Portada del relato Sombras entre las sábanas
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Fragmento:


—¿Podrías confiar tú en mí? —Lo dice cerca, el aliento apenas rozando su piel expuesta en el escote de la blusa.

Duración: 07:52

Sombras entre las sábanas
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Texto de ajuste de pausa.

El eco de las botas contra el mármol se apaga al llegar a la moqueta mullida. Elena se detiene justo en el umbral, donde comienza el pasillo privado. No se permite entrar a empleados aquí, excepto Luc, el misterioso gerente francés de la galería. Elena empuña el portafolio con demasiada fuerza, marcando con los dedos la piel delgada, preguntándose, no por primera vez en un mes, qué hace realmente aquí.

La galería Belacour no es lugar para pasantes. Es un cubo de secretos y de silencios densos, de cuadros famosos y de recelos; y desde la noche en la que Luc la descubrió de rodillas frente al lienzo de Klimt, la dejó pasar. En exceso. Porque ahora, las noches se sienten como fragmentos robados a otro mundo, en el que Luc la observa con una intensidad felina, y a veces, como ahora, la invita a su despacho con pretextos banales.

Elena entra. Luc está sentado, cruzado de piernas, el rostro medio en sombras. Un whisky sin hielo, dos copas: una para él, una para ella. Afuera, la ciudad titila, ajena a la electricidad que tiñe la habitación.

—Te hice llamar porque… —Luc deja la frase incompleta. Sus ojos escrutan, no sonríen. Sus manos, gestos calculados de un hombre que ha aprendido a no dejar huellas innecesarias.

En ese momento, Elena siente el giro espiral de la desconfianza: por qué la ha escogido a ella, la becaria con credenciales anodinas, la chica de provincia que nota los detalles que nadie parece ver. Como el billete arrugado de tren que Luc arrojó apresurado al cesto, con una fecha que no coincidía con el relato de su último viaje.

—¿Te molesta… lo poco apropiado de la hora? —pregunta Luc.

Sabe jugar con las palabras. Elena rehuye su mirada, siente el pulso acelerarse en el hueco de la garganta.

—Estoy aquí, ¿no?

—Eso parece.

Un silencio grueso, sutilmente cargado de electricidad.

Él se levanta y cruza el despacho con una elegancia que la agota. Se detiene frente a ella, deja la copa cerca de su mano sin tocarla. Elena se pregunta qué haría si Luc, por fin, la tocara; más bien qué haría si la tocara de otro modo. Porque la ha tocado ya: la espalda al rozarla al pasar, la muñeca cuando la corrige en la posición de una obra. Pero ahora todo hiede a promesa y peligro.

—La seguridad nota faltante una pieza de porcelana —dice él, voz baja—. Y sólo tú tenías acceso ayer.

El hielo se apodera del estómago de Elena y sube, helando posibilidades. Nadie más la vio en el pasillo, nadie más preguntó qué hacía en la vitrina ese momento concreto. Porque Luc la había llamado, sí; pero no le había pedido que mirara el inventario. Lo hizo, claro. Lo hizo sola, por alguna razón instintiva e incómoda.

—Pregunté al guardia, también te vio.

—¿No confías en mí? —brota, amarga la pregunta.

Luc ríe, un sonido breve y cortante.

—¿Podrías confiar tú en mí? —Lo dice cerca, el aliento apenas rozando su piel expuesta en el escote de la blusa.

Elena tiembla. Por el miedo, y por ese otro fantasma: el deseo que crece a pesar de todo, que se alimenta precisamente de ese filo de duda, de la imposibilidad de rendirse. Porque Luc no es ningún príncipe, y eso sería insultar a ambos. Mientras la observa, Elena se percata de lo estúpido que sería ofrecer defensa. De la locura de pedirle a este hombre peligroso que crea en ella, cuando ni siquiera puede fiarse de sí misma cuando él la mira así.

Luc alarga la mano, despacio, y le retira un mechón de cabello de la mejilla. Su yema tiembla, o tal vez lo imagina.

—¿Lo hiciste tú? —pregunta, pero en sus ojos asoma otra pregunta.

Elena resopla, insegura, con los ojos clavados en algún punto entre sus labios y su barbilla. La copa entre los dedos se le antoja un ancla. Por fin, susurra:

—¿Lo crees realmente posible?

Él sonríe. Se acerca más.

Los dedos de Luc son cálidos sobre su mentón. La obliga a alzar el rostro. Una pausa. Aquí está la brecha, piensa Elena, aquí es donde podría pedir piedad o declararse inocente o saltar por la ventana. Pero lo permite, le deja hurgar en esa vulnerabilidad —esa sospecha— que los rodea con la precisión del encaje más fino.

Luc la besa.

No hay dulzura. Es una toma de control, una exploración áspera, urgente, en la que Luc no pregunta si puede. Simplemente lo hace. Y Elena: tiembla, pero besa de vuelta, hambrienta, con toda la furia de una certeza que es carne y no argumento.

Sus labios se abren y lo dejan entrar. Luc la empuja, suave pero firme, hasta que choca contra la pared. La copa rueda por la moqueta, intacta. Él apoya las manos en su cintura y la levanta, la sostiene, la boca encallando en su clavícula.

—Podrías mentirme —musita, ronco contra su piel.

Ella hunde las uñas en sus hombros.

—Podrías engañarme tú —responde, jadeante.

La ropa es una molestia mínima y dosificada. Luc apenas le desabrocha la blusa lo necesario; le baja las medias con la destreza de quien sabe cómo romper la resistencia, pero desea que permanezca algo intacto. Elena forcejea con la presilla del pantalón de él, y Luc se crece, gruñe, la toma de las muñecas y la sujeta arriba, contra la pared.

No hay conversación: sólo cuerpos que declaran trégua en la guerra de las dudas. La piel de Luc es dura, tostada, punteada de lunaritos dispersos. Él se desliza contra ella hasta encontrar el centro ardiendo, y allí la toca, decide abrirla a golpes breves, lentos primero, luego más rápidos, provocando gemidos escapados entre los labios mordidos de Elena.

—¿Puedo confiar en ti? —susurra ella, de nuevo, porque lo necesita cuanto el orgasmo que se aproxima.

Él se ríe, la besa con ferocidad.

—Demuéstralo.

Las palabras la incendian. Elena se arquea, los pechos apretados contra la camisa suave de Luc mientras él la empuja justo al borde, bruscamente, y luego la sostiene para que no caiga en el abismo. El orgasmo llega como una ola detenida apenas por la mano del amante, por la sombra de la duda. Luc murmura algo en francés que Elena apenas descifra.

Sus cuerpos aún pegados, Elena siente el sudor correrle por la barbilla. No suelta la mirada de Luc, que permanece, felina, cínica, tierna. El sexo entre desconocidos que fingen saberlo todo. La respiración se aquieta.

Pero la porcelana sigue faltando.

Luc la deja sentarse, después la ayuda a ordenar la ropa. Cruza los brazos ante el pecho y la observa de nuevo, la boca retorcida en una media sonrisa.

—¿Por qué estabas realmente junto a la vitrina, Elena?

Ella vacila sólo un segundo. Porque si Luc es un peligro, ella lo es también. Porque el juego, se da cuenta, no es sólo sobre confianza, sino también sobre poder: el poder de dejarse ver realmente, o el de mentir mientras la piel arde.

—Por curiosidad —responde, entre suspiros.

Luc asiente, recorre la línea de su brazo con la yema de un dedo, como si midiera su fuerza, como si pesara su capacidad de mentir. Ella contiene el aire. Sabe algo más de lo que dice, al igual que él. Ninguno suelta prenda.

De pronto él se aleja, camina a la ventana y mira de reojo bajo la luz azul que gotea de la ciudad. Tamborilea con los dedos.

—Puedes irte —dice.

Elena recoge el portafolio y camina hacia la puerta, sintiendo la humedad entre las piernas, la culpa, las ganas de volver. Hasta que Luc habla:

—Te buscaré mañana. De una u otra manera.

No es promesa ni amenaza: es lo único cierto entre ellos.

Elena no responde. Sale, se adentra en el pasillo en penumbra, los pies ligeros y el corazón golpeando. Se va preguntándose si es la culpable o sólo otro testigo. Si Luc la descubrirá, o si ambos están huyendo de algo mucho más antiguo: la necesidad de confiar aun sabiendo que todo, desde el deseo hasta el robo, puede ser fingido.

Y mientras camina bajo las boiseries y los retratos, con el pecho desbocado y el secreto vibrando bajo las costillas, se pregunta si algún día dejarán de buscar la verdad, o si el placer, y la desconfianza, son lo único auténtico que compartirán jamás.

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