Portada del relato El eco de tus pasos
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Fragmento:


Ni el zumbido sordo del reloj eléctrico, ni el rumor lejano de la calle conseguían romper el hechizo de espera, de rutina, de ausencia. Lucía despertaba sola, siempre sola, y desde hacía meses había aprendido a asumir que su corazón también lo estaba. No era una decisión, ni tampoco un castigo. Simplemente sucedía. La vida, con sus imprevisibles cambios de ruta, la había traído hasta allí, a un trabajo estable, una independencia ganada a pulso y una soledad aceptada como condición básica del vivir.

Duración: 09:22

El eco de tus pasos
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia caía como una promesa olvidada sobre los tejados de la ciudad. A veces, en las primeras horas de la madrugada, el sonido llegaba al apartamento de Lucía como un susurro, como el roce de una caricia que nunca fue, una llamada desde otro tiempo, otro lugar. Ahí, en el tercer piso de una construcción anodina y demasiado cara, Lucía seguía el espectáculo de las gotas corriendo tras el vidrio, dibujando caminos inciertos, ante el silencio pesado que llenaba las habitaciones.

Ni el zumbido sordo del reloj eléctrico, ni el rumor lejano de la calle conseguían romper el hechizo de espera, de rutina, de ausencia. Lucía despertaba sola, siempre sola, y desde hacía meses había aprendido a asumir que su corazón también lo estaba. No era una decisión, ni tampoco un castigo. Simplemente sucedía. La vida, con sus imprevisibles cambios de ruta, la había traído hasta allí, a un trabajo estable, una independencia ganada a pulso y una soledad aceptada como condición básica del vivir.

A veces, después del trabajo, recorría al azar las calles del centro hasta toparse con alguna librería iluminada o un café poco concurrido. Le gustaba dejarse envolver por el murmullo de voces ajenas, por el calor prestado de risas que no le pertenecían. Se sentaba en una mesa, pedía un té —el de frutos rojos era su favorito— y fingía, solo por un instante, que la ciudad le ofrecía algo más que soledad: la posibilidad, quizás, de ser vista realmente por otra persona.

Una noche, en uno de esos cafés, lo vio. Nicolás era de esa rara categoría de hombres cuyo dolor se puede leer en la postura, en la mirada esquiva, en la forma en que evitan el contacto visual demasiado intenso. Hacía frío; él se quitó el abrigo con una lentitud desgastada y se sentó frente al ventanal. La luz tibia del local le daba al rostro una cualidad huidiza. Lucía se sorprendió mirándolo más de la cuenta. Creía, en el fondo, que amar era sobre todo un ejercicio de reconocimiento, de percibir en otros el eco de viejas heridas propias.

Durante varias noches coincidieron de esa manera. Lucía era prudente, no buscaba acercarse. Pero Nicolás era el tipo de hombre al que el silencio propio parecía ahogarlo, y pronto, una noche tras otra, iniciaron una conversación casual, discreta, que crecía en espesura casi sin que ninguno de los dos lo notara. Hablaron primero del clima, luego de libros, después de canciones viejas, hasta que, en una lluvia particularmente intensa, hablaron de la soledad misma.

—Supongo que al final la gente aprende a vivir sola —dijo Lucía, mientras jugaba con la taza de té entre las manos entumecidas—, pero a veces, cuando veo a otros tan cómodos en su compañía, me pregunto si no estoy defectuosa.

Nicolás la miró largo rato antes de responder.

—No creo que estés defectuosa. Solo eres… consciente de las ausencias, y eso duele. Pero a veces, tener compañía no remedia nada. Solo lo camufla.

Le sonrió entonces, leve, como si acabara de compartir un secreto.

Así se convirtió en costumbre: dos almas cansadas, retraídas entre los pliegues de una ciudad impenetrable, compartiendo un café tardío y conversaciones difusas. Nicolás contaba poco y nunca mencionaba a nadie, pero Lucía fue atando cabos a partir de detalles ínfimos. Un anillo de oro en el dedo, la insistencia con la que miraba por la ventana, como esperando a alguien. Sabía que ese silencio era más denso, más hondo que el de una simple reserva. Ese hombre, pensó, había amado a alguien y ese amor no estaba ya en su vida, por voluntad o por fuerza, pero aún habitaba en sus gestos.

El invierno cedió su lugar a la primavera casi sin anunciarlo, y las tardes se hicieron más largas. Lucía y Nicolás seguían viéndose, pero jamás fuera de aquel café. Nunca se buscaron en otros espacios. Cuando Lucía intentaba sugerir, tímida, una caminata después del té, Nicolás desviaba la conversación, y ella aprendió a no insistir. Sin embargo, ciertas noches sentía en el pecho, con una claridad dolorosa, la presencia de una puerta cerrada: un límite invisible que ninguno de los dos parecía capaz o dispuesto a cruzar.

El día en que Lucía recibió el correo sobre la transferencia de trabajo, estaba lloviendo. Iba a ser trasladada a otra ciudad. El cambio suponía una significativa mejora salarial y la posibilidad, remota pero tentadora, de acabar sobreviviendo a esa sensación ante la que llevaba meses resignada. Al salir del trabajo, entró en el café como siempre. Nicolás la esperaba con una paciencia que tenía ya algo de gesto repetido, condicionado más por el hábito que por la esperanza.

—Hoy he pensado en dejarlo todo —murmuró Nicolás, tras una pausa inesperada—. No avanzar, ni retroceder. Simplemente cerrar los ojos y dejarme caer.

Lucía sintió un escalofrío. Las palabras de él resonaban con un eco que no era solo suyo.

—A veces me siento así también —respondió—, como si no pudiera más. Pero entonces algo… una cosa pequeña, una voz, una imagen, me aferra aquí, como si aún hubiera algo que esperar.

Nicolás se quedó callado un largo rato.

—¿Alguna vez has sentido —preguntó de pronto, sin mirarla— que a pesar de todo, aunque parece imposible, uno se enamora de la imposibilidad en sí?

—¿De la imposibilidad? —repitió Lucía, desconcertada.

—Sí. No de la persona, ni de lo que podría ser. Uno termina aferrándose al muro, a la espera, al mismo vacío que sabe que nunca se va a llenar.

El silencio volvió, denso.

Lucía pensó entonces en lo que significaba dejarlo todo. Pensó que, a lo mejor, ellos dos se amaban en los márgenes, en ese espacio en el que la cercanía no podía dar paso a otra cosa. Un amor que no era amor plenamente, sino apenas una especie de acompañamiento entre dos almas rotas.

Cuando llegó el último día antes de su traslado, Lucía entró al café muy temprano. Nicolás no había llegado aún. Sintiéndose extraña, pidió un té y se sentó sola, frente a la ventana. Miró la calle, los reflejos de la mañana sobre los charcos, y por un momento soñó con otro rumbo, otro argumento para esa historia. Quizá en otra parte del mundo, bajo otra luz, podrían haber sido algo distinto. Tal vez existía un lugar en el que los muros, aunque pesados, fueran de cristal y suficientes para dejar pasar la certeza de un amor posible.

Nicolás entró sin saludar, sin sonreír. Parecía preocupado o, quizás, simplemente agotado. Se sentó frente a ella y no dijo nada durante un largo minuto.

—Me transfieren la próxima semana —anunció Lucía, casi sin voz—. Es una oportunidad. Una vida nueva, probablemente.

Nicolás la miró, y ella vio en sus ojos todo aquello que siempre había presentido pero nunca se había atrevido a nombrar: la antigua pérdida, la promesa rota, el miedo a volver a intentar.

—Sabes que podría haber sido distinto —dijo él, muy bajo, como si temiera que la revelación terminara de romper la delicada franja de espacio que los unía—, pero no lo es. No sé si podría… no ahora, no en este momento. Hay cosas mías que no he terminado de enterrar.

Lucía asintió. Quiso decirle que lo comprendía, que quizás también ella estaba demasiado lastimada para volver a empezar en serio, desde el fondo profundo de lo que implica el amor real. En vez de eso, sonrió, una sonrisa triste, y apretó su propia taza caliente entre los dedos, como si en ella pudiera guardar el recuerdo de ese encuentro precursor.

No se abrazaron, no se tomaron de la mano. Apenas se miraron y, en el intermedio de la despedida, cada uno reconoció en el rostro del otro las acusaciones y justificaciones que se han dicho tantas otras veces en tantos otros finales. Hasta aquí, parecía decir el silencio; hasta aquí podemos llegar.

La última noche de Lucía en la ciudad fue gélida. Llovía otra vez. Hizo su maleta despacio, contemplando los objetos pequeños que había ido reuniendo en su vida adulta: cosas sin importancia que, sin embargo, le hablaban de quién era cuando aún creyó, alguna vez, que la vida era una larga carretera abierta.

Antes de dormir, miró su teléfono. Ningún mensaje. No se sorprendió. Nicolás no era de esos, y ella tampoco.

En el tren de madrugada, la ciudad aparecía inmensa y nueva a través del cristal empañado por la lluvia. Lucía apoyó la frente en la ventanilla y cerró los ojos. Sabía que la vida sería otra, que el dolor de lo que no fue la acompañaría un tiempo, pero también, en algún punto, sería reemplazado por rutinas nuevas, caras nuevas, conversaciones distintas. Había una promesa, en el aire frío de la mañana: promesa de cambio, de lucha renovada, de un futuro aún incierto.

Antes de quedarse dormida, pensó: era amor, aunque nunca fue pronunciado, aunque jamás ocurrió. Un amor de silencios, de miradas largas, de palabras que nunca saltaron a la superficie, de puertas que permanecieron cerradas porque el tiempo, las heridas y el miedo dictaron que así debía ser.

Pero haberlo sentido, aunque fuera por un breve instante, aunque solo hubiera iluminado la espera y la ausencia, también era, de algún modo, suficiente.

La ciudad se alejaba, diluida en neblina y recuerdos. La vida, imprevisible, se abría otra vez ante ella, con la extraña esperanza resignada de quienes han aprendido a no esperar nada.

Y, tal vez, ahí mismo nacía el verdadero comienzo.

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