Portada del relato Secretos debajo de las Dunas
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Fragmento:


Se arrodilló cerca de la frontera donde la marea besa la tierra. Allí el agua era un animal obediente, que venía a lamerle los pies, llevándose la mugre de la ciudad, los restos de perfume ajeno. Del bolsillo de su vestido extrajo el colgante de cobre, lo único que le había dejado Ion, el hombre con el que soñó otro futuro. El metal estaba tibio, sonreía luz en la oscuridad. Lysandra lo arrojó sobre las olas, y éste se hundió sin ruido.

Duración: 10:21

Secretos debajo de las Dunas
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Texto de ajuste de pausa.

Había regresado a la aldea costera, Lysandra, en el último tren de la tarde. Traía en la maleta más recuerdos que ropa; manos temblorosas, labios cansados de callar. Los años en la ciudad no la habían hecho olvidar la forma que tiene la noche cuando la brisa marina ahoga el murmullo de los grillos. Julio ponía a Cocora en estado febril: arena espolvoreada sobre los labios, fruta madura en los cestos, la memoria de un amor cuyo cuerpo, alguna madrugada, se deshizo en agua salada.

La playa a esta hora era suya y de nadie más. Caminaba descalza, permitiendo que la humedad le cosiera los pliegues de la falda a la piel. Más allá del rompeolas, la luna, redonda y descarada, lanzaba su reflejo hasta la orilla, un sendero de plata donde cada paso suyo era perseguido por la mitad sumergida de sí misma. Desde que era niña, Lysandra sospechaba que había en ese otro mundo una versión suya, hecha solo de deseo y de espuma, que vivía y sentía bajo la superficie pulida del mar.

Esa noche no buscaba respuestas, pero sí preguntas nuevas. Había huido de un amante que le supo a desencanto y promesas incumplidas, de sábanas frías y palabras sin eco. Aquí todo era distinto: el rugido continuo del mar borraba los nombres, el viento arrastraba recuerdos hasta el olvido. La sensación de ser apenas alguien, apenas cuerpo, apenas sal.

Se arrodilló cerca de la frontera donde la marea besa la tierra. Allí el agua era un animal obediente, que venía a lamerle los pies, llevándose la mugre de la ciudad, los restos de perfume ajeno. Del bolsillo de su vestido extrajo el colgante de cobre, lo único que le había dejado Ion, el hombre con el que soñó otro futuro. El metal estaba tibio, sonreía luz en la oscuridad. Lysandra lo arrojó sobre las olas, y éste se hundió sin ruido.

No había lágrimas, solo una expectativa extraña en su pecho, como si por fin pudiera respirar. Permaneció tiempo indefinido allí, arrullada por la noche y el agua, hasta que un susurro imposible le heló la nuca.

—No todo lo que abandonas deja de pertenecerte.

Lysandra se levantó de un salto. No estaba sola. A pocos pasos, semioculto tras la cortina de bruma que subía de la arena, alguien la observaba. Al principio creyó que era un pescador tardío, o un loco embriagado, pero la figura se movía como ningún humano: piel húmeda, vestida de oscuridad, ojos brillantes como perlas rotas.

Retrocedió, pero el desconocido no se acercó. Solo extendió la mano: en la palma, el colgante de cobre, recién salvado de la marea, brillaba como si la luna lo hubiera parido.

—¿Quién eres?

—Uno que recuerda todo lo que tú prefieres olvidar.

La voz era grave y dulce, un rumor semejante a las promesas de aquel Ion, pero con la fuerza de la noche misma. Lysandra no sabía si debía asustarse o dejarse arrastrar por la curiosidad. Dio un paso adelante, la brisa le desordenó los cabellos. El extraño se irguió, y la luz mostró un perfil imposible: era hombre y también algo más, piel clara y, en los tobillos, escamas diminutas centelleaban como el oro bajo el agua.

—¿Eres uno de ellos? —murmuró Lysandra, apenas creyendo en los viejos cuentos de su abuela sobre amantes marinos y jinetes del abismo.

El ser le sonrió, irónico y paciente.

—Quizá. O quizá solo soy la respuesta a la pregunta que lanzaste con tu ofrenda.

El colgante cayó de su mano al espacio intermedio, justo donde el agua y la arena se disputan la posesión del mundo. Lysandra lo recogió, temblorosa, y sintió en los dedos un escalofrío que le recorrió el vientre, chispeando deseo y miedo. Cuando levantó la vista, el desconocido la estudiaba como si pudiera ver hasta el fondo de sus pensamientos.

—¿Qué quieres de mí?

—Lo que tú quieras de mí —susurró él—. Pero recuerda: toda deuda que se paga en la playa, debe devolverse en la marea más alta.

Esas palabras eran un conjuro. Lysandra no supo decir por qué, pero la luna pareció acercarse y el mar arremolinarse alrededor de ellos, como si no existiera más universo que esa orilla hechizada. El corazón golpeaba, feroz, y con cada sístole, la sensación de estar otra vez viva, voraz, infinitamente deseada.

—¿Te quedarás conmigo esta noche? —se atrevió a preguntar, la promesa de peligro y placer tensando la atmósfera.

—No puedo irme, Lysandra. Estoy aquí porque me has llamado, y hasta que la deuda no se pague, soy tuyo.

Entonces fue ella quien se acercó, decidida, descalza en la noche. Tocó el rostro húmedo del extraño, deslizó sus dedos por la línea afilada de la mandíbula, percibió la piel extraña: humana y escamada, firme y sedosa. Un calor distinto la invadió, y se permitió desear, con toda la fuerza de años de represión y resignaciones. Ion, la ciudad, el dolor: todo se disolvió como sal en la espuma. Solo estaba la presencia de esa criatura, cuya boca, ahora, rozaba la suya con el mismo sigilo del oleaje.

Él la besó sin prisa, como si supiera que la espera es parte del placer, como si la lengua y la saliva pudieran descifrar los secretos que hasta la propia Lysandra se negaba a confesar. Ella respondió, primero con timidez, luego con hambre, arrastrándolo hasta que ambos cayeron sobre la arena húmeda, donde la frontera entre mar y tierra se desdibujaba.

Se amaron bajo la luna, entre la inquietud de la marea y el aroma a algas rotas. El cuerpo de él tenía una tersura desconocida, más cálida cuanto más lo acariciaba, ventral, líquida. Los hombros resbaladizos, el abdomen blindado a medias por escamas que no herían, sino que respondían a las caricias como si respiraran. Había en sus movimientos una cadencia brutalmente sincera, un ritmo que obedecía a la marea, y provocaba en Lysandra un fuego helado, una pulsión olvidada, la certeza de ser eterna justo en el instante del estremecimiento.

Cuando alcanzaron el clímax, él se incorporó y la abrazó, su aliento lleno de sal en la curva del cuello. Lysandra notó una humedad que no venía del mar; era otra cosa, el rastro de una emoción absolutamente humana.

—¿Por qué lloras?

—Porque todavía no has decidido si me vas a dejar.

El mar estaba en calma, como si hubiera contenido el aliento por ellos. Lysandra tembló, no de frío, sino de una resolución inesperada.

—Te quedas. Al menos hasta el alba.

El extraño asintió, y la cubrió con su cuerpo, protegiéndola del frío. Quedaron así, envueltos en la noche, escuchando la melodía monótona de las olas y la respiración acompasada. Los límites entre humana y criatura, entre realidad y fábula, se hicieron borrosos.

El alba no tardó en desplegar sus dedos dorados sobre el agua. Cuando Lysandra abrió los ojos, creyó que todo había sido un sueño, pero en su mano aún brillaba el colgante de cobre, ardiente por dentro, como el corazón de una promesa.

Junto a ella, el amante marino dormitaba. Había en su expresión una tristeza nueva y una hermosura feroz que la estremecía incluso ahora, a la luz franca del día. Lysandra se preguntó qué ocurriría después: ¿su destino sería perderlo cuando la marea subiera otra vez? ¿O podía desafiar como mujer y como amante todo lo que estaba escrito en la arena?

Despertó a su acompañante con un beso. Él sonrió, y a la luz del sol, sus ojos no parecían menos imposibles, solo más humanos.

—El tiempo es distinto para los que pertenecemos al mar. Si te quedas, tendrás que pagar tu precio.

—¿Y si no pago?

—El mar no olvida, Lysandra. Pero tampoco sabe huir.

Ella rió suavemente, tomó la mano de la criatura, y juntos caminaron hacia el pueblo, los pies dejando huellas que la marea no se apresuró a borrar. Atravesaron las dunas mientras el sol subía alto. Sabía que los aldeanos cuchichearían, que inventarían historias sobre la mujer “perdida en la playa” y el hombre “nacido de la tormenta”. A Lysandra no le importaba. Por primera vez no debía explicaciones a nadie.

El verano trajo noches idénticas y distintos rostros de la pasión. A veces, junto al mar, Lysandra y su amante jugaban en la espuma como niños. Otras, se entregaban a la lujuria entre sábanas calientes, con la ventana abierta para que el salitre prendiera el aire. Descubría en su piel signos y símbolos que cambiaban con las fases de la luna y las mareas. Algunas madrugadas él la arrastraba al agua, y allí debajo le enseñaba placeres que ningún humano había sentido jamás: la sensación de perder el aliento, de ser parte del oleaje, devorada y salvada al mismo tiempo.

Pero cada encuentro, sin importar lo intenso, cargaba la sombra de la advertencia: una deuda pendiente, una promesa firmada con el mar y la carne. Lysandra intuía que ese amor no podía durar más allá de la estación, que tarde o temprano el mar reclamaría lo que era suyo.

La última noche de julio, Lysandra se arrodilló en la orilla, idéntica a aquella primera vez. El viento traía el rumor de una tormenta en ciernes. Su amante apareció sin anunciarse, silencioso y hermoso en su desolación marina.

—Es hora, Lysandra.

—¿Debe ser hoy?

—La luna ha cambiado. El pacto se cumple o el mar lo tomará por la fuerza.

Por primera vez, Lysandra sintió miedo. No por ella, sino por todo lo que perdería si decía que sí, pero también por aquello que podría morir si negaba a esa fuerza antigua. Entonces recordó lo que él le dijo: “No todo lo que abandonas deja de pertenecerte.”

El mar, pensó, no es solo agua; es el pulso de todo lo que alguna vez fue amado.

—Dime, ¿serás mío si me quedo? ¿O me olvidarás bajo las olas?

—Jamás podría olvidarte. En el mar no existe el olvido, solo la transformación.

Lysandra se desprendió del vestido, de la última defensa humana. Sola, descendió a las frías aguas, sintiendo bajo sus pies el tirón, la llamada de algo mayor que ella. La criatura la abrazó y, por fin, los dos se sumergieron en el abismo donde el deseo y la muerte conviven como amantes antiguos.

La aldea habló durante años de la joven mujer que marchó con la tempestad y nunca volvió. Pero bastaba acercarse en las noches de luna llena a la playa silente y encontrar, entre las ondas y la espuma, dos sombras enlazadas que bailan y se aman eternamente donde acaba la arena y empieza el mar.

Porque en toda promesa hecha en la orilla, hay una eternidad aguardando bajo la espuma. Y en cada amante que se entrega al abismo, una historia de pasión, deuda y renacimiento.

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