Fragmento:
En el taxi de camino al restaurante, el mundo parecía borronearse tras el vidrio húmedo por la lluvia. El celular vibró una vez, un recordatorio de la cita, y luego otra, un mensaje de Paula preguntando si llegaría tarde. Claudia leyó el breve texto y parpadeó, forzando una sonrisa. Solo Paula insistía en mantener el grupo vivo, como si de verdad nada hubiera cambiado. Pero todo había cambiado, y no fue un simple parpadeo el que lo causó, sino una acumulación de parpadeos, uno cada día, construyendo una barrera de dudas y silencios.
Duración: 09:25
Las luces de la ciudad titilaban tímidamente a través de la ventana de la sala. Claudia se había detenido junto al cristal, contemplando el vaivén de los autos allá abajo y preguntándose cómo era posible que todo pareciera tener sentido desde cierta distancia. Era viernes, el reloj marcaba las siete y treinta, y ni siquiera había decidido qué ponerse para la cena con los viejos amigos de la universidad. Una reunión sencilla, después de tantos años, para celebrar ese algo indeterminado que los mantenía, aún, amarrados a un pasado compartido.
—¿Vas a ir, verdad? —preguntó Elena, su compañera de departamento, desde la cocina, mientras revolvía un café fuerte con poco azúcar. Las preguntas de Elena solían ser afirmaciones disfrazadas.
—Sí, supongo —respondió Claudia. Se giró para mirar el reflejo de sí misma en el cristal. Cabello oscuro suelto, chaqueta beige, cara casi sin expresión. Un destello traspasó la memoria, un recuerdo de su época universitaria, de las noches llenas de planes que no llegaron a materializarse.
Elena sonrió, acercándose con dos tazas. Le entregó una y la estudió con esa especie de ternura clínica que sólo una amiga verdadera puede desplegar.
—Vas a verte bien, como siempre —dijo Elena, bajando la voz—. Y, por si acaso te lo preguntas, sí, te pondrás nerviosa, y sí, volverás a ver a Esteban.
Claudia apenas pudo evitar el rubor. Ese nombre era como una hebra invisible en la costura de su vida, una pequeña irregularidad que deformaba por completo el resto de la tela. No estaba segura de querer que alguien tirara de ella. O de ser esa persona.
En el taxi de camino al restaurante, el mundo parecía borronearse tras el vidrio húmedo por la lluvia. El celular vibró una vez, un recordatorio de la cita, y luego otra, un mensaje de Paula preguntando si llegaría tarde. Claudia leyó el breve texto y parpadeó, forzando una sonrisa. Solo Paula insistía en mantener el grupo vivo, como si de verdad nada hubiera cambiado. Pero todo había cambiado, y no fue un simple parpadeo el que lo causó, sino una acumulación de parpadeos, uno cada día, construyendo una barrera de dudas y silencios.
El restaurante, con su iluminación naranja y mesas apretadas, olía a perfume caro y especias. Paula la recibió con un abrazo rápido, y poco después llegó Raúl, que nunca supo cuándo callarse y era, por eso, el favorito de todos. Claudia se acomodó junto a la ventana, buscando algún asidero en la vista del bulevar. Uno a uno, los rostros familiares se congregaron, saludándose con risas medio sinceras.
Cuando Esteban apareció, fue como una corriente de aire frío que se cuela por debajo de la puerta. Saludó a todos, y luego a ella, mirándola apenas un segundo más de lo conveniente. Claudia sintió cómo su corazón, ese órgano habitualmente obtuso, le palpitaba con fuerza. No era amor, o no exactamente, sino más bien vértigo; el reconocimiento de un antes y después.
Durante la cena, la conversación saltó entre anécdotas, logros, embarazos incipientes y matrimonios fallidos, con la facilidad de quienes quieren convencerse de que el tiempo no pesa. Claudia se mantuvo algo distante, jugando con la copa de vino, pero no pudo dejar de notar que Esteban la observaba con una intensidad soterrada.
—¿Te acuerdas de aquel proyecto sobre arquitectura efímera? —le preguntó de pronto Esteban, inclinándose apenas, como si hubieran vuelto a compartir el mismo banco de madera en la facultad—. Encontré un par de bocetos tuyos, creo que eran tuyos, en mis carpetas viejas.
—No sabía que guardabas esas cosas —respondió Claudia, un poco más seca de lo que habría querido. —Pensé que para ti todo se resolvía en el presente.
—Me gusta pensar que sé recordar las cosas buenas —dijo él, sonriendo. Su mano se acercó un instante a la suya en la mesa, y después la retiró con la misma ligereza con la que se escapa un suspiro.
Las horas avanzaron a trompicones, y al final, entre novedades y despedidas torpes, Claudia y Esteban se encontraron solos, bajo el toldo del local. Afuera, la lluvia empezaba de nuevo, fina como un velo.
—¿Vas a tomar un taxi?— preguntó él, sacando el celular.
—Prefiero caminar un poco —respondió ella, sintiendo la necesidad acuciante de aire y espacio.
Caminaron juntos, sin palabras, bajo la protección de una única sombrilla que Esteban había tomado de la entrada. La ciudad, oscura y chispeante, parecía más íntima bajo la tormenta, más susceptible de revelar verdades. Quizá era el efecto del vino; o acaso, como le gustaba pensar, el efecto de las cosas irresueltas.
Después de unas cuadras, Esteban se detuvo. Había una especie de parque, apenas un par de bancos y mucha sombra. Se quedó mirando las luces lejanas de los autos y luego a Claudia, como si intentara elegir unas palabras especialmente difíciles.
—Necesito preguntarte algo —dijo—. Algo que no supe cómo decirte entonces.
El corazón de Claudia latía como un tambor. No sabía si tenía miedo o esperanza, o ambas en una alquimia dolorosa.
—¿Qué cosa?
—¿Por qué nos distanciamos tanto? —preguntó él, bajando la voz. —Nunca lo entendí. Yo creí que... No sé, creí que significábamos algo el uno para el otro. Y luego, de pronto, ni siquiera éramos capaces de mirarnos.
Claudia sintió que una espiral de recuerdos le atravesaba el pecho. Recordó las noches de café y estudio, el roce accidental de sus manos, aquella discusión sin sentido, hace años, que terminó dejándolos en lados opuestos de la sala. Recordó, sobre todo, la confusión, esa incapacidad tras cada gesto de descifrar el mapa de sentimientos del otro.
—Yo también me lo pregunto —musitó, con una sinceridad nueva en la voz—. A veces creo que fue culpa mía, otras veces tuya. Pero, en el fondo, creo que los dos teníamos miedo de decir la verdad.
Esteban sostuvo su mirada. Por un segundo, Claudia pensó que iba a abrazarla, pero en vez de eso, él hundió las manos en los bolsillos, nervioso.
—¿Qué hubiera pasado si...?
Claudia negó levemente, dibujando una media sonrisa amarga.
—¿Otra vez con los "qué hubiera pasado"? —susurró—. Siempre nos perdimos en eso, Esteban. Siempre.
Se hizo un silencio incómodo, tan espeso que Claudia sintió un punzón en el estómago. El pasado era un lugar peligroso, y sin embargo, ellos no paraban de regresar.
—Quizá no deberíamos hablar más de lo que no fue —dijo él, casi para sí mismo. Pero en su voz había una pregunta oculta, clamorosa.
—No puedes evitar preguntártelo, ¿cierto? —replicó ella, mirándolo de reojo—. Qué curioso. Somos adultos, razonables, y sin embargo seguimos atrapados en el mismo laberinto.
De pronto, Esteban empezó a reír, primero discretamente, luego con fuerza, como si fuera la única manera de ponerle freno a ese vértigo. Claudia no pudo evitar seguirlo, tratando de espantar así el nudo en su garganta.
—Creo que el problema es que nunca entendimos de qué trataba este laberinto —dijo él, secándose las lágrimas que la risa le arrancó. —Quizás siempre estuvimos confundidos.
Claudia sintió que una llave giraba en alguna parte dentro suyo. Se imaginó a sí misma, años antes, interpretando gestos, malentendidos, silencios. Había creído durante mucho tiempo que el problema era la falta de claridad, que deberían haberse dicho todo de una vez, haberse arriesgado, pero ahora se preguntaba si había algo valioso en la incertidumbre. ¿No era, después de todo, el misterio lo que les daba sentido?
—¿Quieres saber la verdad? —preguntó de repente—. Por más que le he dado vueltas, nunca he entendido lo que sentí por ti. Unas veces pensaba que te amaba, otras que sólo necesitaba tu presencia para no sentirme sola. A veces creo que ambas cosas eran ciertas. O ninguna.
Esteban asintió lentamente, y por una vez, no intentó buscar una solución.
—Yo me sentía exactamente igual —admitió—. Siempre confundido. A veces creía que si te besaba, acabarían las dudas. O aumentarían. ¿Cómo se resuelve algo así?
—No sé —contestó Claudia, suspirando—. Quizá no se resuelve. Quizá sólo hay que aceptarlo.
La confesión los dejó, durante unos segundos, con la extraña complicidad de quienes han dejado de pretender que la vida es un rompecabezas con una sola solución.
Volvieron a caminar despacio, hablando de banalidades, sin forzar los recuerdos. Llegaron a una vieja plaza donde los charcos reflejaban la luz de las farolas. Se sentaron en un banco, demasiado cerca para dos viejos amigos, demasiado lejos para dos amantes.
—¿Qué sigue? —preguntó Esteban—. Ahora que sabemos que no entendemos nada.
Claudia sonrió, y por primera vez desde hacía mucho tiempo sintió que podía respirar con libertad.
—Creo que podemos intentarlo de nuevo. Pero sin prometer nada, sin buscar respuestas inmediatas. Podemos simplemente... probar. Y si mañana volvemos a estar confundidos, reiremos de nuevo.
Se miraron, no como si buscaran descifrar qué había en el otro, sino como si aceptaran, de una vez por todas, el derecho a no saber.
El cielo seguía llorando despacio. Al fin, Esteban se atrevió a tomarle la mano, y juntos, en ese pequeño acuerdo sin cláusulas, se quedaron observando la ciudad transformarse bajo la lluvia. El amor, pensó Claudia, era quizá el arte de permanecer, a pesar de todo, en el centro mismo de la confusión.
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