Portada del relato Bajo el mismo cielo, distintos cuerpos
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Fragmento:


Clara se apoyó contra la viga, sus ojos color avellana fijos en los de Ana.

Duración: 09:42

Bajo el mismo cielo, distintos cuerpos
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia caía mansamente contra los ventanales del hotel Boutique Esperanza, en el corazón antiguo de Sevilla. Las gotas esculpían caminos líquidos en los cristales, difuminando los faroles naranjas y la silueta de las naranjas que colgaban pesadas de los árboles del patio interior. Ana sostenía una copa de vino entre los dedos, su reflejo dividido por la multitud de aguas en la ventana. Llevaba la bufanda violeta que le tejió su hermana y los recuerdos recientes de Madrid puestos como un abrigo invisible; era una barrera más difícil de quitar que el propio impermeable.

Estaba allí por accidente, o eso se decía. Su calendario de trabajo no preveía escapadas en marzo, pero el cansancio de una temporada de insomnio y dudas la había empujado casi a la fuerza a buscar alojamiento en el primer lugar con una cama blanda y promesa de desayuno. Observó cómo una pareja se reía bajo el alero del patio, una de ellas arrojando la cabeza hacia atrás, el cabello mojado de puro amor. Ana bajó los ojos a su copa y deseó otra vida, una donde su corazón, impetuoso y ansioso últimamente, no tuviera miedo de buscar otras mujeres.

—¿Esperas a alguien? —La voz era suave y cercana.

Ana levantó la vista, sobresaltada, y se topó con la sonrisa de Clara. La recordaba del check-in: el pelo corto despeinado, la camisa blanca con un botón olvidado, una elegancia casual que contrastaba con las mujeres que Ana conocía en sus círculos laborales. Clara traía consigo el perfume imposible de campo recién mojado.

—No, solo descanso —Ana contestó, la voz más templada de lo que sentía—. Tengo toda la tarde para mí. No es costumbre.

Clara se apoyó contra la viga, sus ojos color avellana fijos en los de Ana.

—Aprovecha. El hotel organiza clases de cocina esta noche. Si no tienes plan... podrías acompañarme. ¿Sabes cortar cebollas sin llorar?

Ana rió, agradecida por la salida fácil al vértigo que sentía, y asintió. Clara le tendió una mano de uñas cortas.

—Vamos.

Caminaron por los pasillos en silencio, los azulejos estampados reflejando la luz, mientras los pasos de ambas resonaban con la intimidad de quienes comparten un secreto. La cocina olía a ajo, albahaca y un amor cálido que venía de antes de que las historias románticas tuvieran nombre. Ana nunca había cocinado para alguien —no de aquel modo—, y Clara parecía leerle los gestos. Frente a una tabla de madera repleta de ingredientes, le entregó un cuchillo y comenzó a explicarle la receta de un gazpacho tradicional.

—Decían que las clases de cocina del hotel eran para “crear conexiones”. —La sonrisa de Clara era oscura como un sorbo de Rioja—. No sé si pecan de optimismo, pero la única vez que intenté esto terminé peleada con una ex.

Ana imaginó discusiones airadas en cocinas diminutas y risas rotas en tardes lluviosas, pero la idea de pelear con Clara le resultaba difícil siquiera de imaginar. Tal vez era la voz baja y acompasada, los gestos suaves con los que le explicaba cómo desgranar los tomates.

—¿Qué pasó? —se atrevió a preguntar, mientras trituraba cebolla roja.

—Corté el ajo demasiado grueso y se enfadó. Luego la relación tampoco funcionó mucho más —. Clara la miró con los labios surcados de autocrítica y algo de juego.

Ana le devolvió la sonrisa, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que la transparencia de sus emociones no le avergonzaba.

—¿Y tú? —inquirió Clara, dejando la pregunta en el aire, entre el vinagre y el aceite de oliva—. ¿Eres turista de paso, o oculta en la ciudad?

—Ambas cosas, quizás. Vine a alejarme de unos líos de oficina. Supongo que solo... necesitaba respirar. —Ana no agregó que había huido de una relación oculta, de sus propias dudas, del vértigo de no poder decir en voz alta a quién amaba—. Tú sí pareces local. ¿O también te escondes?

La otra mujer la miró de reojo, pensativa.

—En cierto modo, sí. Mis padres esperaban otra cosa de mí y de mi vida... pero aquí soy yo. Trabajo en un estudio de arte a unas calles de aquí. A veces creo que Sevilla es el lugar menos y más seguro para enamorarse.

La sinceridad de Clara, dicha con la simplicidad de quien no tiene nada que perder, le provocó a Ana una grieta dolorosa en la coraza. El resto de la clase de cocina pasaron hablando de viajes, de libros que no terminaban, de sueños y miedos dichos en susurros. La electricidad entre ambas creció, no como un rayo, sino como el rocío que se condensa lentamente al amanecer.

Cuando terminó la receta y todos se sentaron a degustar su cena, Clara buscó la rodilla de Ana bajo la mesa y la tocó apenas, como quien acude al borde de un precipicio y decide saltar.

Aquella noche, Ana subió a su habitación con los dedos aún perfumados a ajo y las mejillas coloradas. Tardó en conciliar el sueño, no por el vino ni por la lluvia incansable, sino por el eco de las risas de Clara y el roce inaudito de su mano.

***

Al día siguiente encontró una nota junto a los croissants de desayuno.

“Si quieres ver el sol, sube a la terraza al atardecer. Clara.”

Ana estuvo inquieta todo el día, movida por un deseo torpe y agridulce. La tentación de decir que no —de esconderse otra vez— la acompañó mientras paseaba sola por el barrio antiguo, la piel repicando con las gotas que aún caían dispersas, el corazón brincando cada vez que recordaba la voz y el olor de Clara. Pero llegó la hora azul y Ana, envuelta en su bufanda violeta y su miedo, subió los tres pisos de la escalera de mármol.

Clara la esperaba sentada sobre una manta, con una botella de vino barata y dos copas.

—No se ve mucho el sol, pero sí el río —se disculpó Clara con una sonrisa.

Se acomodaron juntas, los hombros casi tocándose. Sevilla les ofrecía una sinfonía de balcones, torres y geranios húmedos. Por un rato hablaron apenas, sólo el tintineo de las copas interrumpía el silencio.

—Curioso —murmuró Ana—. Siempre soñé con que enamorarme fuera como en las películas. Rápido. Absoluto. Con fuegos artificiales.

Clara miró hacia el perfil dorado de la Giralda.

—A veces es más como el vino. Se abre despacio. Puede ser fuerte, o sutil; pero necesita tiempo.

Se quedaron en silencio, apenas moviéndose. Ana, en un gesto que ni siquiera se permitió ensayar, buscó la mano de Clara y la sostuvo. Solo allí, bajo el mismo cielo gris de la víspera, sintió que muchas cosas podían comenzar otra vez.

***

Las siguientes horas oscilaron entre palabras y silencios. Clara le contó el rumor de su infancia, los veranos con su mejor amiga, el susto de decirle a su madre a quién amaba por primera vez, los besos con sabor a miedo. Ana escuchó y desgranó también su propio relato: la primera mujer que le atrajo, la certeza de saberlo y el dolor de no poder decirlo nunca en voz alta.

—¿Aún te escondes? —Clara preguntó, y la pregunta fue delicada y brutal como un suspiro a medianoche.

Ana asintió.

—Pero ahora menos —admitió, fijando los ojos en el río, con la voz rota por la honestidad—. Me gustaría no tener miedo.

—El miedo nunca se va. Pero puede volverse pequeño si te dan la mano —Clara respondió y, sin pedírselo, le rozó la mejilla. El primer beso fue suave, lento como los relámpagos lejanos, una promesa más que un asalto. Ana se entregó entera, sin esconderse, sin querer marcharse. Dejó que su respiración se acompasara a la de Clara y supo, de algún modo, que aquella noche transformaría todo lo que creía posible.

***

No hablaron mucho más. Bajaron a la habitación de Ana, y la intimidad ya no fue un deseo sino un hecho tangible. Se desvistieron riendo por los tropiezos, la vergüenza suavizada por la complicidad. Ana se estremeció bajo las manos de Clara, acariciadas como si cada pulgada de su piel fuera una invitación. Sus cuerpos buscaron una melodía nueva: el roce, el olor; la lenta exploración de los sitios donde el placer se fundía con el temor y la entrega era un acto de amor a una misma.

Podría contarse el modo en que Ana tembló la primera vez que Clara le besó la clavícula, o al sentirse vulnerable en el instante irrepetible en que un gemido rompió el silencio. Pero el verdaderamente importante fue el después: la forma en que, ya agotadas y entretejidas, Ana apoyó la cabeza en el pecho de Clara y escuchó el latido de otra vida posible.

Cuando la luz se filtró, tenue y dorada, Ana supo que ya no podía volver atrás.

***

Amanecieron envueltas en sábanas y dudas. No prometieron nada, porque ambos sabían que un flechazo no es la salvación, pero sí una puerta. Ana sentía aún el miedo sagaz de lo no dicho; pero también una alegría sorda, el valor suave de los gestos cotidianos. Prepararon café y compartieron risas tímidas, gestos incómodos que, poco a poco, se hicieron naturales. Por la ventana, la lluvia había cesado y el patio se bañaba en la luz nueva, entre azahares.

—¿Te quedarás? —preguntó Clara, insegura, con la piel aún perfumada al deseo de la noche.

Ana la observó y supo que sí. No era un “sí” rimbombante, sino un compromiso de avanzar a paso inseguro, de dejarse amar otra vez.

—Me quedaré lo que haga falta —respondió. No hacía falta decir más.

Fuera, dos golondrinas se perseguían en círculos tontos. Dentro, Ana tomó la mano de Clara y supo, con esa serena y lenta certeza, que ya no necesitaba esconderse.

Tal vez el amor no es un incendio ni una batalla; es una puerta entreabierta, una caricia imprevista, un desayuno compartido en el primer día de un resto de vida. Y allí, con el sol alzándose sobre el río y sobre sus cuerpos, Ana y Clara supieron que bajo el mismo cielo de la ciudad, con sus miedos y sus anhelos, era posible al fin comenzar de nuevo.

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