, descubrir que el barrio tenía olores y ruidos distintos.

Una tarde, compró una bombilla azul y la instaló en su lámpara más cercana a la ventana. No fue necesario escribir ninguna palabra; el resplandor se abrió como una promesa. Del otro lado, Tomás desapareció durante un instante —quizá cruzando el pasillo, arreglándose el pelo, quizá dudando también— y al cabo de media hora sonó su interfono.

No supo qué decir. Sólo atinó a murmurar: “¿Sí?”, cuando la voz vibró, torpe, amable: “Soy Tomás, de enfrente. ¿Puedo subir?”. Lucía asintió y, al colgar, notó que le sudaban las palmas y la camiseta le ceñía el pecho como una segunda piel.

Optó por dejar las luces bajas. Cuando abrió la puerta, el universo se comprimió en el marco: Tomás era más alto de lo esperado, muy delgado, los ojos cálidos y cansados. Llevaba ropa sencilla y, por supuesto, la pulsera azul; en las manos, un libro y una caja de galletas. Se dijeron los nombres, y luego rieron, como si todo el pudor y la ansiedad del mundo cupiera en ese gesto.

“¿Entró alguien a tu vida alguna vez por la ventana?”, preguntó él al rato, mientras observaban juntos el horizonte de la ciudad. La frase flotó en el aire, entre las tazas de té y las fotos enmarcadas. Lucía encontró, sin embargo, una confianza insólita. La tarde siguió así, como el desplegar de una nueva estación: hablaron de podcasts, de series, de miedos y ausencias. Charlaron del duelo, de las rutinas, de esas pequeñas obsesiones que sostienen una vida cuando todo parece desmoronarse.

No se besaron, ni se tocaron más allá de las manos que coincidieron al alcanzar la misma taza. Sin embargo, Lucía sintió que nunca, ni siquiera en sus relaciones más apasionadas, había conocido un deseo tan puro como el de ser vista —por fin— desde el otro lado.

Después del primer encuentro, los rituales cambiaron. Había mensajes, sí, pero sobre todo, había gestos mínimos: la luz azul encendida sólo los miércoles, como una cita secreta; el cruce furtivo de notas bajo la puerta; las tardes en que Tomás llegaba con cuentos nuevos, o Lucía improvisaba cenas al borde del desastre culinario. Aprendieron, sin darse cuenta, el idioma de las ventanas: una lámpara encendida significa “estoy aquí”, dos significa “te pienso”, el cortinaje abierto de par en par, “ven”.

Sus cuerpos se buscaron semanas después, sin atajos, sin prisa. El sexo fue —para sorpresa de ambos— divertido y torpe, lleno de risas, de miradas que se demoraron antes de cerrar los ojos. Ninguno tenía ganas de interpretaciones épicas, pero en la pulsera azul y en la ventana compartida encontraron el símbolo privado de su aventura. Aprendieron a alternar la distancia con la presencia, a respetar el espacio del otro, esa fortaleza de vidrio en la que cada quien se refugiaba cuando la vida se volvía insoportable.

Pasaron estaciones. La ciudad, a través de sus ventanales, mutó del verde pálido de abril al gris quemado del invierno; ellos, sin embargo, aprendieron el ritmo de los días compartidos, de las mañanas en que un mensaje bastaba para inventar una cita secreta, de los domingos en los que dormían abrazados escuchando la lluvia.

Un día, sin ceremonia, Lucía notó que ya no necesitaba asomarse tanto a la ventana. Tomás estaba ahí, al alcance de la mano, pero el misterio —esa danza de miradas e intuiciones— no se desvanecía. Seguían cruzando rituales de luz y sombra, a veces por juego, a veces por nostalgia. La pulsera azul, gastada, pasó una noche a la muñeca de Lucía. Fue sólo un instante —un préstamo, una promesa— hasta que ambos rieron, sabiendo que el verdadero vínculo era invisible: un hilo tendido entre los dos cristales, una ventana abierta al mundo, un pulso inextinguible debajo de la piel.

Afuera, la ciudad seguía latiendo y las ventanas, como ojos, seguían mirando. Adentro, en el refugio compartido, dos personas seguían descubriéndose, cediendo poco a poco el dominio de la soledad para darse, sin miedo, al milagro inexplicable de ser vistos.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.