Portada del relato Latidos entre andenes
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Fragmento:


Samuel era, para los parámetros de Lucía, guapo sin ostentación: barba de tres días, chaqueta empapada y ese aire ligeramente ausente que parecería sexy sólo si venía acompañado de inteligencia. Su voz, cuando se ofreció para ayudarla a levantarse los papeles caídos de su bolso, tenía algo de refugio. No un refugio cálido, sino más bien uno momentáneo; la promesa de una tregua breve pero valiosa en medio de la tormenta.

Duración: 08:32

Latidos entre andenes
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Texto de ajuste de pausa.

Sus pasos resonaban en el andén húmedo, un eco que parecía tan ansioso como su corazón. Lucía apuró su paso, una mano ceñida al bolsillo y la otra apretando el paraguas roto que había sido testigo de su última discusión con la vida. Afuera llovía como pocas veces lo había hecho ese otoño en Madrid, gruesas gotas deslizándose por las cristaleras de la estación de Nuevos Ministerios, y era en ese refugio efímero donde el destino —o algún bromista cósmico— decidió mezclar sus rutas con las de Samuel.

Lucía tenía treinta y cuatro años, una carrera en ascenso como consultora digital, y la certeza dolorosa de que se le había terminado la paciencia para los “casi algo”. Había amado, sí, como casi todos a su edad; había sufrido y sobre todo, había aprendido a no dejar que la expectativa se sentara a su mesa junto al café de las seis. Quizá por eso no reparó en Samuel, un extraño entre cientos, hasta que un tropiezo la devolvió del ensueño a la realidad de un suelo resbaladizo.

Chocaron. No fue un choque típico, torpe, de película romántica: fue sólido, inesperado y lleno del recelo madrileño por lo personal. Un choque que deja sin excusa el balbuceo de “perdón”, hace necesarios los ojos y, sobre todo, deja flotando una chispa incómoda entre dos adultos que ya conocen el coste de encender fuegos sin saber si hay leña suficiente.

Samuel era, para los parámetros de Lucía, guapo sin ostentación: barba de tres días, chaqueta empapada y ese aire ligeramente ausente que parecería sexy sólo si venía acompañado de inteligencia. Su voz, cuando se ofreció para ayudarla a levantarse los papeles caídos de su bolso, tenía algo de refugio. No un refugio cálido, sino más bien uno momentáneo; la promesa de una tregua breve pero valiosa en medio de la tormenta.

—¿Te has hecho daño? —preguntó, recogiendo un cuaderno de piel que Lucía atesoraba como a un diario—. Hoy el asfalto cobra peaje.

La frase era tonta, pero la mirada no. En esas cosas Lucía se fijaba: los ojos no mienten ni cuando sonríen. Devolvió el cuaderno con un leve roce y, por alguna razón, el agradecimiento fue más largo de lo necesario.

No hubo intercambio de números esa primera tarde. Tampoco confidencias urgentes ni promesas de verse de nuevo. Sólo un breve diálogo sobre la lluvia y el transporte público y la vida en la capital. Samuel se perdió en la línea 10 dirección Tres Olivos y Lucía pensó: “Ahí va alguien que podría haberme gustado. O dolido. Quizá las dos”.

Madrid da segundas oportunidades porque las ciudades grandes nunca cierran los círculos del todo. Fue, curiosamente, Instagram el que hizo la magia. Lucía, de vuelta en casa, subió sin pensarlo una foto: el paraguas retorcido, los pies mojados, el pie de foto sarcástico. Y ahí estaba, un mensaje privado de un “Samuel Carrasco”: “Hoy el asfalto no perdona. Por lo menos te llevaste la mejor historia del día”.

Rió. Un poco incómoda, un poco halagada. Respondió. Bromearon sobre paraguas, sobre algoritmos (ambos trabajaban en la nube, de una forma u otra), sobre las coincidencias que sí valen la pena. El hilo se extendió más allá de la lluvia y la anécdota, ocupando la noche y derivando, semanas después, en una copa en Malasaña.

Primera cita: una cervecería pequeña, de esas con más alma que metros cuadrados. Samuel llega puntual, con camiseta de Bowie y el mismo aire desenfadado. Lucía, aún defensiva, se sienta frente a él sintiéndose expuesta y, al mismo tiempo, extrañamente segura. Toman gin-tonics y hablan de todo lo que dos adultos pueden hablar cuando saben calibrar el misterio y el desvelamiento.

Un juego de preguntas:

—¿Cuál fue el último libro que te hizo llorar?

—¿Qué es lo más valiente que has hecho este año?

—¿Has perdonado de verdad a alguien?

No hay respuestas perfectas. No hace falta. El deseo, ese animal escurridizo, ronda la mesa. Se huele en la piel, en el temblor apenas visible de las manos cuando las copas terminan y la conversación parece una cuerda floja sobre el vacío eléctrico del “¿subimos a tu casa?”.

No suben. Esa noche no. Se despiden con un abrazo apretado, largo y sin palabras vacías. Pero ninguno de los dos duda del hambre.

Los días se suceden: mensajes que despiertan el móvil, tardes de café en co-working, visitas recíprocas a pisos demasiado personales para una relación naciente. Los cuerpos, cuando por fin, en la cuarta cita, se buscan, se reconocen como viejos conocidos: una danza torpe y maravillosa, en la que las prisas se olvidan bajo las sábanas desordenadas de la cama de Lucía.

Es sexo adulto, pleno: no la promesa de un futuro, sino la celebración del presente. Samuel conoce el mapa de la piel de Lucía con la delicadeza del que sabe que cada temblor tiene historia. Ella, que se había prometido no entregar demasiado, descubre el placer de rendirse sin condiciones. Esa noche, la vulnerabilidad no asusta. Al contrario, es el puente hacia una intimidad que va más allá del cuerpo.

Después vendrán los miedos. Siempre vienen.

Porque en el romance adulto, nadie llega ileso. Lucía teme —lo sabe y lo admite bajo la ducha— que ese bienestar tenga fecha de caducidad. Samuel, por su parte, arrastra la sombra de una relación fallida, aún reciente, cuya huella aún tiembla cada vez que escucha la palabra “compromiso”. Se lo dicen con la sinceridad brutal que sólo se permiten quienes han visto el final de demasiadas promesas: “No sé si esto puede funcionar, pero quiero intentarlo”.

El relato de sus días se teje entre cafés y rutinas compartidas. Lucía comienza a dejar espacio para su cepillo de dientes en la repisa del baño de Samuel. Él aprende a aceptar el desorden de las mañanas aceleradas de ella. Cocinan juntos, viajan en cercanías hasta pueblos olvidados, se pierden en museos y salas de cine.

Pero el pasado, siempre astuto, sabe encontrar grietas. Una foto en el móvil de Samuel: una ex, un recuerdo no borrado, un mensaje que no debió contestarse pero se quedó sin cerrar. La discusión es amarga. No hay gritos, sólo palabras precisas, afiladas por el miedo. Lucía teme ser reemplazo, Samuel siente que le piden limpiar estanterías de su vida demasiado deprisa.

Esa noche, el silencio pesa.

Sin embargo, algo cambia en ellos. Ya no pueden fingir que son sólo amantes ocasionales; lo que han construido es frágil, pero existe. Y vale la pena cuidarlo.

A la mañana siguiente, Samuel prepara café. Lucía lo observa, aún herida, pero esperanzada.

—No quiero perderte —dice él, ofreciéndole la taza—. No sé hacerlo perfecto, pero lo intento.

Lucía asiente. Respira hondo.

—Yo tampoco —responde—. Podemos aprender juntos.

Desvelados y sinceros, ríen. Se prometen intentarlo, no rendirse sin pelear. Samuel, con sus defectos y su pasado; Lucía, con su miedo a ceder más de lo prudente. Comienzan a asistir juntos a terapia de pareja —algo inusual en España, pero ambos saben que el amor maduro se cuida como una planta delicada. Los ejercicios de comunicación, los silencios incómodos, las verdades a veces dolorosas. Aprenden a pedir perdón, a soltar, a mirar al otro sin exigir completitud.

El sexo, lejos de apagarse, se convierte en otro lenguaje: uno sin tabúes, donde se pueden decir, sin palabras, “así soy, ¿me quieres así?”. Han dejado de tener miedo al deseo, porque han entendido que el auténtico riesgo es la intimidad.

Los meses se suceden. Vacaciones juntos en Portugal, domingos de resaca y risas, desayunos en la cama. A veces, la cotidianidad amenaza con aburrirlos, pero descubren que la pasión —la verdadera— se alimenta de detalles, no de fuegos artificiales. Una tarde de noviembre, Samuel invita a Lucía a una exposición de fotografías antiguas. Caminan bajo la llovizna, esta vez con un paraguas nuevo, y Samuel le toma la mano.

—Te quise desde que recogí aquel cuaderno tuyo en la estación.

Lucía sonríe. El mundo gira, las dudas siguen, pero por primera vez en años siente que ha encontrado un hogar en otra persona.

No es un final feliz al estilo de película. Las cicatrices no desaparecen, y eso está bien. Porque han aprendido que amar de adultos es, ante todo, elegir cada día no huir.

La lluvia cae, la vida sigue, y ellos se abrazan, conscientes de que, a veces, la segunda oportunidad no es volver a empezar, sino atreverse a seguir.

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