Portada del relato Bajo la misma claridad
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Sin embargo, últimamente, sus noches eran asaltadas con una pregunta que no quería pronunciar ni dentro de sí misma: ¿Era feliz?

Duración: 08:53

Bajo la misma claridad
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El rumor de la ciudad era un telón de fondo constante, inmutable, casi reconfortante en su perpetuo bullicio. Julia caminaba por la acera atestada de gente absorta en sus propios mundos, huyendo del sol de junio tras las alas transeúntes de la avenida. Nunca habría creído que, a sus treinta y dos años, la ciudad tuviera todavía rincones secretos para ella; y, sin embargo, aquel día, había aparcado el coche algunas calles más allá del despacho de abogados donde trabajaba para tomar aire, retrasando unos minutos su retorno, agitada por emociones para las que ninguna de sus leyes internas tenía artículo o enmienda posible.

Pensó en que ese era el precio de la estabilidad: contratos firmados, alquileres pagados con puntualidad obsesiva, amistades sólidas como pilotes, y un matrimonio que parecía eterno, inquebrantable. Ernesto era lógico, era atento, era el hombre que todos sus conocidos habrían elegido para ella, si les hubieran dado la oportunidad. Ella misma lo hizo, siete años atrás, convencida de que el amor, después de todo, era un pacto de respeto y rutina, quizás también de cierta renuncia.

Sin embargo, últimamente, sus noches eran asaltadas con una pregunta que no quería pronunciar ni dentro de sí misma: ¿Era feliz?

La última vez que se lo preguntó seriamente, fue semanas antes, al cruzar el vestíbulo de mármol del bufete y coincidir con Marcos. No era un compañero frecuente, trabajaba en la oficina de la competencia, pero aquellos edificios compartían la misma cafetería y cursos de formación ocasionales. Habían cruzado palabras escasas, educadas, hasta ese día en el que la lluvia les empujó a refugiarse juntos bajo la marquesina del hotel Barroso.

Ella, todavía temblorosa por un informe perdido, le balbuceó una disculpa por mojarle con el paraguas, y él le devolvió una sonrisa cálida y sincera, de las que eran poco comunes en la economía emocional de la ciudad.

Sin saber cómo, se encontraron riendo a carcajadas bajo la lluvia, mojándose deliberadamente los zapatos, hablando de novelas antiguas, películas que ambos sabían citar de memoria. La conversación se deslizó sin esfuerzo: la política, los viajes aún por hacer, la inocencia perdida en la edad adulta. Sentado al borde de la acera, con los pantalones empapados, Marcos le confesó en voz baja que durante años había sentido que andaba fuera del tiempo, como un espectador furtivo de su propia vida.

Fue algo tan familiar que dolía.

A partir de esa tarde, se multiplicaron los encuentros casuales, insuficientes pero ansiados. Correos intrascendentes a la cuenta personal, mensajes con la excusa de un libro, almuerzos con el pretexto de hablar sobre un caso antiguo donde ninguno de los dos parecía interesado en la jurisprudencia. Julia se sorprendía buscando excusas para dar vueltas innecesarias por la oficina, para dejarse ver en la cafetería a la misma hora en la que suponía que él aparecería.

Sabía que era peligroso. No solo porque Ernesto estaba en casa, aguardando con la misma paciencia de siempre, sino también porque Marcos vivía en el mismo círculo concéntrico que ella. Su pareja, Andrea, era amiga de una de sus compañeras de trabajo. Así era la ciudad: pequeña vestida de gigante, donde cualquier desliz quedaba atrapado como polvo entre cristales cerrados.

Y, aun así, la atracción era tan impetuosa como una corriente subterránea. Se alimentaba de la ausencia de palabras, de la contención, de los segundos en los que el roce accidental de unas manos electrizaba el aire como un papel de regalo todavía sin abrir.

La tarde del cumpleaños de Julia, Ernesto le regaló unas entradas para el teatro. La obra fue hermosa, los actores excelentes, y la cena posterior estuvo llena de brindis, velas y elogios. Cada gesto de ternura la llenaba de culpa y de una especie de tristeza subterránea, como si asistiera a su propia vida mirando desde una ventana cerrada. Se dijo: “Esto es lo que debería querer”. Y casi logró convencerse.

Al salir del restaurante, recibió un mensaje inesperado en su móvil. Era de Marcos: "Feliz cumpleaños. Sigo recordando la lluvia. Si hay algún sitio donde puedas ser tú, te espero en la esquina del Barroso. Solo si quieres".

Pasaron minutos que parecieron toda una vida. Ernesto hablaba con el taxista, ajeno al zumbido de ese mensaje convertido en herida y salvavidas. Julia miró las luces de la ciudad reverberando en los charcos del asfalto y sintió un tirón en el pecho, una certeza de que si no acudía, se quedaría para siempre dentro de esa ventana hermética.

Pidió disculpas apresuradas, dijo que olvidó una carpeta en la oficina, y abrazó a Ernesto con una intensidad que él no entendió; prometió regresar pronto.

Cuando llegó a la esquina del Barroso, el viento había dejado de llover y la oscuridad tenía un aire de confesión clandestina. Marcos estaba allí, apoyado en una farola, con una expresión que mezclaba nerviosismo y victoria humildísima, como un niño atrapado después de una travesura.

- Creí que no vendrías nunca –dijo él, con el tono grave, como si el tiempo entero dependiera de esas palabras–.

Julia ahogó un suspiro. Nadie los miraba, salvo ellos mismos. Nadie podía juzgar ese momento sino la Julia de esa noche, distinta de todas las otras Julias de otros días.

- Solo tengo un rato, –murmuró– pero tenía que venir.

Anduvieron en silencio unos metros hasta que, de repente, Marcos la tomó de la mano, sin pedir permiso, sin temor alguno. Fue un gesto tan infantil y sincero que Julia temió romper en lágrimas.

- Es suficiente –dijo él–. No necesito todo el tiempo, solo saber que tú también sientes esto.

Julia sabía que no debía, que por mucho que ambos se resistieran a las palabras grandes, eso era, pese a todo, un principio.

- Siento que tengo el corazón viviendo una vida doble. Aquí contigo y allá con… todo lo demás –se sinceró, mordiéndose el labio, aterrada de oír sus propios deseos.

Marcos apretó levemente su mano. Sus ojos, tan claros, le parecieron llenos de ternura y de dolor.

- No quiero pedirte nada que no puedas darme, Julia. Solo quería saber que no estoy solo en esto.

Se sentaron en un banco del parque contiguo. Las horas se doblaron dentro de su burbuja. Hablaron de literatura, de miedos, de qué sería vivir una vida elegida, no la inevitable. Él contó sus dudas con Andrea, el miedo a herir y el temor a conformarse. Ella confesó las noches de insomnio, las dudas y las esperanzas que nunca encontró el valor de nombrar.

Ambos sabían que aquel era un paréntesis, tan precario como un sueño de los que se desvanecen antes de que suene el despertador. Pero el perfume del riesgo, la intensidad de aquello prohibido, les concedió una lucidez nueva. Por un instante nadie era propiedad de nadie: ni esposa, ni marido, ni prometido, ni un “tú y yo” escrito en los pliegues del tiempo.

Marcos le besó la mano, apenas rozando su piel. Ella cerró los ojos, sabiendo que aquello bastaría para recordarlo el resto de su vida, como una carta que nunca debió enviarse, pero que se atesora en el fondo de un cajón.

- No sé si merecemos esto, –murmuró Julia–. Pero sé que si no lo vivo hoy, seguiré imaginando quién habría sido contigo.

Él sonrió con una tristeza que se parecía demasiado al amor.

- No somos dueños de todo lo que sentimos. Solo podemos decidir qué hacer con ello.

Los minutos se arrastraron, hasta que la ciudad empezó a vaciarse y las farolas titilaron con la señal de la madrugada. Entonces, de común acuerdo, se levantaron sin promesas. Se fueron sin acordar nada. No hacía falta: las ausencias y los miedos tejen pactos más fuertes que cualquier palabra.

Julia volvió a casa andando, empapada de una certeza desconocida: la vida es a veces una disyuntiva sin verdadero desenlace. Por la mañana, Ernesto dormía tranquilo, ajeno a las mareas de su mujer, y ella se tumbó a su lado, encajando en el hueco de su hombro. Le dedicó un beso en la frente, un gesto de ternura sincero, aunque fracturado, y cerró los ojos, sintiendo aún el temblor secreto de la noche.

Las semanas pasaron. Nunca hubo una huida, ni un escándalo. Los encuentros con Marcos, espaciados y cada vez más silenciosos, fueron desvaneciéndose como la estela de un perfume. Pero, de tanto en tanto, Julia encontraba en pequeños detalles —una frase, una canción, la insolencia de una tormenta inesperada— el eco de aquella noche. Y sabía, sin tristeza, que lo vivido no pedía ser continuado, sino solo recordado: la certeza de que había existido, de que por una vez se permitió ser alguien más allá de sus propios deberes, fue suficiente.

Cada cual volvió a sus vidas, y el mundo siguió girando con su indiferencia exacta. Pero bajo las rutinas, en el discreto rincón del alma desde el que se mira todo de reojo, Julia guardó aquel fragmento mínimo, tan prohibido como luminoso, como un relicario secreto: la prueba de que, bajo la misma claridad, pudo una vez amar sin pertenecer.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.