Fragmento:
Ambas se rieron, mientras la tormenta arreciaba afuera, el sonido del agua retumbando contra el techo de metal sobre sus cabezas. Adela, con sus veintiocho años, había aprendido a resguardarse detrás de cierta indiferencia estudiada, pero aquel comentario y la manera en que la extraña sostenía la bufanda mojada le arrancaron un gesto más genuino de simpatía.
Duración: 08:25
El universo, a veces, da vueltas extrañas para empujar a dos personas a encontrarse. Eso lo supo Adela incluso antes de que la noche comenzara a torcerse en aquel andén de tren, bajo un cielo amenazante que parecía retener toda la lluvia del mundo. El reloj de la estación daba las nueve y cuarto, y apenas quedaban ya viajeros a esa hora, pero Adela había perdido el último tren por ocho insufribles minutos y, junto a su pequeña maleta roja, aguardaba resignada el siguiente. Eran finales de octubre y hacía frío, el tipo de frío que se filtra bajo la ropa y la piel y se instala cerca del corazón.
Leía distraídamente las notificaciones del móvil cuando, en un destello de azul y fucsia, una figura entró corriendo, escapando de un chaparrón furioso. El abrigo largo, empapado, chorreaba por el suelo, y las botas llevaban el barro reciente de las calles. Pero lo más llamativo era el cabello azul eléctrico, cuidadosamente peinado al estilo punk, y una bufanda fucsia brillante que, apenas tuvo oportunidad, la recién llegada estrujó entre las manos para intentar secarla.
–Si crees que me veo horrible, no tienes que decírmelo –dijo, dándose cuenta de la mirada fija de Adela. Su voz era ronca y simpática, sin rastro de vergüenza.
Adela sonrió, esbozando una risa nerviosa. –En realidad, me estaba preguntando cómo lograbas que tu cabello mantuviera ese azul tan puro con este clima.
La desconocida relajó los hombros y, por un instante, el vértigo de la soledad en el andén dejó de pesar. –Es el resultado de muchas malas decisiones y algo de buena genética –contestó.
Ambas se rieron, mientras la tormenta arreciaba afuera, el sonido del agua retumbando contra el techo de metal sobre sus cabezas. Adela, con sus veintiocho años, había aprendido a resguardarse detrás de cierta indiferencia estudiada, pero aquel comentario y la manera en que la extraña sostenía la bufanda mojada le arrancaron un gesto más genuino de simpatía.
–Soy Adela, por cierto –dijo, extendiendo la mano.
–Saida –respondió la otra, aceptando el apretón con un calor inesperado en la palma.
Se sentaron en el banco más cercano, separadas tan solo por la maleta. Saida sacó de su bolso un libro mojado y un paquete de galletas caseras desmoronadas y le ofreció una a Adela, quien aceptó con una sonrisa.
–Parece la noche perfecta para galletas y confesiones –dijo Saida, mirándola fija a los ojos.
Adela se atrevió, por primera vez en mucho tiempo, a mirarla de verdad, a dejar que esa mirada franca la alcanzara. Notó la pequeña cicatriz junto al arco de la ceja, el lunar diminuto en la comisura de los labios, detalles que, pensó, eran imposibles de ignorar para alguien observador.
–¿Qué tipo de confesiones? –preguntó, haciéndose la inocente y sintiéndose, sin razón aparente, como en la antesala de un salto al vacío.
–De todo tipo. En noches así –continuó Saida, encogiéndose de hombros– suelo preguntarme si hay alguien que, en algún rincón del mundo, esté pensando en mí con un mínimo de cariño. Quizá es melancolía, o solo que odio mojarme.
Adela soltó la carcajada, sorprendiéndose a sí misma por lo fácil que le salía. Hacía meses, quizá años, que dejarse fluir le era casi imposible.
–Me parece justo que alguien piense en ti. Por el color del pelo y el arte de las galletas, al menos.
Saida resopló, como si ese cumplido le resultase incómodamente cálido, y luego entornó los ojos.
–¿Y tú? ¿A quién quisieras que te pensara?
Adela enmudeció unos segundos, eligiendo las palabras. Venía de una ruptura complicada; le habían robado la confianza, y rearmarla le parecía tan complicado como cruzar aquel andén sin mojarse ni una pizca. Sin embargo, la sinceridad de esa pregunta y la mirada curiosa de Saida le permitieron, por instinto, entreabrir la puerta de su vida.
–Me gustaría que me pensara alguien que aún no he conocido. Alguien a quien no le importe que soy tan torpe para los comienzos como para los finales.
La sinceridad cayó entre ambas como una piedra lanzada al agua quieta. Saida asintió, dándole gravedad a esas palabras.
Afuera, el trueno resonó y algunas luces de la estación parpadearon. La voz metálica del altavoz anunció que el tren se retrasaría treinta minutos más. Un lamento colectivo surgió en los andenes, pero entre Adela y Saida, eso tendía un puente invisible, una excusa para seguir compartiendo.
–¿Te han dicho que pareces fuera de sitio aquí? –preguntó Adela, señalando la bufanda y el aura chispeante de Saida.
–Uf, me lo han dicho mucho… y aún así insisto. Es mi noche de insomnio voluntario.
Iban y venían en temas: música, películas, las excentricidades de sus trabajos. Adela era veterinaria pero confesó, después de cierta presión amistosa, que le costaba decir “no” a las familias que querían que curase a golondrinas, gatos callejeros y hasta mariposas heridas. Saida resultó ser tatuadora y, con orgullo, mostró fotos de sus últimos trabajos. Había algo fascinante y honesto en su forma de hablar, una manera de burlarse de sí misma que hacía más fácil desnudarse de juicios.
En algún momento, ya con la tormenta amainando y un café templado que la máquina de la estación apenas pudo ofrecerles, Saida preguntó:
–¿Cuántas veces has pensado en irte sin mirar atrás?
Casi en un susurro, era una pregunta dirigida a la vulnerabilidad. Adela se tensó, respondió, después de una pausa:
–A veces lo planeo, pero nunca lo hago. Hay demasiados lazos, y a veces me asusta no saber dónde estaría bien estar.
Saida, en cambio, negó con la cabeza. –Yo sí lo he hecho. Como un acto de fe, o de fuga. Y a veces pienso que viajar sin destino es la forma más pura de conocerse.
Se miraron entonces de manera distinta. No solo como desconocidas que comparten refugio, sino como dos islas que, por un capricho de la marea, se permiten tocarse.
El silencio siguiente fue lleno de pensamientos, de ganas no dichas, de miedos que brillaban un poco menos bajo la presencia cercana. Adela, movida por el impulso, tomó la bufanda fucsia y la envolvió alrededor del cuello de Saida, ayudando a escurrirla.
–Tu color –dijo, suave– combina con tu mirada arrebatada.
Hubo una chispa. Saida, riéndose bajo la bufanda, acercó su rostro a centímetros del de Adela. Podía oler el perfume, la mezcla de café y pan tostado, la lluvia atrapada en la ropa.
–No suelo besar desconocidas en estaciones –susurró–, pero no quiero subirme a ningún tren esta noche sin hacerlo.
Adela no supo si fue ella quien acortó el espacio, pero sus bocas se encontraron en un beso lento, hondo, de descubrimiento. Fue el tipo de beso que no pide nada, solo confirma que hay calor donde antes solo había frío.
No se dijeron gran cosa después. Siguieron sentadas, apretadas una contra la otra, riendo bajito, contándose sueños de relojes y de trenes que nunca llegan. Afuera, la lluvia fue cediendo a una niebla persistente, y pronto las luces de la estación se reflejaban en los charcos. El tren llegó al fin y, por un segundo, el hechizo pareció romperse.
Saida recogió su bolso y su libro empapado, pero antes de moverse, miró a Adela directamente a los ojos.
–¿Quieres que el viaje termine aquí? –preguntó, con la voz temblorosa de esperanza.
Adela negó, por primera vez totalmente segura de su impulso.
–Creo que me gustaría perder algún que otro tren contigo.
Así fue como se encontraron viajando juntas en el primer vagón. Saida se acomodó a su lado, el cabello azul recostado sobre el hombro de Adela. Compartieron la manta de emergencia que un amable revisor les prestó y, con la misma complicidad de la estación, siguieron explorándose en palabras y caricias furtivas, en pequeños gestos que prometían más noches de refugio.
En el traqueteo de los raíles, mientras el mundo afuera se diluía en ochos de neón y farolas mojadas, Adela entendió que los reencuentros más profundos son a veces los que tenemos con nosotros mismos, de la mano de alguien que, con un solo gesto, nos reconcilia con la idea de renacer.
Y cuando bajaron en el siguiente pueblo, todavía oscuro y silencioso, supieron ambas que la historia que acababa de empezar no dependía del azar, ni de tormentas, ni de horarios. Que el encuentro fortuito, cuajado de titubeos y café malo, era apenas el primer capítulo de una de esas historias que, si se las cuenta bien, terminan por habitar para siempre en los lugares más tibiamente inesperados del corazón.
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