Portada del relato Bajo la Luz del Ocaso
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Fragmento:


Luna guardó silencio un momento más y, al final, apoyó su mano encima de la mesa, a medio camino entre ellas. No era invitación, ni tampoco despedida, pero el aire cambió. Cass la miró a los ojos y por un momento el universo pareció, por fin, poder reorganizarse.

Duración: 09:11

Bajo la Luz del Ocaso
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Texto de ajuste de pausa.

La campanilla de la pequeña puerta de la librería “Alquimia” tintineó con suavidad mientras Cass avanzaba despacio, sosteniendo entre sus dedos un tomo antiguo de poesía. El aire en el local olía a polvo, madera vieja y flores frescas, porque Luna había dejado, como cada lunes, un ramo improvisado en el balcón. Era un ritual casi secreto entre ellas, gestos minúsculos que bailaban al margen de lo cotidiano, como panes rotos y sonrisas prestadas.

Había costado meses entenderse, siquiera saludarse sin ese miedo agudo, casi infantil, a ser descubiertas; pero desde la primera vez que sus miradas se encontraron, cuando Cass todavía era sólo una clienta tímida y Luna se ocultaba tras las pilas de “Reinas Olvidadas de Occidente”, algo comenzó a bullir entre ellas. Era un anhelo sordo, de esos que se clavan despacito y duelen únicamente cuando los nombras.

El verano pronto incendiaría Barcelona, y aquella tarde cargada de nubes era la última de la primavera. Luna —cuyo verdadero nombre era Paloma pero nunca reconocía ese secreto ni siquiera con su reflejo— estaba apilando apuntes detrás del mostrador. Sus dedos largos y amenazados por manchas de tinta tenían el don de doblar esquinas o acomodar versos y hacerlos suyos. Cass admiraba esa destreza, esa extraña soltura en todo lo que Luna tocaba.

Cass seguía fingiendo interés en las primeras ediciones de Rilke, pero en realidad solo esperaba a que Luna levantara la cabeza, le ofreciera una sonrisa de las sinceras, y sucediera de nuevo ese breve contacto. Pero ninguna de las dos hablaba del todo. Ni de las noches sin aire ni de la electricidad encerrada en las yemas de sus dedos.

—¿Quieres té? —musitó Luna al fin, y fue como abrir una ventana en un cuarto cerrado demasiados meses.

—Sí, si tienes de jazmín… —Cass apenas reconoció su voz, tan suave que la plegó en dos para que no molestara nada ni a nadie.

Se sentaron juntas al fondo con las tazas humeantes, cruzadas de piernas y sin poder mirarse más de lo estrictamente necesario. La librería era su escondite y, a la vez, el escenario imposible donde todo podía pasar salvo, por miedo, lo verdaderamente importante.

—Voy a cerrar un poco antes, ¿te importa? —dijo Luna, apoyando un antebrazo en la mesa, con el cabello corto desordenado y el mohín aquel, siempre entre la ironía y la ternura.

—Claro, no hay prisa.

El silencio fue cayendo de a gotas, largo y espeso, hasta que el sol comenzó a teñir de oro y violeta las baldosas del suelo.

Cass apuró el té, sintiendo las palabras bullirle bajo la lengua. Sabía que el orgullo —o el miedo— matarían cualquier cosa naciente si no hacía algo.

—¿Vendrás mañana? —preguntó Luna de pronto, mordiéndose un poco el labio inferior.

—Mañana están de obras en mi sitio de trabajo, así que… podríamos almorzar. O si quieres ir a caminar…

—Al almuerzo, sí…

La timidez flotaba, pero habían roto algo, un borde, un muro frágil.

Luna guardó silencio un momento más y, al final, apoyó su mano encima de la mesa, a medio camino entre ellas. No era invitación, ni tampoco despedida, pero el aire cambió. Cass la miró a los ojos y por un momento el universo pareció, por fin, poder reorganizarse.

—A veces pienso que todo esto es tan frágil… Todo este… —Luna dejaba colgar sus frases, como si no merecieran terminar.

Cass tomó aire.

—No lo somos. No del todo, ¿sabes? Hay partes de mí que no se venden ni se rompen aunque quieran. Y si tú…

Sus dedos se encontraron. El primer contacto fue fuego y hielo y vértigo.

No se besaron esa tarde, ni la siguiente. Pero caminaron por el barrio Gótico, dejaron que la ciudad las tragara y escupiera al mar. Siguieron avanzando. Descubrieron que compartían fobias y una pasión desmedida por las películas francesas de los 90, que Luna cantaba fatal pero lo hacía siempre en los pasos de peatones y que Cass, antes de dormir, escribía cartas largas a sus amigas en otros países, cartas jamás enviadas.

Pero todo misterio pide revelación. La siguiente vez que el temor asomó, dentro del cuarto extraño de Luna, revestido de pósters y postales de cine mudo, ya no pudieron fingir. Fue un sábado de lluvia ciega, con la ventana empañada y la llave de la puerta bien girada.

—¿Sabes cuando… se tienen demasiados recuerdos, pero ninguno propio? —Luna le preguntó, tumbada boca arriba en la cama, mirando el humo de un cigarrillo que no se decidía a consumirse.

Cass pensó y se le escapó una risa insegura.

—No. Los míos son mis monstruos personales, no necesito fabular más.

—Yo sí.

Le tendió la mano, y Cass la tomó sin pensar.

—¿Por qué me miras así?

—Porque eres real —replicó Cass—. Y yo… necesito saberlo.

Las caras a treinta centímetros, los corazones ardiendo en la niebla, el temblor aún más fuerte porque no se atrevían a decir todo lo que dolía.

Esta vez Cass sí besó a Luna, primero despacio, como preguntando permiso, después con la urgencia de quien ha estado demasiado tiempo sin respirar. Los cuerpos se plegaron sobre la colcha de retazos multicolores y hubo un breve instante donde el mundo no sólo se detuvo, sino que pareció borrar todos los nombres y miedos. La lengua de Luna era dulce y amarga, olía a manzana Granny Smith y a jazmín.

Se exploraron con lentitud, como se leen los libros prohibidos: sabiendo que lo prohibido no es el deseo, sino el miedo a desear. Cass hundió el rostro en el cuello de Luna, besándola entre el pulso y la clavícula, mientras ella le acariciaba la espalda, desabrochando camisa y certezas con una delicadeza voraz.

—No me mires ahora —suplicó Luna en un susurro, cuando la piel desnuda se expuso bajo la luz mínima de una vela torcida.

Pero Cass la miró. No como quien observa, sino como la única forma posible de protegerla del horror de no ser vista, de no ser nunca nombrada.

Juntaron las piernas, los cuerpos, el sudor y el espasmo. Los dedos se anudaron, temblorosos —torpes de deseo y de gratitud— mientras el placer llegaba como una crecida inevitable. Muchas veces, después de ese primer encuentro, Luna lloró sin razón, apoyada contra el pecho de Cass, que la acunaba calladamente.

Cass entendía; no hacía falta hablar. Dos cuerpos exhaustos pueden ser más honestos que cien promesas.

Pasaron semanas con ese idilio secreto, aprendiendo cómo amar y ser amadas después de años de mordidas y frases inconclusas. No fue fácil. Algunas noches el miedo regresaba, sobre todo cuando, fuera del refugio de la librería o del apartamento, las miradas de otros podían volverse cuchillos. Pero aprendieron a sortearlos, a darse la mano bajo la mesa, a sonreír como si desafiaran el mundo por cada gesto pequeño.

La primera vez que Cass aceptó asistir con Luna a una cena con el círculo de amistades de ésta, el estómago se le encogía como antes de un examen imposible. Pero Luna la miró, vestida con una camisa azul y un pendiente grande de plata, y supo que era ahí donde debía estar. Durante la cena, entre las risas y los brindis, Luna la tomó de la mano abiertamente, ante todos, y le rozó la muñeca con el pulgar. Rosa, una amiga del grupo, arqueó una ceja, sonrió, y brindó “por las pecadoras, que son las que escriben la historia cuando nadie mira”.

Aquella noche acabaron borrachas de sangría, en la terraza del apartamento de Luna. Desde la ciudad llegaban rumores de música y sirenas. Luna recitó de memoria a Gloria Fuertes y Cass se río hasta las lágrimas. Cuando paró, Luna la besó la frente, los párpados, las cicatrices invisibles.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—No sé… todo parece de verdad.

—Lo es —dijo Luna, y apoyó la frente contra la de Cass.

—Tengo miedo —admitió Cass.

—Yo también, pero prefiero esto a todo lo que tuve antes.

A su alrededor, la vida seguía, ignorándolas o bendiciéndolas, quién sabía.

**

Con el tiempo aprendieron a reírse de sus torpezas, a ver series policíacas mal dobladas y a inventar frases en argot inventado. Días de orden y desorden y noches largas, con semanas mejores y otras peligrosamente cargadas de discusiones o temores. Pero cada mañana amanecían juntas, y el simple hecho de saberse “nosotras” les parecía prodigioso.

La librería resistió nuevos inviernos; Cass consiguió un trabajo estable en una editorial pequeña y, más tarde, ambas se permitieron soñar conversaciones para dentro de veinte años: la mudanza a un piso con terraza, un viaje juntas a Lisboa, una gata de pelo corto.

A veces, años después de aquel primer beso, Luna aún le dejaba flores en el balcón y Cass le respondía con poemas doblados dentro de las primeras páginas de los libros de la semana. Supieron que el amor auténtico es esa quietud compartida en medio del ruido, la luz que queda cuando todo lo demás es sombra, la fe de quien cree —pese a todo— en la verdad radical y hermosa de dos cuerpos buscándose al final de un día imposible.

Y cada vez que una nueva primavera llegaba, Cass y Luna celebraban con otro ramo en el balcón de “Alquimia”. Porque sabían, como sólo saben los que han sobrevivido a la imposición del silencio, que hay victorias que no se gritan. Se viven, y basta.

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