Portada del relato Bajo el manto de Orión
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—Cuénteme lo que ve, Ekaterina Fiódorovna —pidió él.

Duración: 10:30

Bajo el manto de Orión
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El aire traía aroma a tierra mojada y jazmín en Tsarskoe Selo, esa noche de junio en que todo cambió. No era raro que los jardines imperiales resplandeciesen después de la lluvia, pero jamás la luna se había mostrado tan generosa ni las estrellas parecían tan próximas, como lanzadas al alcance de una mano indecisa. En ese momento, cuando la corte se alojaba en la residencia estival, todos sabían que el parque era un lugar lleno de susurros, de esperanzas secretas, de pasos descalzos corriendo entre las sombras.

Ekaterina Fiódorovna, hija de un alto consejero, era la imagen viva de esa incertidumbre. Apenas cumplidos los veintiocho, poseía esa belleza madura, nunca exhibida deliberadamente, que se hace más profunda bajo el peso de las desilusiones. A lo largo del día había conversado en voz baja con su madre sobre pretendientes y alianzas, sobre la soledad que se iba amurallando en su corazón como la niebla en la orilla de un río. Cuántas veces se había prometido a sí misma no volver a sentir, a no dejarse tentar por lo efímero. Sin embargo, esa noche, su corazón palpitaba con un ánimo distinto.

Salió al jardín cuando todos pensaban que dormía, perfilándose en el dorso húmedo de la noche con los brazos desnudos y un chal de encaje azul celeste. Las antorchas dispersas daban luz insuficiente; la verdadera brillantez venía de arriba, donde un mar hechicero de estrellas centelleaba. Ekaterina se detuvo bajo un abeto antiguo, allí donde el aire se volvía más fresco y la tierra, aún húmeda, respiraba. En ese instante, cosas extrañas parecían posibles.

Pensó en los relatos de sus antepasados, de mujeres y hombres que se habían encontrado al borde de lo imposible, quienes, entre la penumbra y la luz, decidían el rumbo de su destino. Soñó con un encuentro, aunque se prohibía siquiera imaginarlo. Pero esa noche, el azar, ese tímido arquitecto de la pasión, conspiraba.

Al otro lado del estanque, cuyas aguas reflejaban la Vía Láctea, Nikolai Yegorovich Vronski caminaba en silencio. Oficial de húsares, reacio a las máscaras palaciegas, buscaba el alivio en la noche y la libertad bajo la bóveda celeste. Un año antes, una traición le había cerrado las puertas del compromiso; ahora vivía el amor como se vive la caza: con el fusil cargado y las esperanzas enfriadas por la escarcha de la desconfianza. Sin embargo, esa noche, un fulgor diferente envolvía los árboles y el perfume del parque era casi embriagador.

Bastó un crujido de ramas, un leve destello azul que sobresalía del follaje, para que ambos se advirtieran. Se miraron separados por la distancia de un suspiro largo, y el mundo pareció reducirse a ese claro de jardín anegado de noche. Una estrella fugaz los sobrevoló, dueña impávida del firmamento, y Nikólai habló primero.

—¿Desea que la acompañe, barínia? La noche invita a perderse… o a encontrarse.

Ekaterina vaciló apenas, tanteando la frontera que separa la cortesía de la complicidad.

—Perderse es fácil, encontrarse requiere voluntad —respondió.

Nikólai rió suavemente y se acercó. Bajo la luz líquida de la luna, su perfil presentaba esa mezcla de dureza y vulnerabilidad que sólo los hombres perseguidos por sus propios recuerdos pueden lucir. Ekaterina sintió cómo la brisa nocturna se enredaba en los cabellos sueltos de sus sienes, y una suave descarga la recorrió al pensar: “no estoy sola en mi búsqueda”.

Caminaron juntos, primero a distancia prudente, luego casi rozándose. Hablaron del clima, de las flores reventando entre el follaje, de los cuadros colgados en la recién restaurada galería. Y todo ello era apenas la antesala a lo verdadero. Nikólai, súbitamente, se detuvo bajo una pérgola al tiempo que una ráfaga de viento estremecía las enredaderas.

—Cuénteme lo que ve, Ekaterina Fiódorovna —pidió él.

—Veo un imperio dormido y una noche despierta. Veo el reflejo de cuanto pudo ser y no fue. Y pienso que, a veces, sólo bajo ciertas estrellas, olvidamos el miedo.

Él la miró, tan fijo y tan de cerca que Ekaterina percibió el temblor de sus propios labios.

—Permítame confesar —siseó Nikólai—. No he temido al hombre en la batalla, pero temo a la esperanza en los labios de una mujer. Cada encuentro fortuito me consume.

Ella pensó que la vida no le había dado permiso de soñar, ni tiempo de buscar en los hombres más que un refugio contra la soledad. Pero esa noche, el universo entero parecía gravitar hacia los puntos donde sus dedos, sin atreverse aún, deseaban encontrarse.

—Y sin embargo, aquí estamos —murmuró.

Un silencio cargado floreció entre ambos, solo roído por el canto agudo de un ruiseñor y el rumor de las hojas. Nikólai se acercó un poco más. El roce de su mano sobre la suya fue la chispa más pequeña y, a la vez, la más prodigiosa.

Los arbustos los escudaban de la casa, del destino vigilante y de las leyes invisibles que regían el mundo de los vivos. Nikólai levantó la mano y, casi en un sacrilegio, acarició la mejilla de Ekaterina, apenas rozando su piel. La sensación era la de un secreto compartido, de ser los únicos habitantes en la tierra prometida de la noche.

—¿Cree en las señales? —preguntó él.

Ekaterina sintió que su alma tomaba cuerpo bajo el peso de esa pregunta. Iba a responder cuando una nueva racha de viento apagó una antorcha cercana y, con ella, la frontera entre lo permitido y lo prohibido se disolvió.

—A veces, sí —dijo ella—. Ahora mismo, sí.

Los labios de Nikólai buscaron los suyos. No era el beso dulce de los noviazgos, ni la promesa vacía de las noches de verano; era, más bien, la embestida de dos voluntades heridas, encontrando alivio en la posibilidad de un futuro sin pactos. Sentirse besada en la penumbra, bajo el testimonio de Orión y la promesa de Venus al Oriente, fue como nacer de nuevo.

Ekaterina se sintió viva, tan intensamente viva, que tuvo miedo de abrir los ojos y verse a sí misma transgrediendo todos sus principios. Pero no apartó su boca, no se retiró ni un ápice, porque presentía que esos labios podían sellar algo más que un instante: tal vez un camino, una fuga, un exilio compartido del dolor.

Cuando al fin se separaron, el aire entre ellos era un puente tenso.

Nikólai, todavía sin aliento, se atrevió a apoyarse frente a ella; sus brazos, antes prisioneros de las formas cortesanas, rodearon la cintura femenina.

—No conozco mañana más dulce que este presente, Ekaterina. ¿Qué más he de temer?

—Temer sólo a que este instante no baste —dijo la dama, vertiendo sobre él una mirada húmeda en la que temblaban, una vez más, todas las promesas de la noche.

La intensidad del momento los condujo, sin palabras, hacia la orilla del estanque. Las piedras, relucientes de rocío, formaban apenas un sendero por donde caminaron, en trance, escuchando el canto de los insectos y el lejano crepitar de las ramas rotas. Un claro abierto entre los arbustos les ofreció una alfombra de hierba negra, donde se sentaron juntos, tan próximos que el calor de sus cuerpos parecía una hoguera secreta.

Nikólai besó la frente de Ekaterina, y luego deslizó labios descendentes por la sien, por el cuello apenas visible bajo el chal. De sus caricias emanaba un respeto indómito, como si la piel ajena le resultara demasiado frágil para el ardor que traía de las estepas.

—No sé cuántas noches me quedan —susurró—. Ni si encontraré de nuevo este valor. Pero si me rechaza, Ekaterina Fiódorovna, le suplico que incluso entonces me recuerde como un hombre que deseó sin atreverse.

Las palabras, al salir así, eran una confesión y una rendición. Ekaterina tomó la mano de su compañero y se la llevó a los labios, besando cada nudillo, como si recomponiendo entre ambos las piezas de un destino disperso por el miedo.

—No tema, Nikólai. Si un día no volvemos a encontrarnos, le recordaré de este modo. Bajo la noche más limpia, justo antes de amanecer. Pero aún no ha nacido el sol —dijo, y su voz sonó como una orden a las constelaciones.

El calor de sus cuerpos se impregnó en la tierra. El chal de Ekaterina resbaló, sus dedos se confundieron en el juego prohibido de caricias y suspiros. Desnudos a medias, se amaron con la ternura urgente de los que saben que no poseen el futuro. Nikólai besó con lentitud, redescubriendo la piel de la mujer como si leyera una escritura sagrada; ella se entregó sin timidez, bebiendo de la boca de su amante el ansia de otros encuentros no vividos, de otras noches que quizás nunca fueran tan suyas.

Cuando al fin se tendieron exhaustos, ambos parecían escuchar el rumor de la sangre mezclado con el correr del agua y el susurro de la brisa. Ekaterina, aún con la cabeza apoyada sobre el brazo de Nikólai, se atrevió a mirar el cielo.

—Nunca imaginé que las estrellas pudieran parecernos tan cerca —dijo.

—Tal vez porque nunca las miramos después de amarnos —bromeó él.

Rieron bajo la noche tibia, en ese efímero paréntesis donde ni la historia ni la tragedia podían alcanzarlos. Era el jardín de Tsarskoe Selo, pero podría haber sido cualquier sitio en que dos almas se atreven a conjurar, bajo el parpadeo de Orión, una eternidad de deseo.

El campanario dio las dos. El eco obligó a los amantes a recordar el precio de la impunidad, el filo de la realidad aproximándose. Nikólai ayudó a Ekaterina a cubrir sus hombros y ambos, sirviéndose del mutuo calor, caminaron lentos de regreso. No prometieron nada; no hubo declaraciones ni votos, pues ambos sabían que lo importante había sido confesado ya.

Al llegar al sendero próximo al palacio, Nikólai se detuvo y le tendió la mano por última vez aquella noche.

—Si el destino lo permite, volveré aquí cuando Orión sea visible. Buscaré la luz de su chal.

—Yo también la buscaré. Y si no regreso, Nikólai Yegórovich, sabrá que aún viva, mi corazón permanece bajo estas estrellas.

Se separaron al abrigo de la penumbra, cruzando las sendas como dos cometas lanzadas en direcciones opuestas, con la promesa no de un mañana, sino de un reencuentro bajo la noche estrellada.

Ekaterina volvió a su alcoba con la certeza de haber vivido más vida en aquel par de horas furtivas que en todos los inviernos del pasado. Nikólai, caminando solo hacia el cuartel, sintió el sabor dulce y amargo de lo irrepetible.

Sobre Tsarskoe Selo, las estrellas siguieron ardiendo. Como testigos mudos, guardaron el secreto de dos amantes que, bajo su mirada, habían preferido perderse al abrigo de la noche, para encontrarse, acaso, eternamente, en la memoria de la luz.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.