Portada del relato Bajo la piel del deseo
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Fragmento:


La jornada avanzó con gestos mínimos. Ella sirvió su café, organizó reuniones, y en cada tarea, se sentía observada, evaluada, como si pesaran sus movimientos. A cada instante, Gabriel encontraba pretextos para advertirla: un informe mal ordenado, un error mínimo en una llamada. Pero lo hacía suavemente, sin severidad, con una curiosa mezcla de severidad y amabilidad que la desconcertaba.

Duración: 08:36

Bajo la piel del deseo
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Texto de ajuste de pausa.

Gabriel estaba acostumbrado a dictar órdenes. Su oficina, en el último piso de aquel rascacielos, tenía paredes de cristal y vistas que hacían a cualquiera sentirse pequeño, como un dios observando su imperio. Era el dueño de una firma multimillonaria, los trajes le caían como una segunda piel. Controlaba empresas, decisiones, destinos —y emociones, o al menos eso pensaba— hasta que llegó Amelia.

Amelia nunca había visto una oficina así. Apenas llevaba dos meses trabajando en la empresa, y aquel día la asignaron para cubrir a su jefa como asistente temporal del CEO. Su falda era sencilla, sus tacones no nuevos, pero su andar denotaba esa mezcla de nervios y determinación propia de quien ha aprendido a labrarse la vida a pulso. Sus manos sabían de jornadas dobles, de cuidar hermanos menores y de noches eternas de estudio. No pertenecía a ese mundo de muebles lujosos y relojes caros, y Gabriel lo notó al instante.

La primera vez que se cruzaron, fue por error. Amelia llevaba un informe a la sala de juntas y, al doblar la esquina apresurada, chocó con él. Los papeles volaron por el aire y Gabriel, impoluto en su traje, la miró primero sorprendido y luego con curiosidad, mientras ella se lanzaba al suelo a recoger todo, tartamudeando disculpas.

—No tienes por qué disculparte —dijo él, agachándose también y ayudándola a recoger los papeles.

Había algo cautivador en su voz, cálida pero firme, algo que hizo temblar a Amelia de pies a cabeza. Se miraron por primera vez de cerca, lo suficiente para percibir el aroma del café que él había tomado y el desenfreno de su respiración.

—¿Eres nueva aquí? —preguntó Gabriel, alzando una ceja.

—Sí, Señor… —titubeó ella, buscando el nombre en la placa de la puerta—, Señor Santori.

—Gabriel.

El silencio cayó entre ellos suavemente, como un murmullo de telas sobre la piel desnuda. Amelia sintió el rubor invadirle las mejillas, apartó la mirada y se puso de pie. Gabriel le tendió la última carpeta y sus dedos se rozaron en un vertiginoso segundo que pareció marcar algo, una promesa muda que ninguno entendía todavía.

La jornada avanzó con gestos mínimos. Ella sirvió su café, organizó reuniones, y en cada tarea, se sentía observada, evaluada, como si pesaran sus movimientos. A cada instante, Gabriel encontraba pretextos para advertirla: un informe mal ordenado, un error mínimo en una llamada. Pero lo hacía suavemente, sin severidad, con una curiosa mezcla de severidad y amabilidad que la desconcertaba.

Cayó la noche al final de la semana y todo el piso se vació. Amelia se quedó, ajustando la agenda para el lunes, sin atreverse a irse sin tener todo perfecto. No notó que Gabriel seguía en su despacho hasta que oyó pasos tras ella.

—¿Siempre eres la última en irte, Amelia?

Su nombre en los labios de Gabriel era otra cosa, una caricia.

Ella negó, insegura.

—No quiero cometer errores. Quiero hacerlo bien.

Gabriel se acercó, demasiado cerca, rozando la barrera entre lo permitido y lo prohibido. La diferencia entre ellos era palpable: la riqueza en él era innata, el poder evidente; en ella, la dignidad y la lucha. Dos mundos. Dos pieles.

—A veces —musitó Gabriel, apoyándose en la mesa, encorvándose lo suficiente para hablarle al oído—, lo correcto es seguir el instinto, no las reglas.

Amelia levantó la vista; su mirada era fuego contenido. Gabriel sonrió, disfrutando del desafío.

—¿Y qué haría el instinto ahora, señor Santori?

Él la miró, fijo.

—Me diría que te invite otro café. Aquí. A solas.

Una invitación, una trampa y una confesión. Amelia sintió que el aire pesaba de otra forma. Aceptó. Era café, se dijo, solo eso.

Pero el café era más amargo de lo usual, quizás porque lo compartieron en silencio, sentados frente a frente, explotando de palabras no dichas. Cuando él dejó la taza a un lado, sus dedos buscaron sin querer el dorso de la mano de Amelia. Ella dudó, pero no se apartó. Parecían dos adolescentes, vacilantes, pero la electricidad era salvaje.

Gabriel rozó su muñeca, ascendiendo por su antebrazo. Ella tembló —medio miedo, medio deseo—.

—Me intrigas —le susurró él—. Tantas personas quieren complacerme, pero tú… tú pareces no pertenecer aquí, y eso es lo que me atrae.

—Entonces no deberíamos —musitó Amelia, su voz apenas audible.

Gabriel se incorporó despacio, rodeando la mesa, acortando la distancia. Paró justo ante ella, observando el sutil movimiento de su pecho, la fragilidad de su determinación. La tomó por la cintura y la obligó a levantarse. Sus bocas quedaron demasiado cerca.

—¿Quieres que me detenga?

La pregunta flotó entre ellos, suave y peligrosa. Amelia apretó los labios y sacudió la cabeza apenas, llevada por algo que iba más allá de la lógica. Gabriel besó la comisura de sus labios primero, como probando su sabor, y luego la boca entera, profunda, reclamándola. La besó como quien abre una puerta prohibida, y Amelia se dejó arrastrar.

Las manos de Gabriel exploraron la curva de su cadera. La arrinconó contra la mesa, su cuerpo de hombre poderoso y seguro ante el suyo de mujer acostumbrada a esconderse. Sintió el calor de esa diferencia social como una lumbre: la piel de ella, más suave y cálida por el rubor, la de él, marcada por la determinación y el control.

El beso se volvió más voraz. Gabriel arrastró la palma sobre su muslo, subiendo por la falda, buscando, reclamando. Amelia ahogó un gemido, aferrándole con fuerza.

—Te deseo —confesó él, jadeante—. No te imaginas cuánto.

—¿Y mañana? —susurró ella, notando el abismo—. ¿Seguiré siendo solo la chica que trajo el café?

Por un momento, el miedo la frenó, pero Gabriel la miró de un modo que hacía temblar la certeza.

—Mañana, quiero que seas la mujer que logró que perdiera el control.

La mesa crujió bajo el peso de sus cuerpos. Gabriel fue paciente y, al mismo tiempo, feroz: primero quitó con lentitud cada botón de la blusa de Amelia, besando el hueco de su garganta, lamiendo el pulso acelerado. El contraste entre el lujo de su ropa y la sencillez de la de ella le excitaba, sabiendo que ningún otro hombre había visto esa vulnerabilidad, esa entrega. Deslizó los tirantes del sujetador, descubriendo la piel tersa del pecho, y la besó allí, dejando marcas que desaparecerían antes de que el sol saliera.

Amelia arqueó la espalda, sintiendo el roce de la madera y la seda, el peso de sus manos y el deseo líquido que corría entre sus muslos. Gabriel preguntó con una mirada y, con coraje, ella asintió. Sus manos se colaron por la falda, hallaron la humedad, los pliegues de su intimidad. La acarició despacio, primero probando, luego reclamando. Amelia jadeó, sus piernas temblorosas, los límites de lo correcto cediendo ante la necesidad.

Gabriel se inclinó, besando cada parte de su piel, devorándola con la lengua, extrayendo sonidos dulces y rotos. Ella entrelazó los dedos en su cabello, aferrándose mientras él la desarmaba por completo. Al fin, cuando ambos estuvieron desnudos hasta el alma —más allá de las camisas desabrochadas y las faldas arrugadas en el suelo—, Gabriel la miró fijo a los ojos, como preguntando una última vez si debía detenerse.

—Hazme tuya —susurró Amelia, y esas palabras —poderosas y frágiles a la vez— sellaron la noche.

La penetración fue lenta, dulce al principio, como si él deshiciera cada capa de miedo que ella guardaba, y luego intensa, brutal, reclamando aquello que ambos pretendían negar. Se movieron al ritmo de la avidez, con la noche como cómplice. Gabriel se perdió en ella, y Amelia encontró, en el centro del deseo, un poder que jamás había sentido.

Cuando acabaron, exhaustos y enredados, el silencio pesó distinta. Gabriel acarició su espalda y hundió la nariz en su cabello. La diferencia social, por un instante, se borró. Solo quedaba el eco de los cuerpos saciados y la promesa rota de mantener los límites.

Al despuntar el alba, Amelia se levantó, recogió su ropa y se marchó con pasos silenciosos. No quiso mirar atrás, no quiso pensar en el lunes ni en si el café sabría igual. No sabía si habría un nosotros, solo que había sido, al menos una vez, vista y deseada más allá de toda diferencia. Y Gabriel, de espaldas al ventanal, miró el horizonte sabiendo que, en esa batalla, ella había vencido todas sus defensas.

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