Portada del relato La pasión de encontrar(te)
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Fragmento:


Julia caminó hasta el mostrador y apoyó los codos sobre la madera nueva, como si la conociera de toda la vida. El aguacero seguía golpeando los cristales, pero la librería se sentía como el único refugio en kilómetros.

Duración: 10:11

La pasión de encontrar(te)
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Texto de ajuste de pausa.

La primera vez que Sue vio a Julia fue por accidente, pero el universo tiene su propio sentido del humor. Habían planeado la apertura de la nueva librería en el barrio para el sábado por la tarde, justo cuando la ciudad parecía querer lavarse las heridas, porque una tormenta se desató sin piedad. Mientras la gente se guarecía entre paraguas y cafeterías, Sue estaba justo junto al aparador, intentando organizar esos libros especiales que creía atraerían a los lectores de miradas lo suficientemente curiosas. Los dedos de Sue temblaban, quizá porque deseaba que todo saliera perfecto, quizá porque estaba cansada, quizá porque en el fondo sentía que lo esencial no era la apertura, sino el anhelo que palpitaba en su pecho desde hace meses, sin nombre ni forma.

Julia llegó empapada, con la gabardina pegada a la piel y el pelo pegado de forma caótica a la cara. Al cruzar la puerta, la campanilla tintineó, captando la atención de Sue con un solo sonido. Julia sonrió, forzadamente primero, después con sinceridad, como si estuvieran en una obra de teatro que ambas conocían bien pero donde los papeles nunca se ensayaron.

—¿Puedo…? —preguntó Julia, y antes de terminar la frase, Sue ya estaba ofreciendo una toalla de atrás del mostrador.

—Han dicho que abrirían hasta las cinco, ¿no? —insistió Julia con voz baja, y sus palabras parecían golpear directamente algún sitio desconocido en el vientre de Sue.

—Faltan diez minutos. Pero parece que ambas necesitamos un poco de refugio —respondió Sue, dejando escapar una sonrisa un poco insegura—. Y si tienes frío, café hay bastante.

Julia asintió, aceptando la toalla. Había algo en ella, en la forma en que miraba los estantes, en cómo mordía ligeramente el labio, que tenía una intensidad casi eléctrica. Sue lo notó enseguida, como si las ráfagas de viento hubiesen dejado una chispa solo para ellas, entre la humedad y el olor a tinta y papel.

Mientras Sue encendía la cafetera, Julia deambuló entre los estantes aún no del todo acomodados. Observó los títulos, acarició el lomo de un libro de Machado y a punto estuvo de sacar uno de Sándor Márai, pero algo la detuvo. Se giró y miró a Sue, que luchaba con la cafetera.

—¿Eres tú la dueña? —preguntó Julia, tan directa que a Sue casi se le cae la bolsa de café.

—Sí… Bueno, soy la responsable. El proyecto es un poco mío, un poco de mis socios, pero les gusta decir que yo soy la dueña —replicó, y el matiz de orgullo en su voz solo era igualado por su rubor.

Julia caminó hasta el mostrador y apoyó los codos sobre la madera nueva, como si la conociera de toda la vida. El aguacero seguía golpeando los cristales, pero la librería se sentía como el único refugio en kilómetros.

—Entonces felicidades —murmuró Julia, y su mirada era tan suave como el efecto de la cafeína a las tres de la tarde—. No es fácil abrir puertas hoy en día. ¿Por qué una librería?

Sue rió un poco, con esa mezcla de nerviosismo y alivio de tener a alguien al otro lado del mostrador interesado de verdad.

—Supongo que porque aquí, entre letras, siempre tuve la esperanza de encontrar algo que no sabía poner en palabras —admitió.

Julia la miró largo rato y después asintió, como si hubiesen sellado un pequeño pacto.

El café humeó en tazas y no hablaron de trivialidades. Julia resultó ser editora freelance, el tipo de mujer que colecciona silencios y frases desconocidas para soltarlas de pronto como quien lanza monedas a un pozo. Habló de sus autores favoritos, de sus alergias, de la vez que vivió en Berlín y de las cartas nunca enviadas que guardaba en una caja bajo la cama.

El local, vacío como un escenario esperando la obra, se llenó de confidencias y risas tímidas hasta que la tormenta cedió. Julia, al despedirse, deslizó una tarjeta sobre el mostrador. —Por si tienes algún manuscrito que merezca la pena —susurró, y la campanilla fue el acorde de cierre.

A los días, Julia volvió. Fue una visita breve en apariencia, pero la conversación se reanudó casi en el mismo punto. Sue se descubrió observando esos dedos largos y el modo en que Julia se despejaba el cabello del rostro. Había una danza tranquila en sus encuentros, pero a la vez cierta impaciencia, un fuego bajo la superficie.

Poco a poco, las charlas fueron salpicadas de bromas, de miradas que se sostenían un segundo más allá de lo decoroso. Los murmullos en la librería se convirtieron en cenas improvisadas en la trastienda, con velas y vasos de vino, mientras Julia leía en voz alta relatos inéditos o fragmentos de alguna autora poco conocida.

Una noche, tras uno de esos encuentros, Julia se atrevió a leer algo propio. Sus palabras eran filosas y dulces, mezcla de autoconfesión y cuento. Cuando terminó, el silencio se hizo largo y denso.

—Las historias no siempre tienen final feliz —musitó Julia, apartando la mirada.

Sue la miró fijo, como si temiera perder el significado de esas palabras. Se acercó, sin pensar demasiado, sentándose a su lado.

—Tampoco los comienzos suelen ser fáciles, ¿no crees? —susurró Sue.

Julia suspiró, hundiendo el rostro entre las manos.

—He estado huyendo tanto tiempo, Sue. De la gente que espera que una sea siempre clara, de la gente que pregunta en voz baja si eres “eso”. Del dolor de abrirte con alguien y que simplemente no quiera quedarse. Y a veces me pregunto si queda espacio para nosotras, para querer, para… toda esta locura que siento aquí —y se tocó el pecho, como si arrancara la palabra exacta de entre las costillas.

Por un momento, Sue tuvo miedo de que la distancia se abriera como un foso. Pero recordó todos los años en que también sintió que no pertenecía, que amar era una puerta cerrada para ella.

—Somos todo lo contrario a una casualidad, Julia —dijo, y sus manos encontraron tímidamente las de Julia sobre la mesa—. No prometo entender todos tus miedos, pero sí espero entenderte a ti. Podemos discutir por quién lava los platos, por qué libro leer o por mi música horrible, pero no voy a dejarte pelear sola con ese montón de preguntas.

Julia la miró entonces, y la sombra en sus ojos parecía disiparse un poco.

—No debería ser tan difícil —murmuró—. Amar. Nombrarnos.

—No, pero a veces lo es —concedió Sue—. Y no por eso vamos a dejarlo de intentar.

Esa noche, Julia la besó por primera vez. Fue un beso torpe, de búsqueda, más necesario que perfecto. Entre los estantes llenos de libros nuevos, las palabras escritas y por escribir, se atrevieron a empezar algo.

Pero ningún amor baila sobre algodones solamente. Poco después, durante una reunión con amigos de Julia, el tema surgió como a menudo lo hace, entre bromas y debates. Un hombre alzó la copa y lanzó la frase que congeló el aire del bar: “A fin de cuentas, las relaciones de mujeres son todo drama, ¿verdad?”

Sue notó cómo Julia se tensaba a su lado. Notó también la mirada que le echó, buscando tal vez su apoyo, su complicidad. Ahí estaban, expuestas, en mitad de un pequeño grupo que, durante meses, le había sido ajeno.

—¿Por qué? —preguntó Sue, con una voz neutra pero cargada de electricidad—. ¿Por qué drama?

El amigo se encogió de hombros, y rió entre dientes—. Bah, seguro que no es para tanto, pero… ya sabes, tantas emociones, todo tan intenso. ¿No?

Julia hundió un poco la cabeza. Pero antes de que la conversación huyera hacia otro tema, Sue tomó la mano de Julia y la apretó, levantando un poco la frente.

—Las emociones no son un defecto —dijo, y la certeza en su voz no dejaba lugar a réplica—. Ser mujer y amar a una mujer no es más complicado, es simplemente distinto. Y sí, a veces es difícil, porque la gente piensa que tiene derecho a decidir cómo debemos sentir o amar. Pero aquí estamos.

Julia la miró y esta vez sonrió, un poco sorprendida, un poco agradecida. Al salir del bar, la discusión había quedado atrás, pero también dejó huella.

—Tengo miedo —susurró Julia en la calle oscura—. Soy la mujer fuerte, la que debate en los cafés, la que aconseja a sus amigas. Pero me aterra el juicio, la desaprobación. Incluso aquí, contigo, a veces temo no ser suficiente.

Sue dudó antes de responder. El amor también es incertidumbre.

—La fuerza no es dejar de tener miedo —se atrevió a decir—. Es admitir que lo sientes y, aún así, abrirte. Y si alguna vez no te sientes suficiente, déjame recordártelo. Déjame estar contigo incluso en tus dudas.

Julia sonrió, primero con los labios, luego con los ojos.

—Para alguien que no prometía finales felices, eres bastante buena improvisando futuros.

—Tal vez, porque contigo escribiría cualquier historia, incluso la más difícil —dijo Sue, y sentía que por fin llamaba a las cosas por su nombre.

Con el tiempo, las discusiones se volvieron parte de su idioma privado. Peleaban por la mejor manera de ordenar los estantes, por quién usaba más café, por los finales abiertos en las películas. Pero cada disputa era una invitación. Un desafío para conocerse mejor, para cruzar los límites y desmontar sus propios muros.

Un domingo de invierno, mientras afuera nevaba y la librería olía a galletas y café, Julia y Sue discutieron de nuevo. Esta vez, por un poema de Adrienne Rich.

—No puedes tomarlo como si solo hablara de ella —decía Sue, señalando el libro—. Se trata de nosotras, de todas. De la valentía, del miedo, de saltar sin red.

—Y tú siempre piensas que todo poema es una declaración de guerra —replicó Julia, divertida—. Tal vez solo es amor.

Se miraron al fin, en ese espacio pequeño donde las palabras sobraban. Y ahí, como en cada inicio, entendieron que en cada discusión había una oportunidad de elegirse de nuevo.

La luz del atardecer, filtrándose por los cristales empañados, las abrazó suavemente. A su modo, la vida seguía, impredecible, hermosamente imperfecta. Afuera, la ciudad se recolocaba tras la tormenta; adentro, dos mujeres continuaban aprendiendo a amarse, a equivocarse, a discutir cuando fuera necesario, a volverlo todo literatura compartida.

Y no hacía falta un final feliz. Solo el presente, vivo y sincero, como las historias que de verdad resisten el paso del tiempo.

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