Fragmento:
Los informes llegaron del panel luminoso sobre la mesa-holograma, pero su atención se fue antes, cuando la alarma silenciosa en su pulsera vibró una vez. Un mensaje privado llegó con una discreción nerviosa: “Ven al parque gravitacional. Media luz. -K”
Duración: 09:51
El ambiente artificial de la Cúpula Central zumbaba en televisión baja. Una vez, de niña, Amira pensó que algún día la aprendería a amar: el sonido incesante de las máquinas regulando el ciclo del aire y el calor, la ilusión de que el cielo era solo un filtro más grueso entre ella y algún tipo de paraíso imposible. Pero cada vez sentía más la mordida del metal sobre su piel. La fría estructura de Estación Hadley no era hogar, ni refugio, solo un lugar al que uno terminaba viajando por accidente o por una esperanza equivocada.
Los informes llegaron del panel luminoso sobre la mesa-holograma, pero su atención se fue antes, cuando la alarma silenciosa en su pulsera vibró una vez. Un mensaje privado llegó con una discreción nerviosa: “Ven al parque gravitacional. Media luz. -K”
Amira sintió el pulso en el pecho. Desde hacía dos ciclos conocía a Karun, desde la primera vez que él la vio tomar fotos fantasma de las lluvias simuladas en los jardines centrales y le señaló que era “el anacronismo más hermoso de la cúpula”. Karun era nuevo, había llegado con su familia tras el colapso atmosférico en Alpha Viridiana. Él parecía ajeno y a la vez atado a la estación, con una melancolía lenta tras sus gestos tímidos. Con Karun, Amira había aprendido a mirar las constantes: el modo en que los paneles solares centelleaban cuando la estación daba la vuelta a la cara cálida, cómo el aire cambiaba de sabor según el nivel de oxígeno, la vibración sutil del hyperloop recorriendo la medula de la colonia.
Se preguntó si iba por él, si era solo otra ilusión adolescente que se agarraba a cualquier signo de ternura en el vacío industrial, o si iba por ella misma, porque necesitaba saber lo que era estar tan cerca de alguien que importaba.
El parque gravitacional estaba vacío salvo por las esferas transparentes flotando suavemente en el aire, plenas de partículas de vida vegetal. Casi todas las lámparas estaban apagadas, pero la bóveda transparente dejaba pasar la azulada luz de Epsilon Centauri, el sol que nunca veían desde la Tierra, pero que en Estación Hadley marcaba el compás de los “días” para sus habitantes.
Karun estaba esperando a la sombra de uno de los álamos artificiales, jugando con una esfera metálica pequeña que amortiguaba entre sus palmas. Vestía su uniforme escolar, con la chaqueta abierta y el código holográfico titilando en el pliegue de la camisa.
—Hola —dijo Amira, la voz más baja de lo que pretendía.
Él la miró y sonrió, torcido. Un momento de tensión se instaló entre ambos, como si el aire súbitamente se hubiera vuelto más denso, o sencillamente fuera demasiado especial para no notarlo.
—¿Creías que no vendrías?
—Pensé… que sería peligroso que nos vieran juntos. —Amira se sorprendió diciendo la verdad.
Karun bajó la mirada, sus dedos giraron la esfera. Ella supo que él entendía ese temor. Los adolescentes en Hadley sabían que debía tener cuidado; la estación no era un lugar sin reglas, ni sin consecuencias. Se enamoraban en las sombras, en mensajes encriptados, en encuentros fugaces.
Karun se acercó, tan lento como si cada paso le costara atravesar un umbral invisible.
—No quiero problemas para ti —susurró—. Es solo que… no puedo dejar de pensar en ti desde aquella vez en la plataforma de observación.
Amira sintió que una corriente eléctrica la atravesaba. Buscó las palabras, pero resultaban torpes. No era solo la posibilidad de que alguien los descubriera besándose entre los árboles programados, era la certeza de sentir algo tan intenso estando rodeada de metal, sensores y normas. Porque, pensó, enamorarse aquí era como gritar un secreto al vacío.
—Ya no soy una niña. —respondió, insegura.
—Tampoco soy tan valiente como quisiera —contestó Karun, mostrando tímido su sonrisa—. Pero si no te lo decía iba a arrepentirme toda mi vida.
Algo en los latidos irregulares de ambos, en el modo en que mantuvieron el silencio buen rato, hacía que todo fuera más fácil y más aterrador a la vez. Amira pensó en su madre, ingeniera jefe de reciclaje atmosférico, en cómo podría reaccionar si descubría a su hija enamorada de un muchacho de otro sector, con nacionalidad “mixta”, todavía con fragancia de mundo perdido en el cabello.
—A veces siento que aquí… —su voz tembló—, enamorarse es un riesgo demasiado grande. Como si el aire pudiera detenerse solo porque somos felices.
Karun soltó la esfera. Flotó a su alrededor lentamente, y sin tocarla, él buscó la mano de Amira. Sus dedos, al rozarse, dejaron un leve rastro caliente, y el miedo empezó a diluirse, apenas, como el vapor sobre las hojas de un jardín húmedo.
—En Alpha Viridiana —le contó, la voz rota—, me gustaba una chica. Nunca se lo dije. No pude antes de que la tormenta destruyera todo. Jura que no quería venir a este sitio, pero ahora tampoco quiero irme. No si… —Sus palabras dejaron una estela—. No si tú sigues aquí.
El silencio se llenó de un eco antiguo. La cúpula, para Amira, se sintió menos lejana por un instante. Más humana, más real. Quizás valía la pena intentarlo; quizás estar aterrorizada era parte del precio de estar vivos.
—Tal vez siempre tengamos miedo —replicó—. Pero me gusta el modo en que me miras cuando piensas que no me doy cuenta.
Karun se sonrojó; Amira también, avergonzada por la propia osadía.
El resto de la estación quedó en segundo plano mientras caminaban juntos entre los álamos, hablando con frases cortas y muchas dudas. Karun le contó sobre el trayecto en la nave de evacuación, lo mucho que echaba de menos los pastos reales y cómo la gravedad aumentada de Hadley a veces le recordaba que estaba a millones de kilómetros de una infancia perdida. Amira habló de la monotonía de la estación, la sensación de ser una pieza más de un mecanismo enorme y la forma en que el vértigo la invadía si pensaba en lo diminutos que eran frente a la ventana del espacio.
Con cada confesión diminuta, se acercaban más. Amira se permitió observar los detalles: la silueta pálida de la piel de Karun bajo la tenue luz, el modo en que sus pupilas parecían dilatarse o contraerse según el relato o la broma. Sintió el latido contradictorio entre el deseo de abrazarlo y el impulso atroz de huir por miedo a una catástrofe personal.
Reían suavemente, tratando de no llamar la atención, y de pronto, Karun dejó de caminar. Se detuvo, apenas a un paso de distancia.
—¿Puedo besarte? —preguntó, temblando.
Amira pensó que no había peligro mayor que decir sí, pero también pensó, de pronto, que si ese era el mayor peligro, ya estaba perdida de todos modos.
Asintió, apenas, y Karun la besó. Con cuidado, casi como si temiera romper algo sagrado, o como si el contacto fuera suficiente para amenazar la integridad de la atmósfera artificial.
El beso fue breve, pero Amira sintió tanto que por un segundo le costó recordar dónde terminaba ella y empezaba Karun, o cuál era la diferencia entre el dulce aire reciclado y el oxígeno real.
Cuando se separaron, ambos rieron nerviosos, atrapados en esa fiebre que solo uno conoce en su adolescencia o en los días de peligro inminente. Karun apoyó la frente contra el cabello de Amira, y se quedaron así, respirando, sabiendo que todo podía irse al traste en un segundo si los sorprendían.
Un murmullo sordo se alzó no muy lejos—una pareja de oficiales patrullando la cúpula. Karun miró alrededor, el miedo saltando a sus facciones.
—Tenemos que irnos —murmuró.
Se separaron; Amira corrió hacia el extremo sur del parque, Karun hacia el oeste. El corazón le latía en las sienes, la boca le sabía a metal y a sueño apurado. Unos minutos después, ya en la seguridad de un pasillo lateral, apoyó la espalda contra la pared y dejó que la risa cansada le sacudiese todo el cuerpo.
Por días, casi no se encontraron. Solo mensajes veloces, palabras entrecortadas, miradas en los pasillos de la escuela. Semanas marcadas por la rutina y el nerviosismo. Amira sentía la tensión estirarla como una cuerda vibrante. Se preguntaba si todo terminaría en nada, si el miedo superaría al deseo. Temía que Karun se cansara de los juegos de sombras; temía más que él se alejara antes de que ella se atreviera a amarlo del todo.
Finalmente, una noche, Karun la buscó en la plataforma de observación, el lugar favorito de ambos. Desde allí, ni siquiera la cúpula podía esconder el espectáculo de la galaxia extendiéndose ante los ojos desnudos, una cinta de luz que arrastraba todos los futuros posibles.
Esta vez, ninguno de los dos habló primero. Apenas sentados, Karun tomó suavemente la mano de Amira. El tacto era familiar, pero cada vez parecía más nuevo, más necesario.
—¿Crees que podamos ser felices aquí? —preguntó él sin mirarla, la voz grave.
—No lo sé —Amira jugó con el filamento de su uniforme—. Pero creo que una vez que dejas de intentar, te conviertes en una pieza más del sistema. Prefiero arriesgarme a sentir, aunque sea dando saltos con los ojos cerrados.
Karun entrelazó sus dedos. El mural cósmico brillaba al otro lado de la cúpula, testigo mudo a sus confesiones adolescentes. Con Epsilon Centauri brillando sobre las sombras y la estación, Amira se permitió aceptar el vértigo y la dicha: el amor, sí, pero también todo el miedo y el riesgo que lo hacían real.
Permanecieron así, reconociéndose con caricias sordas, con palabras escogidas y largas pausas de silencio cómodo. Porque en la frontera entre dos mundos, entre el metal y la esperanza, el miedo al rechazo no era una señal de debilidad, sino de algo mucho más grande. Era la promesa de que, aunque fuese en secreto y a ratos robados, seguirían eligiendo sentir.
Amira se prometió que seguiría diciéndole sí a Karun, a cada paso intrépido o balbuceante, a cada miedo y a cada beso, porque en la estación Hadley, donde el amor era una rebelión y el miedo al rechazo el pulso que lo hacía auténtico, solo los valientes podían bailar bajo la luz de los astros.
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